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… Y el tiple quedó huérfano, expósito

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03.03.2026

El añoso tiple estaba solo, abatido, recostado en el espaldar de la silla, cerca del patio de la casa solariega. El ambiente estaba impregnado de tristeza y amargura por la ausencia definitiva de quien había sabido pulsar magistralmente las cuerdas de aquel viejo y tierno instrumento musical.

La brisa llamaba a la añoranza y el tiple, viejo y mustio, callaba pues sabía que nadie al acariciar sus cuerdas conseguiría transmitir los suaves, tiernos y exquisitos matices musicales que con maestría sinigual surgían de los dedos de aquel que había tomado el camino de los ausentes, ese que con elegancia y dulzura lograba ligar notas musicales, partituras y estados del alma, uniendo sentimientos, paisaje, poesía y música, tradición, ternura y calidez, riscos y recuerdos, llenando todo de aquella nostalgia añeja que heredamos de nuestros abuelos y que llevamos entrelazada con costumbres, geografía, sentimientos, vivencias y emociones.

Por eso el viejo tiple tenía su alma adolorida, le invadía la añoranza al rememorar los armónicos acordes que el ausente lograba cuando interpretaba bambucos, pasillos y guabinas, inundando el aire de amor, sentimiento y reminiscencias.

El tierno tiple sabía que había quedado huérfano, expósito para siempre, ya que había emprendido marcha hacia el valle de los ausentes aquel que exquisitamente sabía rasgar sus cuerdas.

Sí, se fue quien amó al tiple y fue mi compañero de infancia, el amigo con quien muchas veces en la niñez jugué en el parque García Rovira, con quien recorrí las calles de la inolvidable Bucaramanga de los años 50 camino del colegio, con quien retozamos en el patio de mi casa paterna, con quien muchas veces oímos a mi mamá interpretar melodías al piano, aquel con quien en nuestra adolescencia nos sentamos en los andenes de la vecindad a entonar canciones como “Samba de la esperanza”, “sapo cancionero”, “mariposita azul”, ese con el cual cada vez que nos veíamos con un cálido abrazo refrendábamos la amistad, el que tanto sentimiento y maestría transmitía cuando pulsaba un tiple y hacía de cualquier melodía una obra cumbre de la música.

Su ausencia es inmensa para el viejo tiple, para los admiradores de su genio artístico, para su familia, para sus entrañables amigos y para mí, camarada suyo de juegos infantiles y compañero de siempre. A todos nos arruga el alma que Jairo Arenas Ribero haya marchado al más allá, dejando huérfano al tiple, cabizbajos a quienes fuimos sus camaradas, mientras nuestras remembranzas logran que desde la lejanía lleguen los suaves acordes del añoso tiplecito lanzando al aire una tierna guabina, Veleñita, exquisitamente interpretada por Jairo desde el valle de los ausentes.


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