Quería escribir sobre un libro y no sabía cuál. Miré mi biblioteca durante algunos minutos y repasé meticulosamente la lista que me envió una alumna del taller literario que registraba a aquellas escritoras que hemos ido leyendo durante casi tres años semana a semana. ¿A quién tenía que nombrar en esta columna? ¿Sobre quién podía hablar? ¿Dónde estaban las tramas, esas que me interesaban, que me interpelaban y que me recordaban por qué había estudiado literatura? El nombre llegó rápido y me di cuenta de que no, que no había profundizado hasta ahora en una mujer que sin ripios teje las palabras, teje el erotismo, teje la vida con los hilos inmortales que engendra tan bien la poesía: Anne Carson.

La primera vez que leí La belleza del marido me dejé llevar por esa experimentación, por esos deseos ardientes, por la culpa y la venganza y el miedo. Sí, el miedo de ser mujer (“como tantas esposas propulsé el marido hasta la divinidad y ahí lo sostuve”). Y cerré las 215 páginas preguntándome, muy adentro mío: ¿qué fue lo que acabo de leer? Me parecía un caos hermoso, una ceniza esparcida, un ensayo, un poema enorme que clamaba que una herida despide su propia luz. Hundir la cabeza bajo estos 29 tangos -porque son 29 tangos- era reencontrarme con el desamor, con la bala perdida que me dejó un mismo rostro, con la certeza de que las historias que vivimos, que nos contamos a nosotros mismos, son más o menos iguales. Cito:

“Leal a nada mi marido. ¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia [hasta entrada la madurez y la sentencia de divorcio llegó por correo?”.

Tres líneas y un dolor y una angustia y un manotazo en la cara. ¿Cómo podía alguien interpelarte de esa manera a través de un inicio tan directo? ¿Cómo era posible que, al igual que lo que me sucedía con La mujer rota de Simone de Beauvoir, alguien me zamarreara frente a ese espejo que no tiene tiempo?

El nombre llegó rápido y me di cuenta de que no, que no había profundizado hasta ahora en una mujer que sin ripios teje las palabras, teje el erotismo, teje la vida con los hilos inmortales que engendra tan bien la poesía: Anne Carson.

Esa respuesta solamente la da la buena literatura. Escribir un libro, un buen libro, no tiene que ver con otra cosa que ser capaz de sacudir a tu lector, hacer que el otro sienta, que diga, que reconozca: yo también estuve ahí, yo también viví esto, yo también puedo sentir lo que el otro me está contando (“después de todo el corazón no es una piedra pequeña que pueda rodar de esta manera y aquella”).

La belleza del marido sobresale por su vanguardismo, por su estética y por su honestidad. La edición de Lumen (2019), presentada de manera bilingüe y traducida sublimemente por Andreu Jaume, transmite el dolor y la rabia en la historia de una mujer, de un hombre, de un matrimonio que se cae a pedazos:

Mentía cuando no hacía ninguna falta.
Mentía cuando ni siquiera le convenía.

Mentía cuando sabía que sabían que mentía.
Mentía cuando con ello les rompía el corazón.
Mi corazón. El corazón de otra. A menudo me pregunto cómo acabó ella.
La primera.

Hay algo afilado y ardiente en la primera infidelidad de un matrimonio.

Una escritura de la intimidad, una obra ecléctica que se convierte en un regalo para los lectores más exigentes porque como señaló Susan Sontag: “leería cualquier cosa que Anne Carson escribiera” y yo leería cualquier cosa si eso que me está diciendo esa alma helénica tiene que ver con los fracasos del amor romántico, con los fracasos del amor loco, con los fracasos del amor perverso, con los fracasos del amor propio porque sí, porque uno ama la belleza y Carson nos lo advierte:

La belleza. No tiene mucho secreto. No me da vergüenza decir que le [amé por su belleza.

Como volvería a hacerlo

si se acercara. La belleza convence. Ya sabes que la belleza hace posible [el sexo.

La belleza hace al sexo sexo.

Y hay más. Carson nombra la vergüenza. Carson nombre el poder. Carson nombra los hematomas. Carson nombra el odio y los límites y los robos, verdaderos y simbólicos que se hacen las parejas que se destruyen. Carson, tan libre/tan libre, juega con John Keats -la belleza es verdad y la verdad belleza- y con Ray -amigo de su marido- y con una mujer que podría ser ella o nosotras o ninguna, una mujer a la que su pareja le roba las libretas, una mujer que queda envuelta, envuelta en ese paraíso que eran los juegos de guerra de un indolente.

