Columna de Rita Cox: El Biógrafo, patrimonio sentimental
No es una metáfora, tal vez roza la hipérbole, afirmar que Juliette Binoche salvó El Biógrafo. Fue en 1997, sin que ella lo supiera. Daniel Scrigna llevaba tres años al frente del cine, tres años con la sala vacía, cuando un día llegó caminando por Lastarria y vio algo que no había visto antes: una fila de casi una cuadra de gente esperando por una entrada. La película era Bleu, la primera de la Trilogía de los colores del director polaco Krzysztof Kieślowski. Casi treinta años después, sentado, Scrigna recuerda el episodio y vuelve a emocionarse.
Bleu estuvo seis meses en cartelera, con cuatro funciones diarias (hoy un éxito dura un mes; un superéxito, diez semanas). Luego vinieron Blanc y Rouge, y con la trilogía entera se construyó no solo una adhesión chilena a Kieślowski, sino también una geografía emocional compartida, con El Biógrafo como escenario. Para muchas veinteañeras de entonces, fue también un canon: Juliette Binoche era la imagen y semejanza de la mujer interesante, francesa, intensa. Nos cortamos el pelo como Binoche. Quisimos sufrir como Binoche. Un referente opuesto al que habíamos tenido en la niñez, las princesas Disney, pero un referente, al fin y al cabo.
El Biógrafo había nacido años antes, con Eduardo Tironi y Silvio Caiozzi como socios. Scrigna lo compró porque tenía distribuidora y las películas de cinearte no las exhibía nadie. Adquirió, remodeló íntegro, redujo las butacas de 220 a las actuales 190 (la sala A1 del GAM tiene 256) para hacerlas más amplias. La primera película que exhibió, en 1994, fue Orlando. No fue nadie. 94, 95 y 96 fueron, en sus palabras, un desastre. Hasta que apareció Binoche.
Al micromundo de El Biógrafo, y ese ritual de empujar su contundente cortina de terciopelo para entrar a la sala, llegué gracias a mis padres. Con uno o con otro rotábamos entre las salas del cine Pedro de Valdivia (ahí vi E.T.........
