Una psicóloga quiso morirse

No es el titular cómodo. Es el que incomoda. Y justamente por eso hay que decirlo.

Durante años hemos sostenido una idea peligrosa: que, por saber, por haber leído, por haber acompañado a otros, estamos mejor preparados para no quebrarnos. Como si el conocimiento protegiera del dolor. Como si entender la mente evitara el abismo.

Y no, no es así. Y seguir repitiéndolo es irresponsable.

Escuchar sufrimiento todos los días no te hace inmune; te desgasta. Sostener a otros no te fortalece automáticamente; muchas veces te rompe en silencio. Y lo más grave: dentro del gremio hemos normalizado una exigencia absurda —la de ser emocionalmente funcionales todo el tiempo.

Como si necesitar ayuda fuera una falla ética.

Entonces pasa esto: callamos.

Callamos por vergüenza.

Callamos por miedo a perder credibilidad.

Callamos porque creemos que “deberíamos poder solos”.

Y en ese silencio, el riesgo crece.

Lo digo sin rodeos y desde lo personal: llevo más de quince años asistiendo a mi propia psiquiatra. Más de quince años ocupando el lugar del paciente. Y no me ha hecho menos competente. Al contrario: probablemente es una de las razones por las que hoy soy psiquiatra.

A ella le debo algo fundamental: haberme enseñado que este oficio no se ejerce desde la autosuficiencia, sino desde la conciencia de los propios límites. (Gracias Bea).

Porque nadie —y menos nosotros— debería sostener la mente de otros desde la soledad.

Hay un punto crítico en todo esto que no podemos seguir ignorando: cuando la idea de desaparecer deja de ser un pensamiento pasajero y empieza a tomar forma, el margen de acción se reduce. No es dramatismo. Es clínica.

Y ahí, lo único que realmente cambia algo es que aparezca otro.

No el experto. El otro.

Tal vez el problema no es que una psicóloga haya querido morir.

Tal vez el problema es que sintió que no podía decirlo sin dejar de ser “la que sostiene”.

Y si eso es así, tenemos un problema serio como gremio.

A los colegas: dejemos de romantizar la resiliencia y empecemos a hablar de vulnerabilidad real. Dejemos de exigir fortaleza permanente y empecemos a construir espacios donde también podamos caer.

Porque si nosotros no podemos pedir ayuda, ¿qué estamos enseñando?

Y a quien esté leyendo esto en silencio —colega o no— y se sienta al borde: no espere a tocar fondo.

No tiene que poder con todo.

No tiene que sostenerlo todo.

No tiene que hacerlo solo.

Esta columna no es solo una opinión. Es una advertencia.

Y también es una puerta.

Porque sí: esta columna, hoy, es para nosotros.

Para quienes trabajamos en salud mental.

Bienvenidos a la clínica del alma.


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