La poderosa aeronave Airbus Air France 767 rugía como un animal herido intentando atravesar el “charco latinoamericano” desde París a Santiago de Chile. El bruñido de los motores presagiaba quizás la presencia de aves voladoras que se habían introducido allí. No muy buenas noticias para nosotros los pasajeros. Hubo un momento un tanto inquietante con sonido del acero, dando la impresión de que algo se rompía en dos y luego se registró un descenso en picada inhabitual de largos minutos.

Los pasajeros recurrieron a los despavoridos gritos de cuando un avión pierde altitud de tan impetuosa manera. Escuché muchas imprecaciones religiosas de pedido de ayuda al set de dioses que nos acompaña en Occidente y Oriente desde hace milenios. Una joven guapa inglesa me tomó la mano en pánico, y a mí no me quedó otra cosa que consolarla con frases banales como “un accidente de avión se da uno en un millón”. Los distinguidos pasajeros éramos escritores y cineastas volviendo de un seminario cualquiera parisino. Mientras se oían aullidos y gruñidos, a mi lado mi bella novia francesa Constance sonreía compasiva. Le respondí con una risa liberadora, aunque socarrona y agobiada. Seguramente los clonazepam habían surtido un benévolo efecto.

Puse a todo volumen en mi reproductor de CD Sony los Arcade Fire, la banda canadiense revelación del inicio del siglo XXI con su tema bíblico y mosaico “The Lightning I”, con el líder norteamericano de la banda Win Butler con sus escaramuzas vocales salidas del Pentateuco. La majestuosidad de estos chicos de Montreal aplacaron esta cómica sensación de vacío, más los besos de mi novia francesa que comenzaba a despedirse de mí. Yo no me hice de rogar frente a Dios; éste no sería el ultimo día de mi vida. Tenía la misma fe en un buen desenlace como la inútil y llena de gracia obstinación de que iba a ganar el Apruebo en el plebiscito. Es un sentimiento sin lógica, pero muy palpable. Volví a subir el volumen de la hiperbanda canadiense que habíamos descubierto con mi novia francesa en una mística y apabullante presentación en el bello teatro Rex de Paris.

La majestuosidad de estos chicos de Montreal aplacaron esta cómica sensación de vacío, más los besos de mi novia francesa que comenzaba a despedirse de mí. Yo no me hice de rogar frente a Dios; éste no sería el ultimo día de mi vida”.

Lo primero que me sacudió de esta banda era la mega energía musical puesta al servicio de melodías penetradas de la influencias del insurgente rock primal. Así reinventaban el pop alternativo con disolvencias musicales, desde la voz a seco inspirada de Win Butler hasta los arrestos inicios de un cierto deshielo de rock progresivo de la linda Regina Chassagne -ambos marido y esposa- y a la cabeza de la muy reputada banda Arcade Fire.

Eran muy buenos en vivo, recuperaban casi de inmediato la magia de una cierta banda que todos amamos: The Beatles. Puede parecer temerario decirlo, pero me encantaba arriesgar mi comentario.

Es que se parecían a los dioses de The Beatles. Por cierto en lo ecléctico de sus propuestas; pasaban de una balada de raigambre vernacular por todo lo alto, a una música empecinada y obstinada de giros románticos y vanguardistas que a su vez recordaban a la banda británica del virtuoso rock progresivo Yes.

Eran muy buenos en vivo, recuperaban casi de inmediato la magia de una cierta banda que todos amamos: The Beatles. Puede parecer temerario decirlo, pero me encantaba arriesgar mi comentario”.

La multitud de músicos en escena de Arcade Fire era una especie de novedad ya vista; quizás estaban quince músicos multi-instrumentistas, eso hacía mucho ruido, pero era un noise de alto vuelo, de envolvente sensurround de cristal húmedo venido de los ríos, del mar, de los bosques, de los cielos, de las galaxias. Se podía llorar escuchándolos en su intensidad verdadera. Sus impulsos iban mas allá de la constitución de una mera banda: ellos estaban innovando como una acción de arte musical en escena con su impoluto mainstream de una gran paleta de mixture de ignotos sonidos de ultramar y también de acerado fixture vocal a pleno sol del inmaculado otoño musical del pop y rock. Reunidos en un tono a veces en plano urgencia asombrosamente poético y de hermosa desolación venida de las estepas nevadas latinoamericanas.

