Cuando el autoritarismo quiere devolver el guante, por Luis Ernesto Aparicio M.

Cuando el autoritarismo quiere devolver el guante, por Luis Ernesto Aparicio M.

Cada vez que se conmemora el Día Internacional de la Mujer, se recuerda el largo camino que las mujeres han recorrido para conquistar derechos que durante siglos les fueron negados: acceso a la educación, participación política, autonomía económica y reconocimiento pleno como ciudadanas. Nada de ello fue concedido con facilidad. Fueron conquistas fruto de luchas persistentes y de transformaciones culturales profundas.

Sin embargo, en el clima político actual comienza a observarse un fenómeno inquietante. Diversos movimientos de la ultraderecha intentan darle la vuelta —como a un guante— a esos avances. Pero no para mejorar lo alcanzado ni para ampliar libertades, sino para regresar a formas de vida más rígidas, excluyentes y profundamente conservadoras.

En esa visión del mundo, lo conquistado por las mujeres aparece como una amenaza al orden social que desean restaurar. Hoy, en este siglo XXI con todo y sus avances, se idealiza un pasado donde los roles estaban claramente delimitados: el hombre como autoridad y proveedor; la mujer confinada al espacio doméstico, dedicada a la multiplicación y su crianza, al cuidado del hogar y subordinada a la figura masculina.

En esa visión del mundo, lo conquistado por las mujeres aparece como una amenaza al orden social que desean restaurar. Hoy, en este siglo XXI con todo y sus avances, se idealiza un pasado donde los roles estaban claramente delimitados: el hombre como autoridad y proveedor; la mujer confinada al espacio doméstico, dedicada a la multiplicación y su crianza, al cuidado del hogar y subordinada a la figura masculina.

Ese imaginario no es nuevo. Lo que resulta preocupante es la intensidad con la que vuelve a aparecer en ciertos discursos políticos y culturales. Yo diría que se trata de un machismo renovado —una suerte de «machismo 2.0″— que se expresa con una mezcla de resentimiento, agresividad y nostalgia por un orden jerárquico que muchos creían superado.

En ese contexto, los avances logrados por las mujeres son presentados como excesos o desviaciones. La participación política femenina, la autonomía profesional o el derecho a decidir sobre la propia vida son cuestionados como si fueran concesiones indebidas que habría que revisar.

Pero como siempre hay excepciones, llama también poderosamente la atención que, como ocurre en casi todos los procesos políticos, exista una significativa: un grupo de mujeres que hace coro a estas tendencias ultraconservadoras, de «familias correctas».

Así llegamos al punto de que algunas de ellas se convierten en voceras activas de discursos que cuestionan o minimizan los avances logrados por otras mujeres durante décadas. Lo hacen con un tono de condena y reproche hacia el feminismo o hacia cualquier movimiento que reclame mayor igualdad, aun cuando muchas veces sus propias trayectorias personales no se ajustan del todo a las rígidas tesis que defienden.

Este fenómeno no es nuevo en la historia. Los movimientos políticos que buscan restaurar jerarquías tradicionales suelen encontrar apoyo también dentro de los propios grupos cuyos derechos resultan limitados. En parte porque ofrecen una narrativa de orden, identidad y pertenencia; en parte porque prometen estabilidad frente a los cambios sociales. Pero el resultado final suele ser el mismo: reforzar estructuras que reducen la autonomía y las libertades que tanto costó conquistar.

Lo que emerge detrás de esa narrativa es algo más profundo: una auténtica política de la crueldad. Una forma de pensar la sociedad en la que la dignidad y la libertad de las mujeres dejan de ser valores fundamentales y pasan a ser obstáculos para la restauración de un orden autoritario.

*Lea también: La desigualdad de género en el deporte. La lucha imparable de la mujer, por Jesús Elorza

El autoritarismo, en cualquiera de sus formas, necesita sociedades jerárquicas, mentes débiles y obedientes. Y en esas jerarquías rígidas la mujer libre y pensante, resulta incómoda. Por eso, cada vez que el poder adopta rasgos autoritarios, uno de sus primeros objetivos suele ser limitar la autonomía femenina.

No se trata solo de una disputa cultural. Es también una disputa política. Porque la igualdad de las mujeres está profundamente vinculada a la existencia de sociedades abiertas, donde los derechos individuales y la libertad personal constituyen pilares esenciales de la vida democrática.

No se trata solo de una disputa cultural. Es también una disputa política. Porque la igualdad de las mujeres está profundamente vinculada a la existencia de sociedades abiertas, donde los derechos individuales y la libertad personal constituyen pilares esenciales de la vida democrática.

Por eso, frente a los intentos de retroceso, recordar el significado del Día Internacional de la Mujer no es un simple gesto simbólico. Es también una forma de defender conquistas que costaron décadas de esfuerzo y que hoy, en algunos lugares del mundo, vuelven a ponerse en cuestión.

Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD

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