Probablemente la principal característica de quienes vivimos en Santiago es la prisa que tenemos para prácticamente todo. Esa velocidad de vivir que nos hace siempre estar yéndonos de todos los lugares. Del trabajo apenas podemos, del almuerzo en días laborales, del supermercado antes que cierre y así suma y sigue. Claramente las grandes distancias que millones de santiaguinos deben recorrer para desarrollar sus diferentes actividades de vida son una fuerte razón para esta prisa. Mal que mal, no hay área urbana más extendida que la de la capital chilena. Un momento en que la prisa del santiaguino se hace manifiesto es cuando llueve en días laborales, porque cuando esto sucede el habitante de esta ciudad hace lo imposible por terminar su jornada lo antes posible y -literalmente- escapar a su hogar. Idealmente, no sin antes haber comprado sopaipillas para llevar a casa. A esto hay que sumar los colegios, donde muchos estudiantes simplemente no se aparecen si hay precipitaciones y donde suelen suspenderse todas las actividades extra curriculares (sobre todo deportivas) a la primera sospecha de lluvia. Así las cosas, los días de lluvia en Santiago suelen ser “a media máquina”. Afortunadamente, para asuntos productivos, en esta ciudad cada día llueve menos.

Sin embargo esta prisa, esta necesidad de huir pareciera extenderse a otras dinámicas y movimientos de los santiaguinos. Me explico. Cada víspera de vacaciones, fines de semana largos y también viernes comunes y corrientes son cientos de miles los santiaguinos los que salen a otros destinos. O sea, todos conocemos a esas personas que más o menos desde septiembre y hasta semana santa es prácticamente imposible pillarlos un fin de semana en la capital. Pareciera que sobre todo la playa pero también el campo, el sur del país, el Valle del Elqui o incluso distintos destinos en el extranjero son siempre mejor panorama que quedarse en casa. Y no estoy hablando solamente de los habitantes más acomodados de esta ciudad, porque sobre todo en períodos de vacaciones de verano el éxodo de santiaguinos es de verdad masivo. Es cosa de salir a recorrer cualquier gran avenida de la urbe en esas fechas para comprobar que -siempre en la medida de sus posibilidades- el santiaguino aprovecha la más mínima oportunidad que tiene para abandonar la ciudad. Y con prisa, como siempre. Por otra parte, somos la única región del país (la Metropolitana) sin playa. Nos queda cerca, sí, pero está ya en otra región. En una de esas ese es otro aliciente para escapar tanto de Santiago hacia allá.

Sin embargo esta prisa, esta necesidad de huir pareciera extenderse a otras dinámicas y movimientos de los santiaguinos.

En esta característica tan particular de los santiaguinos de sus prisas y movimientos, destaca también una constante que parte más o menos en la década del treinta y que no para hasta la actualidad. Se trata de la migración de la ciudad misma hacia el oriente. Probablemente buscando primero algo más de tranquilidad y de verdor, para varias décadas después transformarse también en un símbolo de estatus y bienestar que hace rato escapa incluso a lo residencial y se hace común también en el mundo de las oficinas y comercios. Tal vez el último gran ejemplo de esta migración constante ocurrida en Santiago desde hace casi un siglo es lo que pasa hoy con algunas importantes empresas que han anunciado el traslado de sus edificios corporativos desde el centro de la ciudad hacia -era que no- la zona oriente de Santiago.

