Viví muchos años en Madrid. Fue una ciudad que hice mía o que ella me hizo suya. Todavía no lo sé. Lo que sí puedo contarles es que hice mi máster y mi doctorado allí, mientras me enamoraba, me olvidaba, me liberaba de esas cargas morales, de esas mochilas que cualquier territorio te va dejando después de un largo tiempo. Fue un viaje para olvidar, para crecer, para aprender, pero sobre todo para descubrir esos átomos esparcidos que me pertenecían, esos átomos que se caían de ese árbol grande y robusto que es nuestra memoria. Uno fue el de Federico García Lorca.

Y qué rabia y qué pena, pero solo recuerdo una estatua, la de la Plaza Santa Ana, frente al Teatro Español, que en bronce presenta el cuerpo del poeta sosteniendo entre sus manos una alondra. Allí la inscripción dice: “Madrid a Federico García Lorca”. El monumento tiene casi 40 años y ha sufrido como sufrió Federico e incluso hay quienes, en 2009, osaron a arrancar el pájaro. “No hay nada más vivo que un recuerdo”, eso lo dijo él y eso lo digo hoy, acá, en esta columna que no pretende otra cosa que hacerle un homenaje a ese hombre que se matriculó en filosofía y letras y derecho en 1914, que tuvo vocación de alma libre, de escritor, que fue amigo de Luis Buñuel y de Rafael Alberti y de Salvador Dalí y que se ahogaba porque el ambiente provinciano “terrible y vacío llena mi corazón de telaraña”. Nació viejo García Lorca. Nació sabio. Nació moderno. Nació vivo. Nació eterno o inmortal que es casi casi lo mismo.

Estudiando en España me lo encontré siempre: en las bibliotecas, en las conversaciones, en las notas a pie de página. Una vez me fui a recorrer Andalucía y ahí supe que él había escrito que Granada era el lugar “donde el enamorado escribe mejor que en ninguna otra parte el nombre de su amor en el suelo”. Pero, ¿quién era Federico? ¿Quién sigue siendo ese dramaturgo, ese poeta extraño, errante y aventurero? ¿Y por qué quiero tanto a alguien que nació el 5 de junio de 1898, 90 años antes que yo? Fue la culpa de mi madre.

Hijo de Federico y de Vicenta, García Lorca era un buen amigo, le gustaba la música, tocaba el piano, dibujaba, perteneció a la generación del 27, enviaba cartas a sus seres queridos y temía que lo etiquetaran: “Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos. Además, el gitanismo me da un tono de incultura, de falta de educación y de poeta salvaje que tú sabes bien no soy. No quiero que me encasillen. Siento que me va echando cadenas”.

“No hay nada más vivo que un recuerdo”, eso lo dijo él y eso lo digo hoy, acá, en esta columna que no pretende otra cosa que hacerle un homenaje a ese hombre que se matriculó en filosofía y letras y derecho en 1914, que tuvo vocación de alma libre, de escritor, que fue amigo de Luis Buñuel y de Rafael Alberti y de Salvador Dalí y que se ahogaba porque el ambiente provinciano “terrible y vacío llena mi corazón de telaraña”.

Y quizás por ese miedo a las cadenas es que partió a Nueva York a vivir “una de las experiencias más útiles de mi vida”. Y en esa ciudad, de alambre y de muerte como diría también, escribió y escribió. Posteriormente, años después, estaría seis meses en Buenos Aires, dirigiendo Bodas de sangre. Era 1933 y fueron más de 150 las representaciones. Le quedaban cinco años de vida, pero antes del después estuvo el tiempo y ese tiempo lo llevó a Montevideo y a La Habana y a tener de padres literarios a Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez y ser cercano, muy cercano, a Juana de Ibarbourou y Pablo Neruda.

García Lorca era muchas cosas: se reconocía católico, comunista, anarquista, libertario, tradicionalista y monárquico. Fue considerado un enemigo, pero él rechazó el exilio -pudo asilarse en Colombia, pudo asilarse en México, pero estaba su herida- y bajo tantos nombres porque se llamaba Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca, fue asesinado cuando tenía 38 años en los inicios de la Guerra Civil Española. ¿Fusilado? ¿A Federico García Lorca lo fusilaron? Sí, el 18 de agosto de 1936, por republicano, por homosexual, por socialista, por masón. Demasiados motivos tenía esa bestia terrible que ha sido siempre el fascismo. Antes de morir tuvieron que volver a él: “Todavía estoy vivo”. Su cuerpo jamás se recuperó y como miles está enterrado en una fosa común en las localidades granadinas de Viznar y Alfacar, declaradas Lugar de Memoria. Quizás desde ahí o desde acá, porque nunca nos dejó, suena su eco de poema:

“Porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”.

