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Nolfa Ibáñez, Premio Nacional de Educación: “Que los niños aprendan a distinguir el verde del rojo no tiene ninguna importancia en comparación con que acepten estar con el otro”

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01.09.2021

Nolfa Ibáñez siempre tuvo un cariño especial por los niños. La sorprendían constantemente y tenía mucha curiosidad por el comportamiento de la infancia.

Motivada por ese interés, en 1974 se trasladó con los dos hijos que ya tenía al hogar de su madre e inició un pequeño emprendimiento: formó un pequeño jardín infantil privado en la que había sido su casa, contrató a personal especializado en párvulos y se convirtió en directora administrativa del mismo.

Su proyecto pedagógico se basó en la educación psicomotriz y la educación por el arte, y tuvo como colaboradores ad honoren a una serie de psiquiatras infantiles y pediatras interesados en su iniciativa.

Convencida de que todos los niños y niñas pueden aprender, Nolfa nunca exigió un requisito de ingreso al establecimiento, excepto la edad (hasta cinco años). Algunos padres, que buscaban sin éxito un jardín para sus hijos con necesidades especiales -principalmente motoras y conductuales- vieron en la ex casa de Nolfa una oportunidad.

“Yo ahí vi qué equivocada estaba la imagen colectiva que tiene la sociedad chilena respecto a los niños diferentes… Y eso hizo que yo me interesara profundamente por la educación diferencial”, cuenta.

El caso que más la marcó fue el de un niño con un problema motor serio cuyo papá había ido tres veces a la puerta del jardín, pero no se había atrevido a entrar porque en todos los otros establecimientos habían rechazado a su hijo, porque prácticamente no hablaba, se ponía en pie con cierta dificultad, y no comía ni bebía solo. Nolfa lo acogió.

“Ese niño al finalizar el año entraba caminando solo a su sala. Evidentemente era feliz en el jardín: sus compañeros lo aceptaban, nadie nunca lo trató distinto”, recuerda. “Cuando yo lo vi entrando a su sala, la verdad es que dije: ‘hay que hacer algo para cambiar’”, añade.

Lo hizo: al año siguiente, Nolfa, egresada hacía 15 años de la Educación Media, con dos hijos de 5 y 13 años, rindió la Prueba de Aptitud Académica e ingresó a la Universidad de Chile, a la carrera de Educación Diferencial, en 1976.

“Yo ahí vi qué equivocada estaba la imagen colectiva que tiene la sociedad chilena respecto a los niños diferentes… Y eso hizo que yo me interesara profundamente por la educación diferencial”, cuenta.

Hoy, 45 años después, la profesora Nolfa Ibáñez (77) se convirtió en la primera educadora diferencial que ganó el Premio Nacional de Educación. “Con toda sinceridad, yo no tenía ninguna expectativa de ganar el premio. El trabajo (de visibilizarla) lo hizo el equipo de colegas: exestudiantes míos, ex tesistas, ex integrantes de equipos de investigación, rectores… Para mí fue una enorme sorpresa, muy grata. De las sorpresas más bonitas que he tenido”, comenta, añadiendo que ahora tiene “la responsabilidad de aprovechar esta notoriedad pasajera para poder incidir en algo en el cambio de mirada que requiere nuestra educación a todo nivel”.

En conversación con The Clinic, la doctora, académica, investigadora, exdecana de la Facultad de Filosofía y Educación de la UMCE (2004-2007) y consultora de esa institución repasa los principales hitos de su carrera y analiza la educación en Chile.

-Tras tantos años trabajando en esa materia: ¿Diría que en Chile se ha avanzado en educación diferencial? Se ve que hay escuelas especiales de acuerdo con las distintas necesidades de ciertos niños. ¿Es ese el modelo correcto? ¿O deberíamos contar con más establecimientos inclusivos, similares a su primer jardín?

-Yo pienso que debería ser más inclusiva, aun cuando obviamente hay mucha complejidad. Las barreras que existen son las que hacen evidentes ‘las discapacidades’ (la profesora hace la señal de entrecomillado con las manos). Una persona ciega está perfecta, no tiene nada malo, es diferente a uno porque uno ve. Su entendimiento puede que no sea igual al mío, porque no ve, pero es perfecto. Las barreras las pone la sociedad. Es complejo el pensar en que todas y todos pueden estar en una escuela tal y cómo es hoy la escuela. Lo ideal sería que esos niños con necesidades especiales compartieran con otros niños. Hay niños que parece que no quisieran hacer eso, hay niños que parece que evitaran todo contacto con otra persona, pero yo trabajé con esos niños y sé que, sin excepción, todos y todas prefieren estar con el otro, pero si el otro les está exigiendo cosas, está exigiendo posturas, está exigiendo aprendizajes particulares, eso nunca ocurre.

-¿Qué tipo de exigencias?

-Te doy un ejemplo: regularmente cuando se trabaja con niños autistas, se pide que el niño haga contacto visual para poder partir… Desde mi mirada eso es completamente erróneo: el contacto visual es una consecuencia de la interacción, no es un punto de inicio. Los niños autistas con que yo trabajé no hacían contacto........

© The Clinic


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