Y así como no tenemos playa también somos la única gran ciudad del país que no tiene un casino (aunque tenemos dos relativamente cerca que pasan llenitos de santiaguinos prácticamente todos los días). Siguiendo con las carencias tampoco tenemos alcalde. O en rigor un alcalde mayor, porque sí tenemos un alcalde por cada comuna y -ahora- a falta de un intendente regional nombrado por el presidente tenemos un gobernador electo por voto popular y un delegado presidencial obviamente designado. Es decir, un desorden que no se entiende mucho ni entienden mucho los propios actores de todo este tema. Mientras tanto, seguimos sin un tan necesario alcalde mayor. En contraste, hay varias cosas que solo se dan en Santiago. Por ejemplo, somos la única ciudad del país con un sistema de transporte de superficie administrado (y subvencionado) por el Estado. Además, somos también la única urbe con una verdadera red de Metro subterráneo. Es que como la dijimos antes, somos el área urbana más grande y populosa del país. Por lo mismo, padecemos los beneficios y perjuicios del centralismo del país que -en este territorio, como se gusta decir ahora- se vive con fuerza desde prácticamente los inicios de la República. Así las cosas hay una serie de situaciones que solo se dan en Santiago. Tenemos la gran mayoría de los medios de comunicación; los equipos de fútbol más populares; la mayor cantidad de espectáculos artísticos; una más que extensa oferta de educación superior y mucho, pero mucho más. Y algo no menor, somos por lejos la ciudad más diversa del país (los siete millones de habitantes ayudan a eso casi de manera automática). Digamos que son estas últimas, simplemente externalidades positivas del centralismo chileno.

Y así como no tenemos playa también somos la única gran ciudad del país que no tiene un casino (aunque tenemos dos relativamente cerca que pasan llenitos de santiaguinos prácticamente todos los días).

Por otra parte y seguramente gracias a la cantidad de medios de comunicación y universidades que siempre ha tenido la ciudad, podemos identificar también -en contraste con las ciudades de regiones- a una serie de autores que se han preocupado e incluso dedicado parte de su obra a tratar de entender y/o relatar su Santiago. Pienso en gente como Miguel Laborde y Roberto Merino, pero también en personas como Alvaro Bisama, Alberto Fuguet e incluso Juan Pablo Meneses que se han adentrado en lo que podríamos llamar el “santiaguismo”. Mención aparte merecen cronistas como Francisco Mouat, Rafael Gumucio y -sobre todo en esta última década- Oscar Contardo; quienes dentro de una buena batería de temas que suelen tratar en sus textos siempre le han dado importancia y realce a Santiago. Como guinda de la torta también vale la pena mencionar a arquitectos y urbanistas que en los últimos años han entrado al debate de la ciudad en los más diversos formatos (desde la televisión a los medios escritos, pasando incluso por los sitios web y obviamente la academia) quizás como nunca antes se había dado en nuestra historia. Es cierto, incluso con polémicas y peleas entre ellos, pero sin duda eso será siempre mejor que el silencio que tuvimos antes. Vale la pena destacar también al periodista Rodrigo Guendelman y su comunidad Santiago Adicto, que da en el clavo de lo que uno busca para la ciudad: quererla. Ahora bien, en el ámbito de la creación la cosa es más bien esporádica. Si bien hay canciones que hablan de la ciudad estamos lejos de tener un tema himno al estilo New York, New York. Así mismo, teniendo muchas obras de teatro ambientadas en Santiago, tampoco encontramos una que se sienta como símbolo de la ciudad misma (aunque La Pérgola de las Flores estuvo cerca). En el cine sucede parecido, la gran mayoría de las películas chilenas se filman desde siempre en Santiago, pero esto obedece más a una consecuencia lógica de nuestro centralismo que a una búsqueda de los autores por retratar la ciudad.

Santiago también es una ciudad inhóspita. Lo es para los cientos de inmigrantes que vemos pidiendo una limosna, desarrollando empleos precarios o simplemente viviendo en las calles. Lo es también para esa clase obrera que a diario entra a la ciudad desde la periferia para trabajar y estudiar y que por la noche debe hacer el trayecto contrario. Y Santiago es inhóspito incluso también para los llamados “cuicos de provincia”, esos personajes bien relacionados de las clases acomodadas de lugares como Constitución, Santa Cruz, La Serena o La Unión; pero que al llegar a vivir una ciudad como la capital chilena sienten naufragar en sus relaciones al entrar en el anonimato que entrega la multitud. Sin colegios conocidos, padrinos ni familiares que los puedan identificar y salvar del olvido santiaguino.

