Cuando el ideal de masculinidad impide expresar las emociones y repercute en la salud
Juan perdió su empleo después de veinte años trabajando en la misma empresa. Desde entonces sentía que también había perdido parte de su identidad y de su papel dentro de la familia. Casado y con tres hijos, empezó a dormir mal, a mostrarse irritable y a discutir con frecuencia en casa. Aunque acudía a su centro de salud por insomnio y ansiedad, le costaba explicar lo que realmente le ocurría.
Luis llevaba cinco años divorciado y no había conseguido adaptarse a la nueva situación. Vivía solo, apenas mantenía contacto con sus dos hijas y su vida social se reducía al bar de su pueblo, donde la bebida se había convertido en la forma habitual de relacionarse con los demás. Se sentía solo y desmotivado, pero le resultaba difícil pedir ayuda o hablar de sus emociones.
Las historias de Juan y Luis reflejan situaciones que se repiten cada semana en muchos centros de salud. Ninguno presenta un trastorno mental grave, aunque ambos experimentan un malestar emocional agravado por una forma de entender la masculinidad hegemónica que dificulta expresar las emociones, reconocer el sufrimiento o solicitar ayuda.
Esta realidad plantea una pregunta relevante para la salud pública: ¿estamos identificando adecuadamente el malestar emocional de los hombres?
La obligación de ser fuerte y controlar las........