Y ese otro lado nos lleva a Yerma, a Doña Rosita la soltera, a Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y Romancero gitano y Poeta en Nueva York y Bodas de sangre y Sonetos del amor oscuro y esa casa, esa casa del deseo, esa casa de la libertad, esa casa asfixiante que fue Bernarda Alba y tanto más y tanto más. Y ese otro lado hizo suya la conciencia social y la poesía y el deseo y la muerte, esa muerte llena de vida, y el erotismo y la belleza y el agua y la sangre y los caballos y las hierbas y los toros -porque esa era otra de sus pasiones- y los metales y los cantos y el desgarro y la melancolía y la tragedia, la desesperanza, la tristeza, la desolación, los cuchillos, las rosas. Aquí se quedó su teatro poético, su pensamiento, sus ideas firmes:

“Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política”.

¿A Federico García Lorca lo fusilaron? Sí, el 18 de agosto de 1936, por republicano, por homosexual, por socialista, por masón. Demasiados motivos tenía esa bestia terrible que ha sido siempre el fascismo.

Hay que leer a Federico para no olvidarse de sus versos, pero para no olvidar tampoco que lo mataron. Hay que leerlo de la misma manera que escuchamos a Víctor Jara, de la misma manera que somos testigos de la elegía publicada por Luis Hurtado Álvarez el 11 de marzo de 1937 donde dice: “A la España imperial le han asesinado su mejor poeta”, de la misma manera en que sabemos que Jorge Washington Peña Hen, músico y compositor chileno, fundador de la primera orquesta sinfónica infantil de Latinoamérica, fue fusilado en 1973 por parte del ejército. Hay que leerlo, hay que sentirlo, hay que propagar su historia de la misma manera en que Antonio Machado lloró con “El crimen fue en Granada”:

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
…Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

Que no haya olvidos, que sobre la memoria. Que nadie nos venga a inventar nada y sí y claro: “la poesía no quiere adeptos, quiere amantes”. Eso se lo debemos también a García Lorca. Eso se lo debemos también a Federico. Te quedaste en muchos cielos, compañero. Te quedaste en muchos cielos. Tenemos marcado tu nombre.

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Mataron a Federico García Lorca

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17.06.2022

Viví muchos años en Madrid. Fue una ciudad que hice mía o que ella me hizo suya. Todavía no lo sé. Lo que sí puedo contarles es que hice mi máster y mi doctorado allí, mientras me enamoraba, me olvidaba, me liberaba de esas cargas morales, de esas mochilas que cualquier territorio te va dejando después de un largo tiempo. Fue un viaje para olvidar, para crecer, para aprender, pero sobre todo para descubrir esos átomos esparcidos que me pertenecían, esos átomos que se caían de ese árbol grande y robusto que es nuestra memoria. Uno fue el de Federico García Lorca.

Y qué rabia y qué pena, pero solo recuerdo una estatua, la de la Plaza Santa Ana, frente al Teatro Español, que en bronce presenta el cuerpo del poeta sosteniendo entre sus manos una alondra. Allí la inscripción dice: “Madrid a Federico García Lorca”. El monumento tiene casi 40 años y ha sufrido como sufrió Federico e incluso hay quienes, en 2009, osaron a arrancar el pájaro. “No hay nada más vivo que un recuerdo”, eso lo dijo él y eso lo digo hoy, acá, en esta columna que no pretende otra cosa que hacerle un homenaje a ese hombre que se matriculó en filosofía y letras y derecho en 1914, que tuvo vocación de alma libre, de escritor, que fue amigo de Luis Buñuel y de Rafael Alberti y de Salvador Dalí y que se ahogaba porque el ambiente provinciano “terrible y vacío llena mi corazón de telaraña”. Nació viejo García Lorca. Nació sabio. Nació moderno. Nació vivo. Nació eterno o inmortal que es casi casi lo mismo.

Estudiando en España me lo encontré siempre: en las bibliotecas, en las conversaciones, en las notas a pie de página. Una vez me fui a recorrer Andalucía y ahí supe que él había escrito que Granada era el lugar “donde el enamorado escribe mejor que en ninguna otra parte el nombre de su amor en el suelo”. Pero, ¿quién era Federico? ¿Quién sigue siendo ese dramaturgo, ese poeta extraño, errante........

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