La mente antes del crimen

Hace pocos días, en Brasil, un hombre asesinó a sus hijos tras descubrir la infidelidad de su esposa y luego se quitó la vida. El impacto es brutal, pero lo verdaderamente inquietante no es solo el crimen, sino la fragilidad mental que lo precede. Porque no, no fue simplemente rabia. La rabia la sentimos todos. Lo que ocurrió fue el colapso de una mente que no supo sostener la herida.

La infidelidad no solo rompe un acuerdo afectivo; puede romper la identidad de quien ha construido su valor personal alrededor del control, la posesión o la dependencia emocional. Cuando la pareja se convierte en el único sostén de la autoestima, la traición no se vive como duelo sino como humillación insoportable. Y la vergüenza, cuando no se puede elaborar, suele transformarse en ira.

Desde la clínica sabemos que existen estructuras psicológicas con baja tolerancia a la frustración, rasgos posesivos o celos patológicos, donde la pérdida activa pensamientos rígidos y extremos. La mente empieza a repetir una narrativa peligrosa: “me destruyeron”, “no puedo vivir así”, “si yo sufro, alguien más debe pagar”. No es un segundo de locura aislada. Con frecuencia hay rumiación persistente, fantasías de castigo, aislamiento progresivo y una creciente incapacidad para regular emociones intensas.

Nada de esto justifica el crimen. Pero sí obliga a decir algo con claridad: cuando una persona no logra controlar su ira, cuando los celos se vuelven obsesivos, cuando la impulsividad domina las decisiones o aparecen ideas de hacer daño, estamos frente a una señal de alarma clínica. No es un defecto moral. Es un problema de salud mental que necesita intervención.

Buscar ayuda antes de que la emoción desborde no es debilidad. Es responsabilidad. La psicoterapia, la evaluación psiquiátrica y el acompañamiento oportuno pueden marcar la diferencia entre atravesar una crisis dolorosa y convertirla en tragedia irreversible.

Acá no se trata de si hubo culpables o no y mucho menos de hablar de causales o detonantes, pues al final solo ellos sabían lo que realmente estaba pasando en su relación, solo ellos sabían lo que estaba pasando de puertas hacia dentro, solo ellos sabían lo que pasaba en su habitación, y ya nunca se podrá saber la verdad. Verdad que jamás justificara lo sucedido.

Pero esta columna no se trata de investigar “los hechos” se trata más bien de prevenir o incluso se trata de advertir de lo delicado que puede ser no tener un seguimiento de tu salud mental. Sí, esto es una invitación a que no te de pena levantar la mano y decir “necesito ayuda”.

Recuerda: hay dolores que se superan con ayuda… y hay decisiones que no se pueden deshacer jamás.

Bienvenidos a la clínica del alma.


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