El poder no es absoluto

En Colombia existe una idea peligrosa que suele instalarse en algunos espacios privados y es que, como somos una entidad particular, aquí mandamos nosotros. Nada más equivocado.

Recientemente, un juez constitucional recordó algo elemental pero necesario: la autonomía privada no equivale a poder absoluto. Incluso en entidades como clubes sociales, corporaciones o asociaciones, los procesos disciplinarios deben respetar garantías fundamentales como el debido proceso, el derecho de defensa y la imparcialidad.

El argumento suele ser el mismo: “esto es un asunto interno”, “es autonomía privada”, “las reglas del club son claras”. Y sí, la autonomía privada existe. Está protegida por la Constitución. Pero no es un cheque en blanco pues autonomía no significa arbitrariedad.

La autonomía privada, por supuesto, es un principio legítimo. Las asociaciones tienen derecho a organizarse, fijar sus estatutos y autorregular su funcionamiento. Pero esa facultad no puede convertirse en una herramienta para imponer sanciones sin cargos precisos, sin acceso real a las pruebas o sin una decisión debidamente motivada.

En los procesos disciplinarios internos no basta con invocar el reglamento. Es indispensable cumplirlo. No basta con anunciar una investigación; debe garantizarse la contradicción. No basta con deliberar en junta; la decisión debe ser imparcial y proporcional.

El juez que conoció recientemente una acción de tutela relacionada con un procedimiento disciplinario interno fue claro en ese sentido: la condición privada de la entidad no la exonera del control constitucional cuando se vulneran derechos fundamentales. Esa afirmación no debilita la autonomía institucional sino que la fortalece porque la sujeta a reglas claras de obligatorio cumplimiento.

En Colombia, el poder, público o privado, tiene límites. Y esos límites están trazados por la Constitución. Las juntas directivas administran, orientan y deciden, pero no pueden convertirse en jueces sin reglas que, arbitrariamente, toman decisiones que afectan derechos fundamentales.

A veces, en escenarios cerrados, el ejercicio del poder se vuelve cómodo, al punto que puede terminar siendo abusivo incluso sin que, quienes detentan el poder, logren evidenciar los abusos. Por eso existen los jueces constitucionales para recordar que la dignidad, el debido proceso y la defensa no dependen del tipo de institución en la que se encuentren en juego.

La lección es sencilla pero poderosa y va encaminada a que la autonomía privada es un derecho mientras que el respeto por el núcleo del debido proceso es una obligación.


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