Una de las mejores series políticas del último tiempo, Borgen, está de regreso después de casi una década con una nueva temporada que no es un fiasco. Es un gran logro, si recordamos que su símil gringo, House of Cards, tuvo un final penoso. Podemos respirar aliviados y decir que Birgitte Nyborg, aquella mujer que en la serie original nos deslumbró desde su cargo de primera ministra de Dinamarca, sigue viva, aunque ya no es la misma de antes. Birgitte ya no llega al trabajo en bicicleta, casi no tiene vida familiar y no es la política intachable de antes. Ahora es un animal político que, para sobrevivir, recurrirá a lo que sea y arrastrando a quién sea.

Frente a House of Cards, con todos sus vuelcos narrativos y su obsesión por el espectáculo, sintetizados en la performance de Kevin Spacey en el rol de Frank Underwood, Borgen siempre fue más contenida y a escala humana. Dos formas de narrar el mundo y de entender la política. Una, desde el corazón de Hollywood, fue la serie que le abrió el camino a Netflix para posicionarse como el gigante del streaming. La otra, era una producción danesa emitida por la televisión pública de ese país, que se sumó al largo listado de series nórdicas que han dejado huella –y clones– en la industria televisiva.

Birgitte ya no llega al trabajo en bicicleta, casi no tiene vida familiar y no es la política intachable de antes. Ahora es un animal político que, para sobrevivir, recurrirá a lo que sea y arrastrando a quién sea.

En la serie original, que tuvo tres temporadas, Borgen (2010-2013) ofrecía la novedad de mostrar el mundo político desde un liderazgo femenino, con todas las complejidades que ello implica, al enfrentar a un espacio de poder históricamente dominado por figuras masculinas. A eso se sumaba que Birgitte Nyborg se enfrentaba, al igual que cualquier mujer que trabaja, al desafío de tener que conjugar su trabajo como primer ministra con una vida privada que incluía un marido y dos hijos, y un estilo de vida europeo sin nanas ni servidumbres.

O sea, después de estar todo el día en Borgen, como se conoce en Dinamarca al edificio que alberga al Ejecutivo y el Parlamento, Brigitte llegaba a su casa a lidiar con aquello que a falta de un mejor nombre llamamos vida doméstica y que, en tiempos de pandemia, sencillamente mutó en horror doméstico. Birgitte era una política idealista y cercana, una mujer auténtica, lejana a la frialdad de la inalcanzable Claire Underwood de House of Cards, un personaje entrañable que brillaba en la interpretación de Sidse Babett Knudsen.

En esta cuarta temporada –que ahora es coproducida por Netflix–, sus creadores, encabezados por Adam Price, prometieron que no se trataría de una continuación estricta de la serie original, y por eso ahora se llama Borgen: Reino, poder y gloria. Y bastante de eso se cumple, en un ciclo con una trama mucho más concentrada, donde se hace sentir que el tiempo ha pasado.

Una década después, Brigitte está más vieja, menopáusica –aunque la insistencia del guion en este punto, a ratos, se vuelve agotadora–, y sola, muy sola. En las temporadas anteriores vimos cómo su vida personal se fue al carajo, y que el poder le costó su matrimonio. El país nórdico tiene otra primera ministra, con la cual Brigitte tiene una conflictiva relación desde su cargo de ministra de Relaciones Exteriores. El descubrimiento de petróleo en Groenlandia, región autónoma que aún depende financieramente de Dinamarca, desatará una serie de conflictos económicos y geopolíticos que tendrán a Brigitte siempre al borde del abismo.

Esta es una de las principales novedades respecto a la serie original. Esta Borgen transcurre en un mundo ferozmente actual, donde el cambio climático, las mafias rusas, la hegemonía de Estados Unidos y el conflicto de Ucrania están ahí, al acecho. Y donde China es ese amigo del que todos se averguenzan, pero del que nadie puede zafar. Es un mundo en que los principios de Birgitte quedan en suspenso y donde reina el cinismo. Porque si algo ha aprendido Brigitte todos estos años, es que para sobrevivir en política hay que despojarse de todo: marido, hijos, amigos, ideales, aunque eso signifique traicionar a quienes votaron por ella.

“Solo los depredadores siguen en política”, sentencia Michael Laugesen, otrora archienemigo de Brigitte, que en temporadas anteriores usó su diario sensacionalista para destruirla, pero que ahora se convierte en un inesperado aliado. Birgitte encarnaba la esperanza, una nueva forma de hacer política, es por eso que su caída nos resulta tan dolorosa y, a la vez, tan real, en este mundo post pandémico, vertiginoso e incierto.

QOSHE - Borgen: un golpe de realidad - Yenny Cáceres
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Borgen: un golpe de realidad

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24.06.2022

Una de las mejores series políticas del último tiempo, Borgen, está de regreso después de casi una década con una nueva temporada que no es un fiasco. Es un gran logro, si recordamos que su símil gringo, House of Cards, tuvo un final penoso. Podemos respirar aliviados y decir que Birgitte Nyborg, aquella mujer que en la serie original nos deslumbró desde su cargo de primera ministra de Dinamarca, sigue viva, aunque ya no es la misma de antes. Birgitte ya no llega al trabajo en bicicleta, casi no tiene vida familiar y no es la política intachable de antes. Ahora es un animal político que, para sobrevivir, recurrirá a lo que sea y arrastrando a quién sea.

Frente a House of Cards, con todos sus vuelcos narrativos y su obsesión por el espectáculo, sintetizados en la performance de Kevin Spacey en el rol de Frank Underwood, Borgen siempre fue más contenida y a escala humana. Dos formas de narrar el mundo y de entender la política. Una, desde el corazón de Hollywood, fue la serie que le abrió el camino a Netflix para posicionarse como el gigante del streaming. La otra, era una producción danesa emitida por la........

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