La Ascensión del Señor, por Fernando Mires |
La Ascensión del Señor, por Fernando Mires
Una introducción al Salmo 261 de San AgustÃn de Hipona
En muchos paÃses en los que prima una mayorÃa cristiana, el dÃa 14 de mayo, fijado por la cristiandad para celebrar la Ascensión al cielo de Jesucristo, no es un dÃa feriado. Y, sin embargo -en este punto estoy totalmente de acuerdo con San AgustÃn- ese es el dÃa más importante de la lección cristiana pues fue nada menos que el dÃa en que Jesús, «Dios hecho hombre», se integró en su ascendencia divina y fue todo Dios dejando como legado la posibilidad de acceder a la divinidad como el mismo lo hizo. Esa es la que en la teologÃa tradicional se llama la paradoja cósmica.
AgustÃn señala en sus sermones que ver morir a Dios en la cruz es un hecho mucho más impactante que ver a un Dios regresar al cielo. Sin embargo, lo verdaderamente asombroso de la Ascensión es que la tierra (la materia humana hecha del polvo) ha sido entronizada en el plano celestial.
La ascensión, por lo tanto, no es un ascender en el espacio sino un punto de integración entre lo humano y lo divino. Jesús regresa después de su muerte corporal al reino de los cielos a través de la visión (o imaginación) de sus seguidores. O dicho asÃ: Jesús el hombre, no serÃa visible, pero seguirÃa siendo Dios sobre la tierra. La misión del Cristo ya estaba cumplida, quiso decirnos AgustÃn de Hipona.
Digamos siguiendo al santo AgustÃn: Jesús no era mitad hombre, mitad Dios. No era tampoco un Semidios en el sentido griego. Era, para decirlo con las propias palabras agustinas, todo Dios. Dios representado como hombre en la tierra, todo hombre y todo Dios a la vez. Jesús fue Dios descendido. Pero no un Dios escindido, si es que entendemos bien el misterio de la trinidad. Era el Padre convertido en hijo unidos por el EspÃritu Santo en tres personas distintas y un solo Dios no más.
Digamos siguiendo al santo AgustÃn: Jesús no era mitad hombre, mitad Dios. No era tampoco un Semidios en el sentido griego. Era, para decirlo con las propias palabras agustinas, todo Dios. Dios representado como hombre en la tierra, todo hombre y todo Dios a la vez. Jesús fue Dios descendido. Pero no un Dios escindido, si es que entendemos bien el misterio de la trinidad. Era el Padre convertido en hijo unidos por el EspÃritu Santo en tres personas distintas y un solo Dios no más.
Ahora, si traducimos la palabra persona del español al griego, persona quiere decir máscara. Eso no quiere decir, por supuesto, que Jesús era un Dios enmascarado sino, como el Dios que era, puede representarse en distintas formas sin dejar de ser uno solo. Jesús es una forma de Dios, asumida por Dios ante los hombres para que los hombres entendieran, mediante la aplicación de su espÃritu, a Dios. Jesús, luego, es parte de un solo Dios trinitario. El Padre es Dios en su infinita persona inaccesible a nuestros ojos. El hijo es Dios accesible a nuestros sentidos y el EspÃritu Santo es la relación que establecemos como hijos con el Padre para estar y ser en y con Dios. Eso es el punto central de la doctrina agustina de la “Ascensión del Señorâ€.
La trinidad es la unidad, o en los términos de AgustÃn, la doctrina del Christus Totus. Un tema que desde los pre-sentimientos de la filosofÃa de Heidegger con respecto a la trinidad del Ser (El ser en el Ser, el ser que va siendo, el Ser que es) y desde las observaciones de la fÃsica cuántica, a través de la trinidad que se da entre la materia, la energÃa y el movimiento (que une a la energÃa con la materia), ya no nos es tan extraño. Como observa el filósofo uruguayo Alejandro Lafluf en su libro pronto a aparecer (El Ser y la Falta) el ser, ese ser que somos, es un ser trinitario. Tan trinitario, agrego aquÃ, como es el Dios de la Trinidad.
El Christus Totus de AgustÃn desciende, vive en y con nosotros, muere, resucita y luego asciende. Esos son........