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Aguas de marzo, por Gustavo J. Villasmil-Prieto

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22.03.2019

@gvillasmil99

“É pau, é pedra,

É o fim do camino…”

(“Es un palo, es una piedra,

Es el final de un camino…”)

Antonio Carlos Jobim, Aguas de Março (1974)

Cien horas sin electricidad. Una semana sin agua. Nunca lució más frágil la Venezuela “potencia” a cuyo nombre se inflaban los mofletes los generales chavistas y la nomenklatura roja. ¡Vaya potencia esta, que ni accionar la palanca del inodoro de casa puede! Son viviendas, escuelas y hospitales sin una gota de agua.

En el mío, los familiares acompañantes de los enfermos hicieron de la fuente de la Plaza de las Tres Gracias, cercana a la Ciudad Universitaria, su pozo acuífero preferente. De modo que hasta los pies de la Thalía, de la Aglaia y de la Efrosina de Antonio Canova, magníficamente copiadas en mármol por Ceccarelli por los años 30, fue a dar aquella grey de sedientos armados con tobos, botellones, ollas y pimpinas.

Cualquier recipiente resultaba bueno cuando de acarrear un poco de agua para el aseo del enfermo y hasta para aplacar un poco su sed se trata. De la calidad de tales aguas nadie osó hacer pregunta alguna: porque en la Venezuela de la revolución, los escrúpulos basados en la higiene son un lujo para quienes tienen tres meses sin ver salir el “vital líquido” de sus grifos o buscan qué comer entre los basurales.

Al momento de escribir estas líneas, miles de venezolanos en las ciudades del interior del país deambulan entre parques, quebradas y........

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