Soy escritora, pero antes de eso fui también una gran lectora. Y eso no se ha apartado nunca de mí. Gozo con el placer de descubrir una nueva voz, de dejarme seducir por técnicas narrativas que me parecen sublimes, por estar abierta a decir, a reconocer, a afirmar: sí, acá, en este pedacito de trama hay algo que va más allá del tiempo. Por eso también soy profesora. Para ayudar a reflexionar, para no dejar que las voces se callen nunca. Intento leer lo viejo y lo nuevo, lo clásico y lo moderno. Creo que he tenido en mis manos los libros de la gran mayoría de las narradoras chilenas y me sigo sorprendiendo. Hace un tiempo hice una conferencia sobre aquellas escritoras que marcaron nuestras pausas y repasamos la vida y obra de mujeres como Úrsula Suárez -quien decidió ser monja para volcarse a la literatura confesional hace más de cuatro siglos- y Mercedes Marín y Carmen Arriagada y Rosario Orrego y Martina Barros y Teresa Flores y Matilde Ladrón de Guevara y María Carolina Geel y Marta Jara. Tantas erres juntas. Me gusta ese ruido de tren que se forma. En fin… podría seguir nombrando, nombrándolas, porque son muchas las escritoras que parecen hoy invisibles, olvidadas, escondidas y porque solo si nombro en voz alta las vuelvo a la vida.

Y sí, creo que los que amamos la historia, la memoria y la literatura tenemos la obligación de sacarlas de ese rincón oscuro que es el pasado. ¿Y el presente? ¿Dónde queda? ¿De qué manera nos toca? ¿Qué pasa con el hoy, con ese hoy que muestra a mujeres debatiéndose entre lápices, hojas y teclas de un computador? ¿Cómo leemos ese terreno fértil que se mezcla con el ayer? Si soy sincera pienso la literatura chilena actual como un lugar que tiene sombras muy grandes. A veces tan contaminada/tan contaminada por esa literatura del yo y de la primera persona que no te lleva a ninguna parte. Y soy crítica. Considero que muchas novelas se quedan en la superficie y que muchos narradores abusan de ciertas composiciones que parecen más infantiles que otra cosa. Sí, creo que a veces falta lectura, imaginación, vocabulario y entender algo que puede ser un poco terrible: no todo lo que escribimos es interesante para publicar. Y por eso reconozco que sí, que me llegan muchos libros a las manos y no me gusta todo lo que leo, pero no voy a usar este espacio para oscurecer las obras de otros sino precisamente para iluminar aquello que me parece atractivo, para contribuir en el camino del escritor, de la escritora, para hacerlo más fuerte.

Perder el tiempo escribiendo sobre aquello que no te gusta, me dijo hace casi 10 años un crítico literario del ABC Cultural, es mala leche. Nunca se me olvidó. Había ido a mi universidad, a la Complutense, donde yo hacía un Máster de Escritura Creativa para hablar precisamente sobre su trabajo. Y ojo. No digo que el crítico tenga que ser un amigo ni alguien que deje de decir aquello que crea, con argumentos y con buenas lecturas -que efectivamente lea con disciplina y rigor y justicia a un autor, a una autora-, pero sí alguien que contribuya de una u otra manera a la formación, a tu formación de narrador, que entienda que en esto hay un proyecto, un proyecto de largo plazo, un tiempo que no se termina con un solo libro, pero bueno, esa es otra vaina y yo quiero hablar de nuevos tejidos aunque parezca la misma historia discontinua.

Hoy quiero destacar a tres escritoras chilenas vivas que considero importantes de leer. La primera es María José Ferrada, una periodista y escritora, que ha sabido ponerle nombres a la literatura infantil. Que con 45 años y originaria de Temuco ha sido reconocida por esa trayectoria que es el juego con las palabras, la agudeza de los ritmos, la sabiduría cercana a ese corazón, a ese buen corazón que es la lectura y por eso recomiendo y recomiendo mucho leerla y quizás sea un buen comienzo buscar en la librería más cercana Kramp o Diario de Japón, su última publicación -editada por Seix Barral- que viene a coronar un recorrido que comenzó hace casi 20 años. Cito:

“Un hombre se despide de la vida y decide comenzar por su biblioteca. Agrupa los libros por territorio: alemanes, latinoamericanos, ingleses, rusos. Y libros japoneses.

