El tecnato de Norteamérica: la distopía que nos amenaza

La extraordinaria victoria de Venezuela sobre Estados Unidos en el Clásico Mundial de Béisbol —gracias a un doble de Eugenio Suárez— evocó, inevitablemente, la “Mano de Dios”: aquella Argentina de Maradona haciendo justicia simbólica frente a Inglaterra tras el despojo de las Malvinas.

Pero, como no hay felicidad completa, Donald Trump se encargó de empañar el momento. Lo hizo a su estilo: con un exabrupto en su red social Truth: “Statehood!!!!”

No es la primera vez que el presidente negociante amenaza con convertir a Venezuela en el estado 51 de Estados Unidos.

¿Pero qué tienen en común este despropósito con otras de sus “grandiosas” ideas, como arrebatar Groenlandia a Dinamarca o hacerse con el control del Golfo de México y el Canal de Panamá?

Imaginemos, por un momento, un mapa ampliado de Estados Unidos: desde Canadá y Groenlandia, pasando por México y Centroamérica, hasta Venezuela e incluso parte de Colombia. Lo que suena a distopía —propia de teorías conspirativas— tiene, en realidad, un antecedente histórico: el llamado “Tecnato de Norteamérica”.

Este concepto fue impulsado por el movimiento tecnocrático en los años treinta, que proponía reorganizar la sociedad bajo el control de expertos y expandir el territorio hasta abarcar desde el Ártico hasta el norte de Suramérica. Entre sus promotores estuvo Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, vinculado a ese movimiento en Canadá.

Se trataba de una idea radical: sustituir la democracia por una administración técnica de los recursos, bajo criterios de eficiencia, seguridad y control de recursos estratégicos.

Hoy, ese imaginario parece menos lejano.

Las pulsiones expansionistas de Washington, expresadas sin ambages en discursos recientes, encajan con la vieja Doctrina Monroe y sus reinterpretaciones, desde Theodore Roosevelt hasta “Trump 2.0”. También dialogan con sectores de la élite trumpista —como Curtis Yarvin o el propio vicepresidente Vance— que defienden un repliegue hemisférico acompañado de una mayor apropiación estratégica del continente.

En este contexto, las intenciones predatorias de Estados Unidos se exhiben sin disimulo, en un escenario marcado por la crisis del multilateralismo, la debilidad de la ONU, la irrelevancia de la OEA y la progresiva pulverización del derecho internacional.

El problema es que, frente a ese panorama, América Latina no existe como actor político, pues su fragmentación la hace vulnerable.

Quizás por eso resuena, con inquietante vigencia, la advertencia de Bolívar en 1829:

“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias, en nombre de la libertad”.

En el agitado mar de la geopolítica actual, no basta con recordar esa frase. Es urgente actuar: revivir UNASUR y fortalecer la CELAC.


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