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El último grito de ayuda de una niña del Sename

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16.08.2021

Antes del final, rodeada de adultos en un box del Hospital de Molina, la niña lo suplicó:

–¡Ayúdenme!, no me quiero morir.

Habían pasado minutos desde su ingreso al recinto asistencial. Había llegado allí luego de romper una ventana de la sala donde se almacenaban los medicamentos en la residencia María Ayuda de Lontué, donde vivía, y donde esa noche, apurada, abrió las gavetas e ingirió frenéticamente lo que fue encontrando: clorfenamina, aradix, domperidona, ibuprofeno, incluso alcohol etílico. En total tragó más de 100 comprimidos.

–¡Ayudenme!– repitió, arañando sus posibilidades de sobrevivir.

Ese 14 de junio del 2019, el grito quebró el silencio habitual de las noches de Molina, una ciudad de menos de 50 mil habitantes ubicada al sur de Curicó. Lo escuchó una de las cuidadoras del hogar que la acompañó, también la oyeron los dos Carabineros que trasladaron a la adolescente al hospital, puesto que la ambulancia que debió ir en su ayuda nunca llegó. La escuchó además la directora del hogar, quien llegó al recinto de salud luego de enterarse de la situación. Igualmente la oyeron las enfermeras y tens que estaban de turno en el hospital y, por cierto, también las oyó el doctor de cabecera, Oscar Castro, a quien iban dirigidas las palabras de socorro.

Pese a las súplicas, a las cicatrices en su muñecas que daban cuenta de intentos de suicidio previos y a las cajas vacías de medicamentos que carabineros llevó como evidencian de su estado crítico, el equipo médico liderado por Castro decidió categorizar a la paciente como C3; es decir, una condición de mediana complejidad: no urgente como un C2, ni de riesgo vital como un C1. El C3, entonces, se transformó en un código de muerte. La atención recién se efectuaría 45 minutos después del ingreso.

En el transcurso de ese tiempo, la niña ya habría dejado de gritar.

Fue atendida pasada la media noche, según la documentación policial, en estado de inconsciencia y convulsionando. Pese a ello, el médico que la examinó, según los testigos, señaló no encontrar nada irregular en su estado, poniendo en duda la ingesta de medicamentos, señalando incluso que dichas convulsiones se debían a una crisis conversiva, producto de una reacción histérica, y tratando a la niña de mentirosa.

Así lo daría cuenta la directora de la residencia, quien a los días reconocería en declaraciones judiciales que el médico les habría indicado que “estas convulsiones son inventadas”.

No fue la única. Los dos Carabineros que acompañaron el procedimiento médico, y que no conocían a la niña hasta ese día, presenciaron la situación y dieron cuenta a la Policía de Investigaciones -días más adelante- la misma información.

El cabo primero de Carabineros, Roberto Sepúlveda, quien el 2019 llevaba más de 8 años de servicio en la comisaría de Lontué (localidad ubicada dentro de Molina), entregó en su declaración detalles del momento en que la niña ingresó al hospital:

“La niña se sentó en la camilla, manifestó estar mareada, instantes en los cuales entró el médico al box, me parece que su apellido era Castro, éste cerró la puerta del box, quedamos todos en el interior y le empezó a decir a la menor que dijera la verdad de dónde había dejado las pastillas, que era imposible que se las haya comido porque si no estaría muerta (…) tomó la bolsa con los remedios que yo había llevado y los comenzó a lanzar al suelo una por una y a su vez le gritaba a la menor: ‘¿Esto es lo que te comiste?’, ‘¿estas pastillas te tragaste?’. Después de tirar todos los envases al suelo los empezó a recoger y a poner dentro de la bolsa, ahí la menor le dice que está mareada y él le dice que le va a poner una sonda por la nariz porque es una mentirosa”.

Recién a las 0:24, 53 minutos después de su ingreso, el doctor Castro indicó la instalación de una sonda nasogástrica para lavado de estómago. Y, finalmente, pasada la 1 y 16 minutos desde el ingreso de la adolescente, consignó que ella debía ser trasladada hasta el Hospital de Curicó producto de su estado de gravedad. Agónica fue trasladada en ambulancia.

En Curicó, el 15 de junio del 2019 a las 2:07 horas y con el diagnóstico de “efectos adversos de otras drogas e intoxicación por medicamentos”, la niña falleció. Tenía 16 años.

Quienes la acompañaron esa noche piensan que no debió ser así.

Antes de su muerte, “K”, como la llamaremos en este artículo, dejó una breve nota de muerte a una de las cuidadoras: “A veces no todo lo que hacemos es para llamar la atención, es sólo que estamos cansados de esta vida de mierda que nos tocó”, escribió.

***

La vida que le tocó a “K” comenzó en agosto de 2002. Ella, la tercera de cuatro hermanos -todos de distintos padres que nunca se involucraron en la vida de sus hijos-, nació en Rancagua, pero pasó sus primeros años en Curicó, principalmente al cuidado de Mauricio, su hermano mayor que en el tiempo del nacimiento tenía 12 años y quien a temprana edad asumió por obligación un rol paterno con “K” por la intermitencia de la madre.

Cuando “K” tenía 5, nació su hermana menor: “E”. Mauricio recuerda que debió hacerse cargo de ambas niñas, mientras su madre se ausentaba por largas jornadas. Los niños crecieron en un ambiente hostil. Los episodios de violencia intrafamiliar eran cotidianos en el hogar, no había dinero ni orden para alimentarse como corresponde y la madre solía golpear a Mauricio cuando algo no le parecía bien. Desde muy chica “K” se comenzó a hacer cargo de su hermana menor. Ambas se hicieron inseparables.

La cercanía de las niñas se convirtió en dependencia en 2010, cuando Mauricio, quien ya era mayor de edad, se fue de la casa intentando escapar de la violencia. Sin él en la casa, los golpes y los malos tratos se trasladaron hacia las niñas.


Tal y como le tocó a Mauricio con “K”, ella comenzó a cuidar de “E”. Antes de cumplir 10 años se tuvo que encargar de alimentar, vestir y cuidar a su hermana mientras su madre no estaba. Mauricio cuenta que........

© The Clinic


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