Los Therian, o la anatomía de (otro) pánico moral
Desde hace semanas el fenómeno de los therian —personas que sienten afinidad con animales y lo expresan en juegos de rol, disfraces o comunidades online— irrumpió en nuestros algoritmos.
Explícita o implícitamente, aparecen como supuesta prueba de los excesos del progresismo y, más concretamente, de la aceptación social y de los avances legales de las personas trans.
Sin embargo, los therian se parecen más a los cosplayers —quienes se disfrazan para ir a convenciones de Star Wars o al Comic-Con— que a las identidades trans.
Pero esa distinción no importa cuando el objetivo es otro: capturar atención, generar pánico y deslegitimar a un grupo.
Más allá del fenómeno, lo importante es la estrategia que su visibilidad revela: una fórmula vieja, reciclada con las mismas tácticas y nuevos protagonistas.
La primera es la contaminación conceptual:
Meter fenómenos distintos en el mismo saco para deslegitimarlos. Si se instala la idea de que identidades de género y juegos de rol como lo therian son lo mismo, todo el paquete puede ridiculizarse como absurdo.
La segunda es la falacia del efecto dominó.
Hace quince años se decía que si se aprobaba el matrimonio igualitario pronto la gente querría casarse con animales, muñecas o sillas. No pasó. La lógica era exagerar un escenario improbable para desacreditar un derecho real.
Estas falacias producen pánico moral: una alarma colectiva basada en el miedo y en la idea de que “gente extraña” amenaza a las infancias, las familias y la sociedad.
Pero el pánico moral no es moral: es político. Suele aparecer en coyunturas —elecciones o escándalos— porque sirve de cortina de humo.
Así, mientras los therian monopolizan la atención como amenaza para las infancias, casi no se habla de que la Iglesia católica en Colombia sigue negándose a entregar la información de más de 600 sacerdotes denunciados por pederastia, pese a una orden de la Corte Constitucional; ni de que un expresidente aparece mencionado en los archivos de Epstein.
En tiempos de polarización —sobre todo electorales— conviene mirar con cuidado qué historias saturan nuestros algoritmos. Muchas veces no están ahí para informarnos, sino para confundirnos y distraernos.
