Marginada, rechazada, aislada, vulnerable, desorientada, triste, expulsada, rota, castigada, humillada, desechada, presa de un destino que no entiendes, pero que el mundo se esmera en señalar. ¡Tantas palabras! ¡Tantas emociones! ¿Te has sentido así? ¿Perdida? ¿Inerte? ¿Infértil? ¿Miserable? ¿Te ha tocado mirarte en el espejo y ser testigo de cómo bajas los ojos para que ojalá-ojalá-ojalá el mundo, ese que conoces y que te asfixia, por fin desaparezca? Probablemente sí. Esas épocas no le faltan a nadie.

Me gusta leer relatos. Desde que era muy chica mis papás me leían en voz alta. Tenía seis meses cuando empezaron con eso que se convirtió en una adicción y que me llevó a ser escritora. Supongo que esa pasión no ha cambiado porque, como escribió Carlos Fuentes, “el cuento admite lo que la convención rechaza. Es un vuelco al corazón. Es una epifanía instantánea. Y le da a la vida de cada lector lo que a cada lector le falta en la vida”. Quizás por eso quise escribir hoy sobre Margaret Eleanor Atwood. Poeta, novelista, profesora, crítica y feminista. También profeta por su capacidad de adelantarse a los hechos a través de sus tramas. Ya lo decía Vicente Huidobro: “el poeta es un pequeño dios”. Con la Atwood esta máxima se cumple.

Hija de un biólogo y de una nutricionista, permanente candidata al Premio Nobel de Literatura y autora de más de sesenta libros traducidos a 30 idiomas, nació en Canadá el 19 de noviembre de 1939, estudió filología inglesa, francés y filosofía y ha trabajado la palabra desde adentro -recorriendo todos y cada uno de los géneros-. De hecho, a mí que no me gusta la ciencia ficción, la leo cuando ella la escribe porque sabe, al igual que Ursula K. Le Guin, no despojarse nunca de la poesía.

¿Qué otras virtudes tiene la autora de “El cuento de la criada” y “La mujer comestible”? Su feminismo, su humanidad, su ecologismo, su lucidez, su capacidad de análisis y de crítica que se manifiesta cuando está detrás de un ensayo, de una obra de teatro, de un poema, de un guion. También como protagonista de su tiempo. Cómo olvidar su arrojo frente al debate respecto al aborto en Argentina en 2018 cuando señaló: “No aparte la mirada de las miles de muertes que hay cada año por abortos ilegales. Deles a las mujeres argentinas el derecho a elegir. Fuerce partos si usted quiere, Argentina, pero por lo menos llame a lo forzado por lo que es. Es esclavitud: es reivindicar poseer y controlar el cuerpo de otra persona, y sacar provecho de eso”.

¿Qué otras virtudes tiene la autora de “El cuento de la criada” y “La mujer comestible”? Su feminismo, su humanidad, su ecologismo, su lucidez, su capacidad de análisis y de crítica que se manifiesta cuando está detrás de un ensayo, de una obra de teatro, de un poema, de un guion”.

Dicen que cuando escribe lo hace a mano, que nunca está sin trabajar en un nuevo manuscrito y que es intimidante. Quizás como este “Lusus naturae” de “Nueve cuentos malvados” (Salamandra):

“¿Qué podían hacer conmigo? ¿Qué debían hacer conmigo? Ambas preguntas eran una y la misma. Las posibilidades, limitadas. La familia las debatía todas, sombría y exhaustivamente, sentados a la mesa de la cocina por las noches, con los postigos cerrados, mientras comían sus salchichas secas y correosas y su sopa de patata. En mis fases de lucidez, me sentaba con ellos y participaba como podía en la conversación mientras rebuscaba los pedazos de patata en mi cuenco. Si no, me recluía en el rincón más oscuro, maullaba para mis adentros y escuchaba aquel abejorreo en mi cabeza que nadie más oía”.

“Lusus naturae” es una historia que muestra el abandono de una familia hacia una de sus integrantes. “Lusus naturae” es una historia de extrañezas: la protagonista padece una condición que no se logra establecer del todo. Sabemos que contrajo la “enfermedad” después del sarampión (a los siete años), que su madre se sentía culpable porque “le entristecía haber traído al mundo a una cosa como yo: era como un reproche, como un castigo”, que la abuela, en su desesperación, intentó expulsar el demonio que le había entrado volando por la boca sumergiéndole la cabeza en el agua sucia, que el doctor sugirió la sangre como fuente de alimento y que la hermana no lo pensó mucho: “maldición o enfermedad, da lo mismo. Sea lo que sea, como se descubra, nadie querrá casarse conmigo”.

