19 de abril de 1810: ¿Emancipación social o reacomodo de élites?, por Rafael Sanabria M.

19 de abril de 1810: ¿Emancipación social o reacomodo de élites?, por Rafael Sanabria M.

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La narrativa tradicional venezolana ha edificado un altar de bronce sobre el 19 de abril de 1810, presentándolo como el despertar heroico de una conciencia nacional que, en un arrebato de dignidad, rompió las cadenas de tres siglos de opresión.

Sin embargo, al despojar este hito de su carga mitológica, nos encontramos ante un proceso histórico mucho más complejo, pragmático y, para algunos, cínico. Lo que ocurrió en el Cabildo de Caracas no fue una revolución social gestada en las bases del pueblo, sino una maniobra política de alta costura ejecutada por la oligarquía mantuana.

Aquel Jueves Santo no se buscaba la instauración de una democracia igualitaria, sino la defensa de los intereses de una clase económica que vio en la crisis de la monarquía española la oportunidad de oro para desplazar a la burocracia peninsular.

Aquel Jueves Santo no se buscaba la instauración de una democracia igualitaria, sino la defensa de los intereses de una clase económica que vio en la crisis de la monarquía española la oportunidad de oro para desplazar a la burocracia peninsular.

El verdadero motor de los acontecimientos no fue un deseo abstracto de libertad, sino una crisis de legitimidad del otro lado del Atlántico. La invasión napoleónica a España y el cautiverio de Fernando VII dejaron a las provincias americanas en un limbo jurídico.

Los criollos, que ya arrastraban décadas de resentimiento por el monopolio comercial y la imposibilidad de acceder a los altos cargos públicos, utilizaron la «Máscara de Fernando VII» como una estrategia de supervivencia y ascenso.

Al jurar fidelidad al rey depuesto mientras destituían a su representante oficial, Vicente Emparan, la élite caraqueña no estaba abriendo las puertas a la libertad ciudadana, sino asegurándose de que, si el imperio caía, el poder quedara en sus manos y no en las de un enviado de Napoleón o de una junta española desconocida.

Desde una perspectiva crítica, el 19 de abril puede interpretarse como un cambio de guardia más que como una transformación estructural. Si analizamos quiénes fueron los protagonistas y quiénes los beneficiarios, la respuesta es evidente: los dueños de la tierra y de los hombres.

Mientras en el recinto del Cabildo se debatían fórmulas jurídicas, la estructura social de la Capitanía General permanecía petrificada. Para el pardo, el indígena y el esclavo, la jornada no trajo consigo la ruptura de las jerarquías de castas.

De hecho, la aristocracia criolla temía profundamente a una revolución «desde abajo» (al estilo de Haití), por lo que el 19 de abril funcionó también como un mecanismo de contención: cambiar la cabeza del sistema para que el cuerpo social —y su explotación— siguiera funcionando bajo su control absoluto.

En definitiva, reducir esta fecha a un simple «grito de independencia» es ignorar la lucha de intereses que se libraba en los salones de Caracas. Fue, en muchos sentidos, el acto fundacional del Estado nacional, pero un Estado concebido por y para una minoría privilegiada.

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La connotación histórica es innegable, pues desató un proceso irreversible que culminaría en la independencia absoluta, pero no debemos engañarnos sobre su naturaleza inicial: fue el momento en que los «hijos de la tierra» decidieron que ya no necesitaban tutores para administrar su propio patrimonio.

El 19 de abril de 1810 no fue la libertad de todos, sino la autonomía de unos pocos que supieron quitar a los personajes del antiguo régimen para colocarse ellos mismos en el pedestal del poder.

Ante este panorama de conveniencias y reacomodos de clase, cabe preguntarnos: ¿si el origen de nuestra República fue un cambio de mando diseñado para preservar los privilegios de unos pocos sobre las mayorías, hemos logrado alguna vez superar ese vicio fundacional o seguimos, más de dos siglos después, simplemente cambiando los nombres de quienes nos dominan bajo la misma ilusión de libertad?

Ante este panorama de conveniencias y reacomodos de clase, cabe preguntarnos: ¿si el origen de nuestra República fue un cambio de mando diseñado para preservar los privilegios de unos pocos sobre las mayorías, hemos logrado alguna vez superar ese vicio fundacional o seguimos, más de dos siglos después, simplemente cambiando los nombres de quienes nos dominan bajo la misma ilusión de libertad?

Rafael Antonio Sanabria Martínez es profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).

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