Gozo con el placer de descubrir una nueva voz, de dejarme seducir por técnicas narrativas que me parecen sublimes, por estar abierta a decir, a reconocer, a afirmar: sí, acá, en este pedacito de trama hay algo que va más allá del tiempo. Por eso también soy profesora.

Me pregunto si el gesto de vaciarla tendrá algo que ver con la necesidad de liberarse de las palabras. Uno de los libros que esa tarde me llevaré —porque ese hombre es un amigo muy cercano de mis padres y me llama para saber si quiero quedarme con ‘algún país’— habla de eso: la verdad está en la exclusión de las palabras, se encuentra fuera de las palabras”.

Líneas que nos precipitan a un mundo donde hay precisión, donde hay inteligencia, donde hay humor, donde hay sensibilidad porque “el corazón de este reloj es un disco dentado, un pequeño platillo que sostiene el eje de la Tierra. Y esta es una historia que comenzará por su final: nada de lo que suceda en ella será reparado. Ni la tierra ni las manillas del reloj ni esta ciudad”. Líneas que cautivan porque “el corazón de un hombre es un nido. Ramas, venas, que forman un entramado. Una estructura con forma ahuecada capaz de sostener a un niño. Y esta historia. Esta historia comenzará por su final”.

Aplaudo en voz alta las formas, los códigos, el trabajo de tomarse muy en serio la escritura y consolidar una voz que seguirá hablándonos por muchos años más. Al mismo tiempo pienso en una autora como Valentina Vlanco -sí, sí, con V-, abogada y escritora que publicó en 2019 Pieza amoblada bajo el sello de Editorial Cuneta y nos cautivó con una escritura limpia, repetitiva, erótica, libre, obsesiva y desvergonzada. Hace falta escribir sin pudor y sin vergüenza para someter a las palabras a ese lugar que son también las buenas historias:

“A la gente no le gustan las casas esquina. Están demasiado expuestas, una invitación al robo. Y no se vende. Y por qué no se vende, preguntan, por qué no se vende pregunta la Leonor, por qué no se vende pregunta la Sarita diciendo que también pregunta Pedro desde la otra punta del mundo, por qué no se vende, casa esquina responde Teresa, muy vieja, como yo misma, piensa Teresa, muchos arreglos por hacer, habría que pintar la fachada, echarle una manito de gato, amononarla dice Teresa. Pero qué alivio, Dios mío, piensa Teresa. Qué alivio que no se venda, qué alivio poder dormir cada noche en su pieza y levantarse para regar el jardín como siempre, qué alivio las tórtolas en la piletita del patio, qué alivio su cara arrugada en su espejo de toda la vida, los labiales que nunca usa en una filita ordenada en el baño, su vida, qué alivio su vida cada mañana de nuevo”.

Leo a Vlanco y pienso: ¿cuándo publicará su segundo libro? ¿Cuándo volverá a transmitirnos con esa identidad exacta, con esa voz singular, con ese arrojo hecho belleza? Cito otra vez:

“Tampoco supo por qué lloraba. No lloraba por Simón. Si alguien le hubiese preguntado, habría dicho: por Simón, por lo que me hizo Simón. Lloro por Simón. Pero no era eso. Era una tristeza de antes, una tristeza de siempre, de antes de su propio llanto, una pena de tener que llorar despacito como río de verano y a lo más quebrar un plato”.

¿Y la poesía? Porque aquí, en ambas, hay poesía, hay un ojo que galopa entre las oraciones inocentes y malsanas. La poesía es ese aluvión que nos moja a todos. Y quizás no podría seguir escribiendo esta columna si no fuera con el nombre de Verónica Zondek en la frente. En “Ojo de agua” (Lumen), podemos ver 35 años de una obra que, honesta, humana, intensa e histórica, habita esas maternidades inexactas, el vuelo del exilio, la soledad de la muerte y el cuerpo y el parto y la geografía y los límites y la sexualidad y la desaparición. 200 páginas de un mundo completo, circular y peregrino. Cito:

Fragmentos de un ayer.
Fragmentos de un otro.
Fragmentos de un hoy.
No hay nada ya que devuelva el rostro.

