Entre Tigres y Palomos

El fútbol colombiano tiene zoológico propio. No hay equipo sin su fiera, sin su ave, sin ese apodo que se pega al jugador como segunda piel. Hoy abro la libreta y me salen siete nombres que la gente no llama por el registro civil: cinco “Tigres”, dos “Palomos” y una “Paloma”. Todos distintos, todos nuestros. Alberto de Jesús “el Tigre” Benítez fue el primero que rugió en serio. Llegó al Deportivo Cali en 1975, año en el que el onceno verdiblanco se convirtió en Selección Colombia; de Pedro Antonio Zape para arriba era una orquesta. El delantero argentino venía de Banfield y hasta 1982 fue el dueño de la punta izquierda del equipo azucarero anotando 135 goles y convirtiéndose en leyenda e ídolo de la afición caleña. Lo recordamos por su melena, sus cabezazos letales y por la fabulosa trilogía que conformó junto a Ángel María Torres y Néstor Leonel Scotta. El técnico era Carlos Bilardo.

En 1985 llegó a Colombia otro felino argentino: Ricardo ‘el Tigre’ Gareca, con un pasado brillante en........

© Vanguardia