La aventura de un país laico |
Si usted es una persona religiosa, lo invito a no abandonar esta lectura por temor a encontrar un escrito que despotrica de la fe. Por el contrario, que su curiosidad lectora le permita acompañarme por este ejercicio de autorreconocimiento.
La total separación entre la Iglesia y el Estado es otra de las utopías que en un país laico como Colombia se promulgan y se debaten al no cumplirse en su totalidad este mandato constitucional. Es que en nuestro país la ley y la justicia son relativas a las circunstancias y a los implicados en cada caso.
La palidez con que se aplica la ley en un país, refleja la debilidad con la que sus habitantes cumplen normas de convivencia, jurídicas, de tránsito, etc. Obedecer medidas que regulan el orden y el respeto se vuelve una tarea exclusiva de la iniciativa de cada uno, y siempre se está expuesto a sufrir un revés que invite a abandonar tan loable decisión.
Esta es una realidad que asumimos quienes estamos dispuestos a vivir y a mejorar nuestras condiciones en medio de sociedades como la nuestra. Marcharse a experimentar una opción diferente en países desarrollados —donde las leyes y el comportamiento ciudadano brindan óptimos resultados de convivencia— no siempre será lo más viable para muchos. En cualquier caso, volviendo a la iniciativa propia, es importante que también reconozcamos las ventajas que este mismo contexto nos entrega.
Darle un vistazo al mundo y comparar sus realidades es un ejercicio que reconfigura nuestro sentido de pertenencia a la raza humana y estimula la gratitud por lo que somos y tenemos.
Colombia no será un país laico en su totalidad, y muchas leyes que no se cumplen prolongan nuestros problemas como sociedad, pero esta cuestionable flexibilidad también posibilita la manera como sobreviven nuestras libertades.
La diversidad cultural merece ser defendida. La libertad de culto también es libertad de pensamiento. Si el gobierno de turno se inclina a cierta tradición es síntoma de que estamos abiertos a tolerar las diferencias, que a veces se visten de mayorías, sin necesitar que un autoritarismo nos restrinja o nos imponga lo que podemos manifestar.
No hay que perder el sentido crítico y hay que vigilar las políticas que promulgan el ejercicio de credos religiosos, porque ahí es donde fallamos como país laico. Pero aprender a aceptar esta realidad nos hace pensar en el bienestar de quienes disfrutan y se benefician directamente de eventos como los que se organizan en Semana Santa: creyentes juiciosos y comerciantes informales que aprovechan las multitudes en las calles para ganarse dignamente su sustento e incluso quienes asistimos a estos rituales con la única intención de socializar y distraernos.