No espejismos
no vidrios
no cristales
no vanidad.

Un solo en el viento.
Un polvo de tiempo.
Un ojo.

Ya la muerte estuvo
y bailó con sus pies huesudos.

La luz se derrama sobre una calla alongada.
Polvo de entrada y polvo de salida.

Restos.
Resistencia en los bordes.
Lucha estática.

El día.
La noche.

La ausencia de palabras.

¿Y la poesía? Porque aquí, en ambas, hay poesía, hay un ojo que galopa entre las oraciones inocentes y malsanas. La poesía es ese aluvión que nos moja a todos. Y quizás no podría seguir escribiendo esta columna si no fuera con el nombre de Verónica Zondek en la frente.

Zondek sabe de deseos y de caminos y de vestigios y polvos y arenas y náuseas y seres celestes y “un pajar anodino que ojea a los fantasmas” y tiene razón cuando dice que “la muerte es el olvido de los vivos” o que “el olvido es una liebre veloz y pesada de plomo abismal” y que “la alegría está lejos/y cerca/una tormenta de ojos/en fotos despintadas/y a la luz”. Con esto cierro. Con tantas palabras, con tantas formas, con tantos vuelos y una convicción: leamos autoras, leamos escritoras chilenas y descubramos, sin prejuicios, sin temblores, sin miedos, de qué manera las mujeres estamos registrando la historia de nuestras propias memorias personales y colectivas, de qué manera las mujeres estamos derribando las máscaras, confrontando la violencia y denunciando aquello que parecía estaba en silencio.

QOSHE - Las escritoras chilenas - Montserrat Martorell
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Las escritoras chilenas

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01.08.2022

Soy escritora, pero antes de eso fui también una gran lectora. Y eso no se ha apartado nunca de mí. Gozo con el placer de descubrir una nueva voz, de dejarme seducir por técnicas narrativas que me parecen sublimes, por estar abierta a decir, a reconocer, a afirmar: sí, acá, en este pedacito de trama hay algo que va más allá del tiempo. Por eso también soy profesora. Para ayudar a reflexionar, para no dejar que las voces se callen nunca. Intento leer lo viejo y lo nuevo, lo clásico y lo moderno. Creo que he tenido en mis manos los libros de la gran mayoría de las narradoras chilenas y me sigo sorprendiendo. Hace un tiempo hice una conferencia sobre aquellas escritoras que marcaron nuestras pausas y repasamos la vida y obra de mujeres como Úrsula Suárez -quien decidió ser monja para volcarse a la literatura confesional hace más de cuatro siglos- y Mercedes Marín y Carmen Arriagada y Rosario Orrego y Martina Barros y Teresa Flores y Matilde Ladrón de Guevara y María Carolina Geel y Marta Jara. Tantas erres juntas. Me gusta ese ruido de tren que se forma. En fin… podría seguir nombrando, nombrándolas, porque son muchas las escritoras que parecen hoy invisibles, olvidadas, escondidas y porque solo si nombro en voz alta las vuelvo a la vida.

Y sí, creo que los que amamos la historia, la memoria y la literatura tenemos la obligación de sacarlas de ese rincón oscuro que es el pasado. ¿Y el presente? ¿Dónde queda? ¿De qué manera nos toca? ¿Qué pasa con el hoy, con ese hoy que muestra a mujeres debatiéndose entre lápices, hojas y teclas de un computador? ¿Cómo leemos ese terreno fértil que se mezcla con el ayer? Si soy sincera pienso la literatura chilena actual como un lugar que tiene sombras muy grandes. A veces tan contaminada/tan contaminada por esa literatura del yo y de la primera persona que no te lleva a ninguna parte. Y soy crítica. Considero que muchas novelas se quedan en la superficie y que muchos narradores abusan de ciertas composiciones que parecen más infantiles que otra cosa. Sí, creo que a veces falta lectura, imaginación, vocabulario y entender algo que puede ser un poco terrible: no todo lo que escribimos es interesante para publicar. Y por eso reconozco que sí, que me llegan muchos libros a las manos y no me gusta todo lo que leo, pero no voy a usar este espacio para oscurecer las obras de otros sino precisamente para........

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