Un llanto en el invierno ruso, por Alexander Cambero |
Un llanto en el invierno ruso, por Alexander Cambero
La contrariedad esculpió sus aberrantes formas en un horizonte sombrÃo. La mirada perdÃa vigor cuando el músculo de la inclemencia se atragantaba de irresolución; la furia forjó su episodio, percudiendo las ilusiones.
La nieve llegó impetuosamente para hacerse huésped de una escenografÃa donde las ilusiones fueron arrastradas. Ventiscas infernales que convierten las orillas oceánicas en el blanco caparazón donde se hunden las huellas del puerto, es el lenguaje de los viejos lobos de mar que volcaron sus ilusiones entre las manos agrietadas que sostuvieron redes tejidas con la ilusión de lograr encontrar los misterios que oculta el abismo.
La fuerza de los monzones arremete, haciendo crujir los barcos que estoicamente resisten el maremágnum que trae consigo el desoespejo. El esfuerzo se multiplica entre hombres que son el espÃritu de Vladivostok. Son hechos de los torbellinos que desde siempre han apresurado su marcha, tratando de reducir sus arrestos de seres con las cicatrices de los episodios en cada eslabón de la cadena familiar.
Aquello parecÃa la historia de siempre hasta que un grupo de hombres escuchó un llanto. La vorágine habÃa despedazado a una pequeña embarcación hasta casi sepultarla frente al astillero Zveda; un niño chino lloraba tratando de animar a sus padres muertos. Estaba abrazado a ellos como en la búsqueda del último calor.
Sus gritos se hicieron ensordecedores cuando tuvieron que separarlo. Los pescadores construyeron fogatas alrededor del astillero, sacaron los cuerpos; los mismos presentaban un cuadro desolador. Al parecer, habÃan sido asesinados y lanzados al mar.
La madre se abalanzó sobre el muchacho para preservar su vida; el amasijo de huesos era cubierto por unas pieles de oso ensangrentadas; la agresión fue tan brutal que cada pescador hizo una fogata en su corazón para acompañar la desdicha de aquel chiquillo.
Como poseÃdo por extrañas fuerzas, el niño seguÃa a los hombres que preparaban un sitio para darles sepultura; el hueco en donde depositaron los cuerpos fue abruptamente cubierto por la nieve. La furia climatológica descargaba todo su arsenal para llenar el ambiente de un semblante blanco.
Como poseÃdo por........