Etapa final del GAM: ¿nuevamente sin combustible? |
Qué semana. Entre el traumático aumento de las bencinas, el Banco Central recortando su estimación de PIB y proyectando mayor inflación para 2026, y la noticia de que la tercera fase de la ciclovía metropolitana -entre Exposición y Las Achiras, llegando a Maipú- quedará en pausa por falta de financiamiento del gobierno central, el incierto destino de la segunda etapa y final del Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) quedó desplazado a una conversación demasiado acotada para la relevancia que tiene: barrial, metropolitana, económica, cultural, arquitectónica y simbólica.
“Evidentemente, nosotros queremos hacer la gran sala, pero ese es un tema que estamos discutiendo hoy en día. No está zanjado. Quiero que quede claro que no está zanjado en contra, al contrario; pero tenemos el legítimo derecho de jugar con las arcas fiscales”, dijo el ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Francisco Undurraga, el domingo 22 de marzo en Artes y Letras de El Mercurio, en su primera entrevista larga.
Allí sostuvo que el gobierno anterior había dejado amarrado un contrato de construcción a través del MOP, firmado en febrero, cuando ya se sabía que cambiaba el gobierno y, además —en sus propias palabras—, “se sospechaba, o se tenía absoluta idea, del estado de las arcas fiscales”.
Esas pocas líneas bastaron para poner nerviosos a quienes llevan años esperando que el edificio más importante en materia de infraestructura cultural que ha construido el Estado chileno en los últimos seis gobiernos quede, por fin, listo. La intranquilidad es absolutamente atendible. La constructora a cargo de concluir las obras que llevan ocho años pausadas (por la quiebra de la anterior constructora a cargo, entre otras razones), ya está trabajando. Le fue entregado el terreno. El MOP adjudicó la obra luego de que, el 22 de enero de 2025, el contrato se firmara, pasara por Contraloría y tomara razón. El 2 de marzo de 2026, varios medios informaron que se activaba la segunda etapa del GAM con una inversión de $114 mil millones para una superficie total de 38 mil metros cuadrados. “Ministerios de las Culturas y de Obras Públicas dan inicio a la construcción de la segunda etapa GAM”, se lee en la web del centro cultural, con fecha de ese mismo día.
El lunes 23, tras la entrevista de Artes y Letras, Rodrigo Guendelman entrevistó en Santiago Adicto, de Radio Duna, a la directora ejecutiva del GAM, Alejandra Martí, y a Sebastián Barahona y Loreto Figueroa, de Lateral Arquitectura & Diseño, una de las dos oficinas a cargo del proyecto desde sus inicios, junto a Cristián Fernández Arquitectos. Los tres habían sido invitados semanas antes. Ninguno abordó directamente las palabras de Undurraga, pero describieron el virtuosismo de contar con el edificio completo: una sala para 2.500 personas, un escenario de mil metros cuadrados completamente móvil, con plataformas elevadoras, y un foso de orquesta para más de 120 músicos. El espacio que le permitiría a Chile integrarse al circuito internacional de grandes espectáculos y a los artistas nacionales contar con una escala que hoy simplemente no existe. La oportunidad de competir con otros centros de eventos de la capital y generar recursos de autofinanciamiento.
También hablaron del GAM como parte de un añorado distrito cultural en el eje Alameda-Providencia, que tiene todo el sentido si se consideran hitos ineludibles: el nuevo edificio de Vicuña Mackenna 20, el recién reinaugurado Museo Violeta Parra de Vicuña Mackenna 37, Espacio Bustamante, La Inquieta Librería, el Café Literario Parque Bustamante y, bajando por la Alameda, Odisea Libros y Café Odisea, y la inquebrantable Qué Leo Parque Forestal, a pasos de Baquedano, y los circuitos de Lastarria y el Barrio Bellas Artes. Más abajo, el Centro Cultural Palacio de La Moneda, etc. En ese recorrido, el incendiado Cine Arte Alameda y el GAM quedan como puntos suspensivos.