Carson nos alcanza a todos porque “la vida implica riesgos. El amor es uno de ellos. Terribles riesgos”). Y ojo. Acá no hay nombres, acá no hay cuerpos que se identifiquen -o sí/o sí-. Y sobra. Sobra la falsa ingenuidad, sobra la soberbia, sobra la ausencia y la presencia y los celos -porque los celos pueden devorar un corazón entero-. Sobra la filosofía. Sobra el deseo. Mucho deseo: “el deseo duplicado es amor y el amor duplicado es locura” y la ironía y el drama –“se maravillaba de la habilidad de su marido para poner el mundo entre paréntesis- y los laberintos, laberintos ancestrales que nos llevan a Homero y su “mirando a menudo hacia atrás” como una forma de referirse a la despedida entre Andrómaca y Héctor.

Escribir un libro, un buen libro, no tiene que ver con otra cosa que ser capaz de sacudir a tu lector, hacer que el otro sienta, que diga, que reconozca.

¿Pero quién es esta mujer de la que sabemos que ha dicho que el amor de su vida fue su madre? ¿De aquella que confiesa que si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir porque es algo que busca a tiendas en la oscuridad? De aquella, de aquella nacida en Canadá, en 1950. De aquella de 72 años. De aquella. De aquella profesora de griego antiguo y ensayista y crítica literaria y traductora que en 2020, sí, en 2020 recibió el Premio Princesa de Asturias. Que vive en Nueva York, que se doctoró hace más de cuatro décadas con una tesis sobre Safo, la décima musa según Platón, que esa misma tesis contribuyó a la elaboración de Eros, su primer libro y que este, La belleza del marido, la llevó a recibir el Premio T.S. Elliot de poesía. Fue la primera mujer en ser reconocida con este galardón. Fue la primera mujer en plantear nuevas verdades:

No no va a amainar o a tener sentido a surgir a lo abierto en

[algún lugar esta mezcla de desorden y dolor es

[nuestra vida.

Sí. Lo que tú llamas libertad.

Lo que nosotros llamamos amor.

Descubrí a la Carson por otras mujeres que me hablaron de ella. Descubrí a la Carson con Autobiografía de rojo, con Decreación, con Nox, con Hombres en sus horas libres y con Norma Jeane Baker de Troya. ¿Y saben? Espero que algún día, no tan lejano, le den el Premio Nobel de Literatura porque, como ha dicho, “si la prosa es una casa, la poesía es un hombre corriendo en llamas a través de ella”. Que nadie nos quite ese incendio. Que nadie nos quite las tardes de junio.

QOSHE - La belleza de Anne Carson - Montserrat Martorell
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La belleza de Anne Carson

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12.08.2022

Quería escribir sobre un libro y no sabía cuál. Miré mi biblioteca durante algunos minutos y repasé meticulosamente la lista que me envió una alumna del taller literario que registraba a aquellas escritoras que hemos ido leyendo durante casi tres años semana a semana. ¿A quién tenía que nombrar en esta columna? ¿Sobre quién podía hablar? ¿Dónde estaban las tramas, esas que me interesaban, que me interpelaban y que me recordaban por qué había estudiado literatura? El nombre llegó rápido y me di cuenta de que no, que no había profundizado hasta ahora en una mujer que sin ripios teje las palabras, teje el erotismo, teje la vida con los hilos inmortales que engendra tan bien la poesía: Anne Carson.

La primera vez que leí La belleza del marido me dejé llevar por esa experimentación, por esos deseos ardientes, por la culpa y la venganza y el miedo. Sí, el miedo de ser mujer (“como tantas esposas propulsé el marido hasta la divinidad y ahí lo sostuve”). Y cerré las 215 páginas preguntándome, muy adentro mío: ¿qué fue lo que acabo de leer? Me parecía un caos hermoso, una ceniza esparcida, un ensayo, un poema enorme que clamaba que una herida despide su propia luz. Hundir la cabeza bajo estos 29 tangos -porque son 29 tangos- era reencontrarme con el desamor, con la bala perdida que me dejó un mismo rostro, con la certeza de que las historias que vivimos, que nos contamos a nosotros mismos, son más o menos iguales. Cito:

“Leal a nada mi marido. ¿Entonces por qué le amé desde la temprana adolescencia [hasta entrada la madurez y la sentencia de divorcio llegó por correo?”.

Tres líneas y un dolor y una angustia y un manotazo en la cara. ¿Cómo podía alguien interpelarte de esa manera a través de un inicio tan directo? ¿Cómo era posible que, al igual que........

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