Si algún artículo de la propuesta constitucional se ha compartido de modo amplio en círculos de profesores, se trata del 43, por el que se “reconoce el rol fundamental de las profesoras y los profesores” y del resto de los involucrados en la tarea educacional. Tal hecho es bastante singular. De todos los artículos relativos a la educación, este debe ser el más carente de consecuencias prácticas. Es bien revelador que, a pesar de ese carácter puramente declarativo, sea celebrado y compartido: algo dice sobre el grado de abandono en que se encuentra la educación.

Las causas y naturaleza de ese abandono son múltiples, pero su profundidad es patente: cerca de la mitad del país se encuentra sumida en el analfabetismo funcional, algunas de las que han sido nuestras mejores instituciones han sido arrasadas por la violencia estudiantil, una preocupante carencia de profesores se asoma en el horizonte, y el 39% de la matrícula presenta hoy un ausentismo grave. Eso no es todo, pero basta para sumirnos en la impresión de un deterioro incontenible, en la sensación de que nuestra educación ha llegado a su fin.

Pero “fin”, como es bien sabido, puede significar tanto “término” como “meta”. Y si queremos sacarla de su estado terminal, tendremos que volver a hacernos preguntas elementales respecto de esa meta, respecto del fin de la tarea educativa. Como en otras materias, la propuesta constitucional tiene una peculiar aproximación a esta pregunta: un abrumador listado de fines y principios. Casi todas las metas de la vida social se encuentran de algún modo presentes en ese listado: la educación tendría por objetivo la no discriminación, la inclusión, la solidaridad, la justicia social, los derechos humanos y de la naturaleza, la prevención de la violencia, el pluralismo, entre varias cosas más. Al final de esta enumeración de fines, vale la pena notar, hacen tímida aparición dos objetivos más propiamente educativos: la adquisición de conocimientos y el pensamiento crítico.

Fin”, como es bien sabido, puede significar tanto “término” como “meta”. Y si queremos sacarla de su estado terminal, tendremos que volver a hacernos preguntas elementales respecto de esa meta, respecto del fin de la tarea educativa. Como en otras materias, la propuesta constitucional tiene una peculiar aproximación a esta pregunta: un abrumador listado de fines y principios».

Hay quienes consideran inobjetable este modo de entender la educación, por cierto. Nadie, nos dirán, puede estar en contra de que la conciencia ecológica sea uno de los fines de ésta. Sólo un desalmado o un fundamentalista podría estar en contra de este tipo de fines. Está claro, asimismo, que algunos de estos objetivos –como la reducción de la violencia– se relacionan de modo estrecho con la crisis de nuestra educación. ¿Quién podría negarlo? En último término, efectivamente, todo está relacionado. De ahí no se sigue, sin embargo, que sea inocua la maximalista enumeración de fines. Muchas de las cosas que la educación trae por añadidura se alcanzan no por buscarlas de modo directo, sino cuando logramos poner la mirada en fines propiamente educativos. O dicho de otro modo, tiene sus ventajas el recordar que la educación tiene bastante que ver con eso de ir a clases y aprender.

Además, hay cosas de tenor muy distinto en esta enumeración de objetivos. De algunos de los fines en cuestión –como la prevención de la violencia– tenemos una comprensión medianamente compartida; otras nociones –como la idea de “derechos de la naturaleza”– son intrínsecamente controvertidas. Puede haber modos mucho más adecuados de canalizar la protección del medioambiente que bajo esa fórmula, pero aquí se consagra como fin de la educación una aproximación muy singular a la conciencia ecológica. Si se quiere un sistema educacional diverso, no tiene sentido fijar como fin una concepción controversial como esta. Pero la verdad es que tampoco tiene sentido si se quiere un sistema caracterizado por un currículum compartido más que por la diversidad: también entonces hay que apostar por conceptos que una mayoría pueda efectivamente abrazar.

Cabe asimismo preguntarse por la manera en que el abultado listado de fines repercutirá sobre la búsqueda de calidad. La propuesta de la Convención afirma, después de todo, que la calidad consiste en el cumplimiento de estos fines y principios. Como salta a la vista, esta concepción de la calidad torna difícil su medición: una cosa es identificar la capacidad lectora de la población, otra cosa es identificar cuán justa o solidaria se ha vuelto. Aquí hay un equilibrio difícil de alcanzar: no todo en la educación puede ser medido, ciertamente, pero tenemos problemas graves en dimensiones que sí pueden ser medidas. Si ya llevamos un tiempo escondiendo la cabeza bajo la arena, no parece que aquí haya mucho estímulo para cambiar.

Aquí hay un equilibrio difícil de alcanzar: no todo en la educación puede ser medido, ciertamente, pero tenemos problemas graves en dimensiones que sí pueden ser medidas. Si ya llevamos un tiempo escondiendo la cabeza bajo la arena, no parece que aquí haya mucho estímulo para cambiar».

No estamos, claro está, ante el mayor de los desvaríos de la Convención, y no es extraño que entre tantos otros problemas apenas se le haya prestado alguna atención. Pero, a su modo, este tratamiento de los fines y principios de la educación es revelador: aquí no solo salta a la vista cómo se piensa sobre la educación, sino también la tendencia a imaginar cada instancia de la vida social como responsable por absolutamente todo (un hecho bien ilustrado por el derecho a huelga, que en la propuesta está abierto a los fines que el sindicato estime convenientes). Pero esta es una mentalidad que choca, nada menos, con la experiencia cotidiana de los profesores. Porque por grande que sea su responsabilidad, ella es limitada, y limitada precisamente a aquellas cosas para las que la sociedad les ha dado herramientas. No es fácil imaginar cómo saldremos de la grave situación educacional que enfrentamos, pero al menos parte de la respuesta se encuentra en una concepción bien delimitada de la tarea.

QOSHE - El fin de la educación - Manfred Svensson
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El fin de la educación

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02.08.2022

Si algún artículo de la propuesta constitucional se ha compartido de modo amplio en círculos de profesores, se trata del 43, por el que se “reconoce el rol fundamental de las profesoras y los profesores” y del resto de los involucrados en la tarea educacional. Tal hecho es bastante singular. De todos los artículos relativos a la educación, este debe ser el más carente de consecuencias prácticas. Es bien revelador que, a pesar de ese carácter puramente declarativo, sea celebrado y compartido: algo dice sobre el grado de abandono en que se encuentra la educación.

Las causas y naturaleza de ese abandono son múltiples, pero su profundidad es patente: cerca de la mitad del país se encuentra sumida en el analfabetismo funcional, algunas de las que han sido nuestras mejores instituciones han sido arrasadas por la violencia estudiantil, una preocupante carencia de profesores se asoma en el horizonte, y el 39% de la matrícula presenta hoy un ausentismo grave. Eso no es todo, pero basta para sumirnos en la impresión de un deterioro incontenible, en la sensación de que nuestra educación ha llegado a su fin.

Pero “fin”, como es bien sabido, puede significar tanto “término” como “meta”. Y si queremos sacarla de su estado terminal, tendremos que volver a hacernos preguntas elementales respecto de esa meta, respecto del fin de la tarea educativa. Como en otras materias, la propuesta constitucional tiene una peculiar aproximación a esta pregunta: un abrumador listado de fines y principios. Casi todas las metas de la........

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