Sus reflejos de un amor inexpugnable se aprecia en su quizá mejor canción, “Rebellions”: ráfagas de un surtidor aerodinámico de belleza, tiene la intemperancia de aquellas canciones que ya han empezado antes de iniciarse el recital, en la voz de recorrido nostálgico de Win Bluter junto a su esposa canadiense y haitiana Regina. Ella está para misiones de envergadura cuando se hace del teclado y también cuando impulsada por un aliento de su vibrante terruño canta como una diosa herida su impoluto tema ”Haiti”, homenaje a su patria donde caben los cuchillos contra el miserable dictador de Haiti Duvalier, y la intensidad francófona de nostalgia venida de soles antiguos.

Regina está para misiones de envergadura cuando se hace del teclado y también cuando impulsada por un aliento de su vibrante terruño canta como una diosa herida su impoluto tema ”Haiti”, homenaje a su patria”.

Luego está esa obra maestra de la música del suburbio metafísico, “The Suburbs”, donde se avizoran las melodías eternas del gran Paul McCartney y el recorrido nostálgico de su barrio. Después surge la otra obra maestra de Arcade Fire, “The Lightning I”, con la voz del estremecimiento lleno de poesía lírica de Win Butler socavando del fondo de la tierra sus múltiples influencias. Podemos decir que estos jóvenes han pisado el mismo césped de los Beatles, han tratado la música del amor, del desengaño, de la política, de la protesta. Todo lo hacen bien.

Y claro, fue después de conocer a estos chicos, y de tener en mi oídos su música celestial, que el avión seguía perdiendo altura. Los gritos invocando a los múltiples dioses de los pasajeros cómicamente parecían el resultado de una sesión de los remanentes de las grabaciones de los Beatles.

Luego provino una brusca estabilización. Los estómagos quedaron sin respiración. Un milagro. El vanidoso capitán francés de la aeronave lanzó su repetido discurso luego de una emergencia: “Monssieurs et Medames, nous avons traverse une zone de turbulences, mais maintentant nous sommes au controle total de l avion. Merci de preferer Air France”(Señoras y señoras: Hemos atravesado una zona de turbulencias. Pero ahora estamos al control total de la aeronave. Gracias por preferir Air France).

Estos pilotos franceses podían transformar una emergencia en un simple acto de pirueta a la francesa tout a fait controlada por ellos desde el inicio. Sin duda, era una pequeña y cómica exageración comparar Arcade Fire con The Beatles, pero no olvidaré jamás que la mágica y por siempre impetuosa música de los Arcade Fire me mantuvo en estado de gracia durante ese descenso en picada de Air France.

QOSHE - Arcade Fire, ¿los nuevos Beatles? - Benjamín Galemiri
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Arcade Fire, ¿los nuevos Beatles?

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25.08.2022

La poderosa aeronave Airbus Air France 767 rugía como un animal herido intentando atravesar el “charco latinoamericano” desde París a Santiago de Chile. El bruñido de los motores presagiaba quizás la presencia de aves voladoras que se habían introducido allí. No muy buenas noticias para nosotros los pasajeros. Hubo un momento un tanto inquietante con sonido del acero, dando la impresión de que algo se rompía en dos y luego se registró un descenso en picada inhabitual de largos minutos.

Los pasajeros recurrieron a los despavoridos gritos de cuando un avión pierde altitud de tan impetuosa manera. Escuché muchas imprecaciones religiosas de pedido de ayuda al set de dioses que nos acompaña en Occidente y Oriente desde hace milenios. Una joven guapa inglesa me tomó la mano en pánico, y a mí no me quedó otra cosa que consolarla con frases banales como “un accidente de avión se da uno en un millón”. Los distinguidos pasajeros éramos escritores y cineastas volviendo de un seminario cualquiera parisino. Mientras se oían aullidos y gruñidos, a mi lado mi bella novia francesa Constance sonreía compasiva. Le respondí con una risa liberadora, aunque socarrona y agobiada. Seguramente los clonazepam habían surtido un benévolo efecto.

Puse a todo volumen en mi reproductor de CD Sony los Arcade Fire, la banda canadiense revelación del inicio del siglo XXI con su tema bíblico y mosaico “The Lightning I”, con el líder norteamericano de la banda Win Butler con sus escaramuzas vocales salidas del Pentateuco. La majestuosidad de estos chicos de Montreal aplacaron esta cómica sensación de vacío, más los besos de mi novia francesa que comenzaba a despedirse de mí. Yo no me hice de rogar frente a Dios; éste no sería el........

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