Santiago también es una ciudad inhóspita. Lo es para los cientos de inmigrantes que vemos pidiendo una limosna, desarrollando empleos precarios o simplemente viviendo en las calles.

En lo persona el próximo año se cumplirán treinta años desde que llegué a vivir a Santiago. Es, por lejos, el lugar donde más he vivido en mi vida. Por lo mismo, me atrevo a decir que me considero un santiaguino por encima de cualquier otro gentilicio que pudiera calzarme y puedo decir también que me gusta vivir en esta ciudad. Porque, ¿el santiaguino nace o se hace? Dejo ahí la pregunta. Pero en resumen, creo que -con todos sus bemoles- Santiago es la ciudad “más ciudad” -espero se entienda- que tenemos en Chile y por eso me gusta tanto. Y la quiero. Esto último es central. Hacer grande, desarrollada, sustentable, amable, moderna o como quieran calificar una ciudad es imposible si no hay cariño de sus habitantes hacia su urbe (algo que Santiago Adicto predica muy bien). Pero claro, para eso lo primero -y el desde- es que quienes habitan la ciudad tengan las mínimas condiciones para vivir y desarrollarse dignamente. Es decir, debe ser una ciudad justa. Ni más ni menos, solo justa.

QOSHE - Santiago, los santiaguinos, las prisas y lo justo - Alvaro Peralta Sainz
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Santiago, los santiaguinos, las prisas y lo justo

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12.07.2022

Probablemente la principal característica de quienes vivimos en Santiago es la prisa que tenemos para prácticamente todo. Esa velocidad de vivir que nos hace siempre estar yéndonos de todos los lugares. Del trabajo apenas podemos, del almuerzo en días laborales, del supermercado antes que cierre y así suma y sigue. Claramente las grandes distancias que millones de santiaguinos deben recorrer para desarrollar sus diferentes actividades de vida son una fuerte razón para esta prisa. Mal que mal, no hay área urbana más extendida que la de la capital chilena. Un momento en que la prisa del santiaguino se hace manifiesto es cuando llueve en días laborales, porque cuando esto sucede el habitante de esta ciudad hace lo imposible por terminar su jornada lo antes posible y -literalmente- escapar a su hogar. Idealmente, no sin antes haber comprado sopaipillas para llevar a casa. A esto hay que sumar los colegios, donde muchos estudiantes simplemente no se aparecen si hay precipitaciones y donde suelen suspenderse todas las actividades extra curriculares (sobre todo deportivas) a la primera sospecha de lluvia. Así las cosas, los días de lluvia en Santiago suelen ser “a media máquina”. Afortunadamente, para asuntos productivos, en esta ciudad cada día llueve menos.

Sin embargo esta prisa, esta necesidad de huir pareciera extenderse a otras dinámicas y movimientos de los santiaguinos. Me explico. Cada víspera de vacaciones, fines de semana largos y también viernes comunes y corrientes son cientos de miles los santiaguinos los que salen a otros destinos. O sea, todos conocemos a esas personas que más o menos desde septiembre y hasta semana santa es prácticamente imposible pillarlos un fin de semana en la capital. Pareciera que sobre todo la playa pero también el campo, el sur del país, el Valle del Elqui o incluso distintos destinos en el extranjero son siempre mejor panorama que quedarse en casa. Y no estoy hablando solamente de los habitantes más acomodados de esta ciudad, porque sobre todo en períodos de vacaciones de verano el éxodo de santiaguinos es de verdad masivo. Es cosa de salir a recorrer cualquier gran avenida de la urbe en esas fechas para comprobar que -siempre en la medida de sus posibilidades- el santiaguino aprovecha la más mínima oportunidad que tiene para abandonar la ciudad. Y con prisa, como siempre. Por otra parte, somos........

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