La sobrepolitización del ser humano, por Fernando Mires
La sobrepolitización del ser humano, por Fernando Mires
Creo no mentir si afirmo que la vida, nuestra vida, transcurre en tres planos. Uno al que podrÃamos llamar vida pública; otro, vida privada; y el tercero, vida espiritual. Pero no seamos tan esquemáticos: no se trata de compartimentos estancos, algo asà como un edificio de tres pisos, sino de planos intercomunicados.
También es cierto que a estos tres planos podrÃamos agregar un cuarto (para psiquiatras y psicoanalistas, el más importante). Ese es el plano del inconsciente, sea individual o colectivo.
Ninguno de esos planos, si es que no estamos hablando de situaciones patológicas, es determinante, aunque sÃ, usando el vocabulario de Freud, suelen ser sobredeterminantes, es decir, pueden aparecer representados los unos en los otros. AsÃ, en el plano privado o Ãntimo hablamos de polÃtica, en la vÃa pública conversamos de temas privados, y en el retiro espiritual –cuando nos ponemos en comunicación con Dios, o con el espÃritu, o con lo trascendente– lo hacemos usando el lenguaje de lo Ãntimo y de lo privado (a Dios lo tuteamos).
Sobre todos esos planos es transferida la voz insonora de una inconsciencia no posible de ser transcrita inmediatamente en palabras, y allà anidan deseos inconfesos, pulsiones reprimidas, pasiones innombrables y, por cierto, miedos y odios, representados en objetos que solo son sustitutos del padre de todos los miedos y odios. Me refiero a ese miedo –a veces horror, a veces terror– a la muerte.
El ser y el estar de la polÃtica
Somos ese ser al que fue dado el dudoso honor de tener noción de su propia muerte para que la introdujéramos clandestinamente, y sin saberlo, en el ser de cada dÃa. Vivimos, quiero decir, en un mundo poblado de representaciones de las que no queremos ver ni saber. Esas, las representaciones, se hacen visibles en cada uno de los tres planos mencionados.
Todo indica entonces que, para llevar una vida más o menos equilibrada, debemos evitar que la vida de un plano determine a la de otro plano. Dicho más simple: que lo polÃtico o lo público no se convierta en cosa privada, o peor, que lo privado no se convierta en cosa pública; con mayor razón en referencia al mundo espiritual, donde solemos traspasar condiciones sacras o divinas a pobres diablos que se nos ofrecen para «liderarnos» hacia determinadas metas post-históricas.
Y bien: creo que justo aquà estoy llegando al nervio del artÃculo que me he propuesto escribir, y este no es otro sino el principio de representación determinante, uno que se da con más relieve en la polÃtica que en otras «esferas del ser». Ese es, por cierto, el principio de todo populismo, a saber, la articulación de diversas demandas –sean económicas, polÃticas, culturales– en torno a una entidad a la que delegamos nuestra racionalidad individual.
Alcanzado este punto, nos convertimos en objetos de un sujeto por nosotros mismos creado. Ese «elegido» puede que no solo sea una persona. También puede ser un partido, una secta, una iglesia, una mafia, esto es, una entidad que suplanta nuestro propio yo pensante por un yo situado sobre y más allá de nosotros, pero que al mismo tiempo le da cierto sentido colectivo a la vida que individualmente arrastramos.
Baste comprobar, por ejemplo, que, al asumirse como de izquierda o de derecha, decimos «soy» de izquierda o «soy» de derecha. En un mundo normal deberÃamos decir, esta vez yo voté por alguien de izquierda o de derecha. La fusión del ser con una posición polÃtica es, objetivamente visto, una anomalÃa. En la polÃtica, como en muchas cosas de la vida, no se «es»; se «está». Quienes «son de algo» o de «alguien» en la polÃtica dañan su propio ser y dañan a la polÃtica.
Ser de un partido no es lo mismo que ser de una familia, de una etnia, de una nación. Michael Walzer distinguÃa en ese sentido entre identidades cambiables e identidades no cambiables. La identidad polÃtica pertenece a la primera, y deberÃamos asumirla de acuerdo a las condiciones del presente, mediante el uso de nuestra propia reflexión.
Ser de un partido no es lo mismo que ser de una familia, de una etnia, de una nación. Michael Walzer distinguÃa en ese sentido entre........
