Tres pautas para fomentar una resiliencia sensible en la escuela

Imaginemos a un astronauta en el espacio. Flota, no siente peso: sus músculos están por lo tanto a salvo de daños relacionados con esa presión. Sin embargo, sin la resistencia del peso de la gravedad, sus músculos se atrofian y sus huesos pierden densidad a una velocidad alarmante. Para mantenerse fuerte, el cuerpo humano necesita la carga de la gravedad.

Ahora traslademos esta idea a la educación. Ante el aumento de la ansiedad y el empeoramiento de la salud mental, podemos caer en el error de convertir las aulas y los hogares en cápsulas de “gravedad cero”, eliminando “pesos” o dificultades para que el niño no sufra.

Si combinamos esto con los enfoques modernos sobre crianza y pedagogía, que se alejan de la disciplina o la autoridad impuesta, podemos llegar a una situación de excesiva protección. Una posible solución sería avanzar hacia una “resiliencia sensible” o creativa.

Para entender cómo aplicarla, veamos tres enfoques distintos de educar.

Nuestro instinto de protección básico nos hace acompañar al niño como a un brote tierno. Y está bien: se debe proteger la fragilidad de lo íntimo y evitar toda violencia o abuso.

Pero si solo hacemos esto, nos convertimos en “educadores invernadero”: los menores están bien mientras todo sea perfecto y predecible. Pero en cuanto salen al mundo real y sopla un poco de viento (un suspenso, una crítica, un “no” de un amigo), se marchitan. Al quitarles el estrés, les hemos quitado el crecimiento.

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