Uno de los muchos aciertos de A tiempo real, de Julio Jorquera y Matías Cardone, es fijar desde su título mismo todo el énfasis en el tiempo. El tiempo de la representación, el de la memoria, el tiempo de la realidad y el de la ficción. Porque si todo el teatro y la danza tiene como materia el tiempo, en ninguna parte esa materialidad del tiempo es más inevitable, más trágica, más esencial que en la performance. Teatro que más allá de la representación de un texto es la representación de un momento. La obra de un minuto, el encuentro de algunas voluntades y algunos sueños secretos que se disuelven sin más testimonio que los escasos pero fundamentales registros que este documental rescata y combina con una mezcla de admiración y pudor, como si quisiera al mismo tiempo que revelarnos el secreto peor guardado del arte chileno de los años ochenta, seguir cuidando la magia de su clandestinidad.

Porque parte esencial del trabajo de Vicente Ruiz es su carácter irrepetible, fugaz y efímero, aunque visto a la distancia, coherente, obsesivo, tan personal que se vuelve colectivo. Son los gestos, los pasos, los gritos y los silencios de un grupo de jóvenes aparte que representan por única vez cada vez sus propios instintos, sus verdaderos amores, todo eso en vivo siempre. Vivir en vivo y en directo en un país muerto. Esta fue la apuesta que resulta mirada desde el hoy de una audacia, de una valentía, de una sana locura tan improbable como verdadera.

Son los gestos, los pasos, los gritos y los silencios de un grupo de jóvenes aparte que representan por única vez cada vez sus propios instintos, sus verdaderos amores, todo eso en vivo siempre. Vivir en vivo y en directo en un país muerto.

Mientras la dictadura contaba una versión armada y obligatoria del pasado y otra edulcorada y falsa del futuro; mientras la izquierda resistía con su propia versión tanto del pasado como del futuro; Vicente, Patricia, Consuelo, Jacqueline, Jorge, Tahia, Cecilia y algunos más decidieron conquistar el presente. Su presente, su presencia, el presente imposible de un país que era sólo el fantasma de lo que no fue. De ahí el rigor en que estos jóvenes en los más diversos gimnasios, discotecas, garajes, bailan, pero también marchan, gritan, se revuelcan en el suelo, se desnudan y se visten. De ahí también las risas y la belleza, la inescapable belleza de casi todos los protagonistas de este documental. Bello porque eran jóvenes, pero más jóvenes aún porque estaba prohibirlo serlo como lo eran ellos, mezclando rock con Esquilo, sabiéndose feminista pero eligiendo como líder no a Gabriela Mistral o Frida Kahlo sino que a Cleopatra la reina del Nilo.

Impacta el documental justamente por el contraste entre un público que vive en el invierno de los chalecos de lana tejido por la mamá con el escenario donde todo brilla impecable de laca y mostacilla, donde los rostros angulosos y los raros peinados nuevos hablan de otro mundo posible que era la posmodernidad que Chile no sabía sería su verdadera revolución. Así, antes que nadie, en el imaginario mundo de Vicente Ruiz desfilaron los mapuches, los transexuales, los travestis, y la homosexualidad dejó de ser un circo para ser también un grito. Pero todo eso con la perfecta naturalidad de quien va creciendo en público, del que no puede evitar comprenderse a través del arte.

Estos jóvenes de ayer reconquistaron para los que vinieron el derecho a vivir en el presente. Un derecho sin el que el teatro, cualquiera y todo el teatro, es imposible. El derecho no sólo a decir hoy, sino decir ahora, ahora mismo. De ahí su negativa radical a proyectarse, a construir prestigio, a imitarse a sí mismo, a fijarse en texto, o cine, a convertirse en cualquier otra institución que no fuera la disfuncional tribu de artistas serial, en el sentido en que un artista puede ser serial. Soy testigo y beneficiario de esa amistad que nace del saberse único en un país en que eran demasiado lindas para ser de izquierda y demasiado provocadoras para ser de derecha y definitivamente demasiado demasiado, para ser de centro. Esa amistad es lo que también retrata el documental, porque es la explicación de que ese vivir en presente, ese habitar el presente haya permanecido misteriosamente en el tiempo y que estos que se amaron y admiraron en el tiempo aquel en que todo era imposible pero urgente, sigan haciendo lo mismo ahora que nada es imposible, pero nada es urgente ya.

Este grupo de marginales estrellados, de bellos monstruos perfectos, sobrevivieron más o menos intactos la dictadura. En democracia sin embargo les toco la cárcel, el oprobio, el desprecio y la indiferencia pública y privada.

No es de buena educación contar el final de la película, pero lo hago porque es también una página de nuestra historia de Chile. Este grupo de marginales estrellados, de bellos monstruos perfectos, sobrevivieron más o menos intactos la dictadura. En democracia sin embargo les toco la cárcel, el oprobio, el desprecio y la indiferencia pública y privada. Supieron armarse y sobrevivir en su arte que en el caso de Vicente Ruiz se fue convirtiendo en un descubrimiento personal e interior del poder de la danza. Pagaron, sin embargo, caro cada uno haber descubierto el presente, haber mantenido presente el presente, hasta que la transición decidió arrebatárselo. Sin el tesoro que habían cuidado para todos los chilenos, se quiso convertirlo en anécdota, en pasado, en eslabón perdido de la historia del arte chileno del que no hay más registro que el mito de los que los vieron en vivo allá por finales de los años ochentas. De ese lugar incómodo saca a Vicente Ruiz y sus amigos A tiempo real, rescatando no sólo la dignidad de su propuesta sino la urgencia que puede, en este país huérfano nuevamente de presente, revisitar la obra de estos pioneros y la llama que los abrigó cuando cada invierno era más frío que el anterior.

*Rafael Gumucio es escritor.

El documental «A tiempo real» estará disponible al público en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos el 15 de junio a las 19 horas; y en la Cineteca Nacional, sala Microcine, los días jueves 23, sábado 25, domingo 26 y martes 28 de junio a las 18 horas.

QOSHE - Tiempo presente - Rafael Gumucio
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Tiempo presente

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30.05.2022

Uno de los muchos aciertos de A tiempo real, de Julio Jorquera y Matías Cardone, es fijar desde su título mismo todo el énfasis en el tiempo. El tiempo de la representación, el de la memoria, el tiempo de la realidad y el de la ficción. Porque si todo el teatro y la danza tiene como materia el tiempo, en ninguna parte esa materialidad del tiempo es más inevitable, más trágica, más esencial que en la performance. Teatro que más allá de la representación de un texto es la representación de un momento. La obra de un minuto, el encuentro de algunas voluntades y algunos sueños secretos que se disuelven sin más testimonio que los escasos pero fundamentales registros que este documental rescata y combina con una mezcla de admiración y pudor, como si quisiera al mismo tiempo que revelarnos el secreto peor guardado del arte chileno de los años ochenta, seguir cuidando la magia de su clandestinidad.

Porque parte esencial del trabajo de Vicente Ruiz es su carácter irrepetible, fugaz y efímero, aunque visto a la distancia, coherente, obsesivo, tan personal que se vuelve colectivo. Son los gestos, los pasos, los gritos y los silencios de un grupo de jóvenes aparte que representan por única vez cada vez sus propios instintos, sus verdaderos amores, todo eso en vivo siempre. Vivir en vivo y en directo en un país muerto. Esta fue la apuesta que resulta mirada desde el hoy de una audacia, de una valentía, de una sana locura tan improbable como verdadera.

Son los gestos, los pasos, los gritos y los silencios de un grupo de........

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