La sorpresa frente a las palabras de Undurraga también alcanzó al barrio. Alfonso Molina, presidente de la asociación gremial del Barrio Lastarria —quien ha liderado, durante el estallido y la pandemia, los pasos de ese núcleo—, ve en la apertura del nuevo auditorio algo más que una obra: “Es muy representativa de lo que significa la reactivación del barrio y el puntapié inicial para una nueva imagen. Con esto se lograría un polo de atracción cultural de gran magnitud”, me dice.
Para Molina, el GAM 2 aportaría en cultura, imán también para conferencias, encuentros universitarios y de liderazgos de distintos campos, consolidando el circuito entre Lastarria y Bellas Artes como un enclave caminable, amistoso con el visitante y respaldado por más de seis hoteles de calidad y ochenta locales entre cafés, bares y restaurantes en un radio acotado, a los que les vendría maravillosamente bien el aumento del flujo de visitantes. Su llamado es directo: que el Estado y la empresa privada se sienten a buscar financiamiento conjunto, y que se deje de “chutear” el proyecto de gobierno en gobierno.
En la misma línea, Lucas Galan, inversionista inmobiliario con proyectos en la zona —entre ellos Santiago Bueras, que rehabilitará, con fines habitacionales, 72 unidades en el edificio de 1989 que alguna vez usó Ladeco y luego la Junji, y cuyo brochure presenta al GAM como atractivo fundamental—, es igualmente categórico: “Todavía se trata de un sector alicaído, con las heridas y cicatrices del estallido social, que lo dejó bastante debilitado. Pero, reactivándose el GAM 2 y varios proyectos en ejecución, el barrio podría alcanzar una nueva fuerza. Ese triángulo entre el Cerro Santa Lucía, el Parque Forestal y la Alameda hasta Plaza Italia debería ser lo más taquilla de Santiago Centro: tiene tremenda conexión, tremenda cultura, tremendos restaurantes. Simplemente tuvo una década tristona, pero ya resurge”.
El GAM completo (lo de etapa 2 es un artificio, ya que se diseñó y proyectó como una sola obra) es también una deuda simbólica. Una deuda que Chile tiene con Gabriela Mistral y que no termina de saldar.
Cuando el edificio original para la Tercera Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas, UNCTAD III, fue construido durante el gobierno de Salvador Allende en 275 días —una hazaña latinoamericana de modernidad y trabajo colectivo, se dice—, el Ministerio de Educación lo bautizó Centro Cultural Metropolitano Gabriela Mistral. Duró apenas un año con ese nombre. Tras el golpe de 1973, la junta militar lo cerró, lo enrejó y lo rebautizó como Edificio Diego Portales, transformándolo en su centro de operaciones.
Con el retorno a la democracia, en 1990, el espacio se volvió sede de congresos y convenciones, pero el nombre de Diego Portales persistió durante años, incluso bajo gobiernos de la Concertación que parecían no tener urgencia por devolverle su historia al edificio. Fue recién en 2009 —con Michelle Bachelet y el impulso del incendio de 2006— que se repensó y se decidió llamarlo nuevamente Gabriela Mistral. El nombre se hizo oficial en la inauguración de septiembre de 2010. Hoy, unas pocas cuadras hacia el oriente, hay un monumento con su rostro, inaugurado el 4 de marzo pasado. Y, aun así, la relación entre Mistral y la ciudad de Santiago sigue siendo un asunto pendiente: trabajado a medias, honrado con gestos, no con compromisos sostenidos en el tiempo. Ni la poca representación femenina en el espacio público ha empujado estratégicamente a equiparar la cancha con el cierre de un proceso como el GAM. Al contrario, el espacio material y simbólico está en deuda con ella. Un edificio que cada pocos años vuelve a quedar a medio camino, varado entre la voluntad y la restricción fiscal, entre el discurso y los recursos.
Habrá que esperar a saber si hay plata o no. Si no hay, habrá que preguntarse por qué fue anunciado un proyecto sin recursos. ¿Descuido? ¿Política de la mala?
La contradicción se agudiza si se consideran los nombres y la labor de los arquitectos a cargo, cuando Smiljan Radić acaba de recibir el Premio Pritzker, poniendo a la disciplina en el centro de la conversación. Dos chilenos Pritzker en una década —Alejandro Aravena en 2016— y un país que, en ese mismo tiempo, no termina de construir su principal sala cultural pública. Una que tributa a una Premio Nobel.