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Mea culpa, mea máxima culpa, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

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17.11.2018

@gvillasmil99

“Venezuela, más que de acusaciones personales, está urgida de un mea culpa colectivo”.

Mario Briceño-Yragorri, La traición de los mejores (1953)

Con pesar leo la noticia: a las lejanas playas de Madeira arriban más y más oleadas de venezolanos desesperados, con la maleta en una mano y la fotografía en sepia del abuelito portugués en la otra. Muchos van enfermos; otros, en procura de pan y de salvación allá, en la tierra de sus ancestros, cuya lengua quizás desconozcan. De ser el lugar al que aquellos nobles madeirenses soñaron llegar hace 50 años, Venezuela pasó a ser otro muy distinto del que todos procuran escapar como mejor pueden.

En un país que ha visto marchar al 12 por ciento de los suyos el discurso no puede agotarse en el mero diagnóstico de sus males. Entre nosotros sobreabundan los diagnósticos. Algunos son de gran factura; otros –hay que decirlo– no tanto. Urge abrir caminos, dejar de mirar por el retrovisor en estéril añoranza del país que fuimos. Y digo que estéril porque de tal añoranza nada deriva como no sea el impulso irrefrenable de “pelar” por el pasaporte y salir en busca – Juan Luis Guerra dixit– de “visa para un sueño”.

¿Cómo empezó este horror? Mi memoria vuela a los días de aquel tristemente célebre Plan Bolívar 2000 en los hospitales públicos, con cuyos cuñetes de pintura se habría de dar inicio a la más espantosa empresa de corrupción y expolio que la república haya visto desde su fundación.

En ese entonces, este país asistió al espectáculo de políticos, académicos, periodistas, clérigos, técnicos del más alto nivel, empresarios, intelectuales y hasta a guionistas de telenovela embelesados con el chavismo y con Chávez

Venezuela toda le fue servida en bandeja a una caterva de aventureros con la anuencia –expresa o tácita– de pretendidos “notables”. Reflexionando sobre la tragedia de 1998, en la evocación del título de uno de los más notables ensayos de Don Mario Briceño-Yragorri, Eduardo Fernández, en larga entrevista concedida recientemente a Manuel Felipe Sierra, lo ha dicho sin cortapisas: aquella fue la traición de los mejores hombres con los que este país contaba. A apetitos mezquinos y a cálculos menores le fue........

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