Libres
Cuando la violencia y la corrupción andan desbordadas y se mezclan en la cotidianidad de la gente, en los actos simples, significa que la democracia está fracasando, ya no somos libres. Y solo digo democracia porque los demás esquemas de orden social, sean autoritarios, totalitarios o teocráticos, ya a estas alturas de la historia son un fracaso de la civilización. No es una frase efectista: es una constatación amarga. Cuando la ley pierde su soberanía y solo queda el miedo, el resultado no es el orden sino el sometimiento.
No importa si la violencia y la corrupción las impulsan los grupos ilegales o el propio Estado; las hay de ambas clases. Los países que han atravesado dictaduras abiertas o camufladas lo saben bien. Cambian los discursos, pero el resultado es idéntico: ciudadanos reducidos a sobrevivientes. Para quitarse la venda, recomiendo “El Agente Secreto”, la nueva película protagonizada por Wagner Moura, cubierta de premios internacionales —Globos de Oro incluidos— y centrada en un drama personal en el Brasil de los años setenta, empachado de violencia y corrupción. Un thriller que retrata una realidad latinoamericana que no es peor que la de cualquier lugar, simplemente es más fluorescente y explícita.
Es que la violencia y la corrupción aparecen donde el contexto propicia la ley del más fuerte o permite operar con el axioma del “vivo que vive del bobo”. Y así infectan el trabajo y también el rebusque, el acceso a la salud, a la educación, a los trámites elementales, incluso a una caminata por un parque. Se vuelven moneda corriente. Se pagan “vacunas” para poder trabajar, se aceptan favores indebidos para no quedarse atrás, se guarda silencio para conservar la vida y el sustento. Se teje la red: una suma de capitulaciones morales.
Solamente la democracia en sentido pleno —con control del territorio por fuerzas del orden sometidas a la justicia y una justicia independiente, competente y limpia— es la que puede volver a cerrar la caja de Pandora y reducir la violencia y la corrupción a su justa medida, como dijo —con palabras desafortunadas— un expresidente colombiano. Así puede empezar a rehacerse el progreso. Lo demás, el desmadre autoritario, la tentación del caudillo providencial, es ineficaz y termina muy mal; ya lo sabemos.
No vayamos a las urnas el 8 de marzo como idiotas útiles del sistema. Nuestra democracia está enredada en capas de corrupción y violencia que obligan a muchos a pactar para subsistir. No caigamos en la trampa de ningún extremo, son solo claudicaciones del discernimiento. Solo la restauración de una democracia libre, con dirigentes preparados, sensatos y verdaderamente limpios y comprometidos con el Estado de Derecho, puede rescatarnos sin hipotecar las libertades.