“Lusus naturae” es una historia de escapes, de símbolos, de impulsos, de amores, de cuerpos que no son correspondidos, de ojos amarillos, de dientes rosados, de uñas rojas, muy rojas. “Lusus naturae” es una historia de decisiones, certezas y soledades que se pueblan entre Lord Byron y John Keats y esa muchacha que no tiene nombre:

“Soy una persona de temperamento indulgente, sé que en el fondo lo hacen con la mejor intención. Me he puesto el vestido blanco del entierro, con mi velo blanco, como corresponde a una virgen. Hay que estar a la altura de la ocasión. Oigo el abejorreo en mi cabeza cada vez más fuerte: ha llegado la hora de levantar el vuelo. Caeré del tejado en llamas como un cometa, arderé como una hoguera. Tendrán que pronunciar muchos conjuros sobre mis cenizas para cerciorarse de que esta vez estoy muerta de verdad. Andando el tiempo me convertiré en una santa invertida; los huesos de mis dedos se venderán como talismanes siniestros. Seré una leyenda, para entonces”.

Lusus naturae” es una historia de escapes, de símbolos, de impulsos, de amores, de cuerpos que no son correspondidos, de ojos amarillos, de dientes rosados, de uñas rojas, muy rojas. “Lusus naturae” es una historia de decisiones, certezas y soledades que se pueblan entre Lord Byron y John Keats y esa muchacha que no tiene nombre”.

¡Qué intensidad! ¡Qué maestría la de esa primera persona que en determinados párrafos se convierte, a lo largo del relato, en diálogos ajenos! No es fácil escribir un buen cuento. No es fácil construir un personaje tan robusto, tan íntimo, tan sensible. No es fácil sugerir ni pintar muertes que no existen. No es fácil dejar a un fantasma vivo. No es fácil elaborar lealtades ficticias y fuegos que nos queman los brazos y destierros que se cumplen, pero que se cumplen a medias, porque la libertad te rompe la piel. “Lusus naturae” es la historia de nosotras las mujeres, esas que conocimos en susurros, pero que terminaron siendo un desgarro, una herida que se retuerce como solo se retuerce aquello que grita que hay que dar y dar y dar y quebrarse porque la postergación nos asegura la inmortalidad genealógica. O quizás no. Quizás no queremos ser nunca más santas invertidas. ¿Cómo escribo un buen cuento? Leyendo a Margaret Atwood. Ese siempre es un buen principio.

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QOSHE - La soledad de Margaret Atwood - Montserrat Martorell
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La soledad de Margaret Atwood

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29.08.2022

Marginada, rechazada, aislada, vulnerable, desorientada, triste, expulsada, rota, castigada, humillada, desechada, presa de un destino que no entiendes, pero que el mundo se esmera en señalar. ¡Tantas palabras! ¡Tantas emociones! ¿Te has sentido así? ¿Perdida? ¿Inerte? ¿Infértil? ¿Miserable? ¿Te ha tocado mirarte en el espejo y ser testigo de cómo bajas los ojos para que ojalá-ojalá-ojalá el mundo, ese que conoces y que te asfixia, por fin desaparezca? Probablemente sí. Esas épocas no le faltan a nadie.

Me gusta leer relatos. Desde que era muy chica mis papás me leían en voz alta. Tenía seis meses cuando empezaron con eso que se convirtió en una adicción y que me llevó a ser escritora. Supongo que esa pasión no ha cambiado porque, como escribió Carlos Fuentes, “el cuento admite lo que la convención rechaza. Es un vuelco al corazón. Es una epifanía instantánea. Y le da a la vida de cada lector lo que a cada lector le falta en la vida”. Quizás por eso quise escribir hoy sobre Margaret Eleanor Atwood. Poeta, novelista, profesora, crítica y feminista. También profeta por su capacidad de adelantarse a los hechos a través de sus tramas. Ya lo decía Vicente Huidobro: “el poeta es un pequeño dios”. Con la Atwood esta máxima se cumple.

Hija de un biólogo y de una nutricionista, permanente candidata al Premio Nobel de Literatura y autora de más de sesenta libros traducidos a 30 idiomas, nació en Canadá el 19 de noviembre de 1939, estudió filología inglesa, francés y filosofía y ha trabajado la palabra desde adentro -recorriendo todos y cada uno de los géneros-. De hecho, a mí que no me gusta la ciencia ficción, la leo cuando ella la escribe porque sabe, al........

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