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La papa partida por la mitad

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30.07.2020

Este texto pertenece a la serie Las Insurrectas

Salimos de la cantina Las Galaxias con los patojos alrededor de las 9 de la noche, los fines de semana tenía la libertad de un tiempo libre después de vender helados y dejar alimentados a los animalitos, entonces me iba a jugar pelota, a aplanar calles con los patojos o sola a virinbundear y en el camino me encontraba con algunas amigas y nos íbamos a darle la vuelta a la colonia. Eran los tiempos de mi adolescencia y Ciudad Peronia crecía cada día, en el asentamiento comenzaban a verse pequeñas construcciones de casas, poco a poco iban desapareciendo las pequeñas chozas improvisadas con lepas y nailon. Y la gente que años antes había invadido terrenos abandonados comenzaba a tener los papeles legales y podía comenzar a pagar mensualmente en el famoso banco Banvi.

El sueño del parque con su área verde y las canchas deportivas seguía siendo una ilusión, un dibujo en un papel que ayudó a enganchar a miles de personas que vieron en Ciudad Peronia la promesa de un hogar en una colonia residencial a las afueras de la ciudad. Al pie de la bomba de agua se hacían colas de gente que acarreaba en cuanto utensilio tuviera, en la noche la colonia quedaba en las oscuranas y solo se escuchaba el silbido del viento que barría las polvaredas levantando hasta las láminas de las casas para el tiempo del vuelo de los barriletes y; en el oriente del país, de la tapisca y el atol shuco. Ciudad Peronia fortalecía sus raíces suigéneris, con migrantes de todas partes de dentro y fuera del país. Igual........

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