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Columna de Rita Cox: Estaciones de servicio: mucho de cowork, nada de aesthetic

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No sé si sigue vigente el término, pero cada vez que con mi hija comentamos algo muy Instagram, muy cuidado, decimos aesthetic, con un cierto tonito irónico. Viene del griego aisthētikós, que refiere a la percepción sensorial, pero en su versión actual significa otra cosa: una atmósfera construida a propósito, curada hasta el último detalle, publicable, aspiracional.

Colores pastel, minimalismo, filtros homogéneos, referencias vintage: esos son sus pilares, el imaginario que Instagram y Pinterest han ido consolidando. El aesthetic no describe lo bello, describe lo que se ve bien en una pantalla. Lo que merece ser fotografiado antes de ser vivido. Es cautivador. Y también es agotador.

Las estaciones de servicio no son aesthetic. Todo lo contrario. Y por eso mismo me parecen encantadoras. Un lugar posible, de vez en cuando, en la ciudad.

Julia tiene 81 años y vive a pocas cuadras de una estación de servicio en Providencia, cerca de Carlos Antúnez. Viene casi a diario, siempre con luz de día —eso le da seguridad en el trayecto, me cuenta—, a veces en la mañana, a veces a media tarde. Caminar de ida y vuelta le sirve de ejercicio, y sentarse un rato con una bebida y algo dulce para comer es para ella un panorama. Su panorama. A veces también el mío. La acompaña su hermana de 76. No hay nada extraordinario en la escena: dos señoras en una mesa de fórmica.

Carlos, de 69 años, vive en Puente Alto y tiene su oficina allá también, pero su trabajo en construcción lo lleva a recorrer Santiago. Hoy está en Vitacura. Es pasado mediodía, y se sienta con una promo de café y queque, que no supera los $3.000. Me dice, con cara de sorprendido por mi curiosidad, que pasa por estaciones de servicio al menos cuatro veces por semana. No distingue marcas. Se detiene porque le quedan a la pasada, porque puede dejar el auto sin pagar estacionamiento y verlo de reojo a través de la entrada vidriada mientras se toma el café, porque los baños tienen confort, jabón y están limpios. “Me siento cómodo”, dice, como si eso fuera suficiente explicación. Y lo es.

Pasadas las 13 horas, en el mismo local en el que también suelo detenerme, un hombre de unos 55........

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