El tercer chavismo, por Fernando MiresÂ
El tercer chavismo, por Fernando MiresÂ
El 03.01 marca un punto de radical inflexión en las relaciones que se dan entre los EEUU y Venezuela (y en América Latina en general).
La llamada extracción de Maduro no fue igual a la de Noriega en Panamá. Cierto es que la «ideologÃa de la extracción» fue la (supuesta) vinculación entre Maduro y el narcotráfico. Pero eso ni el mismo Trump lo cree.
Tampoco el objetivo fue «salvar» a Venezuela de una atroz dictadura, como era la de Maduro. Todos sabemos que Trump cultiva intensas relaciones polÃticas con las más furiosas dictaduras del planeta, entre ellas con la Rusia de Putin y, por eso mismo, está muy lejos de ser un luchador por la democracia fuera o dentro de su paÃs.
Del mismo modo, aunque muchos no crean, su interés primordial no era hacerse del petróleo venezolano. Lo declaró el mismo Trump: «tenemos suficiente petróleo, no necesitamos más». Y es cierto.
Cierto también es que el petróleo juega un papel adicional y Trump no va a decir nunca no a la oportunidad de hacer un buen negocio como fue el que hizo con Delcy RodrÃguez. Pero si bien no le interesaba en primer lugar el petróleo venezolano sà le interesaba que ese petróleo no fuera a parar a manos chinas, o rusas, o iranÃes. Pues bien, ahà se encuentra un punto histórico de inflexión.
La extracción de Maduro tiene que ver antes que nada con la implementación de la Doctrina Trump que Trump adjudica a Monroe. Esa doctrina dice: En una era marcada por el predominio de los tres imperios, los EEUU se encuentran en la obligación de asegurar «espacios vitales», en este caso, los del «hemisferio occidental».
Esa, por cierto, no es una idea de Trump. Es un mandato impuesto por la reformulación de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU, hecha bajo su mandato. En ese documento yace el punto de inflexión. La extirpación de Maduro es solo una de sus consecuencias.
Maduro, es sabido, habÃa entregado económicamente su paÃs a China y militarmente a Rusia. De acuerdo al espÃritu y a la letra de la nueva estrategia la ocupación económica de China no podÃa ser aceptada por el gobierno de los EEUU. Menos la intromisión militar de Rusia.
Maduro, es sabido, habÃa entregado económicamente su paÃs a China y militarmente a Rusia. De acuerdo al espÃritu y a la letra de la nueva estrategia la ocupación económica de China no podÃa ser aceptada por el gobierno de los EEUU. Menos la intromisión militar de Rusia.
Trump puede tolerar —lo estamos viendo— a Rusia en Europa, pero no en América Latina. En esa misma lÃnea, no sabemos qué es lo que ha conversado Delcy RodrÃguez con Putin y Rubio.
Pero lo más probable es que la presidenta encargada ha asegurado que rusos, chinos, iranÃes deberán hacer sus maletas cuanto antes. Si no hubiera sido asÃ, ella no estarÃa en el poder.
Las conversaciones entre RodrÃguez y Trump, según confesión de las partes, tenÃan lugar desde hace tiempo. La intervención de Maduro fue, de eso ya no cabe duda, un resultado de una conspiración hecha al más alto nivel.
Que la presidenta encargada continúe afirmando que el presidente legÃtimo es Maduro forma parte del juego polÃtico, no nos engañemos. Lo contrario significarÃa echarse encima a sectores pro-maduristas que evidentemente existen al interior del Psuv.
Lo cierto es que con RodrÃguez en el poder ha comenzado un tercer capÃtulo en la ya larga historia del chavismo. La inmoral pero genial extracción de Maduro marca una ruptura con el madurismo del mismo modo como Maduro rompió con el legado de Chávez.
Lo cierto es que con RodrÃguez en el poder ha comenzado un tercer capÃtulo en la ya larga historia del chavismo. La inmoral pero genial extracción de Maduro marca una ruptura con el madurismo del mismo modo como Maduro rompió con el legado de Chávez.
Vista asÃ, la historia del chavismo es la historia de sus mutaciones. Creo que esta tesis merece ser explicada.
El gobierno de Chávez, pese a que el caudillo provenÃa de las filas militares, fue mucho menos militar que el del civil Maduro. Fue, y en ese punto creo que podrÃamos estar de acuerdo, un gobierno populista.
Desde esa visión, el de Chávez no puede ser considerado como un simple gobierno de izquierda, como lo fueron el de Allende, o el de Mujica e incluso el de Evo Morales, solo para poner algunos ejemplos.
El de Chávez fue el segundo gran movimiento populista de América Latina. El primero, obvio, fue el de Perón. Chávez, eso está claro, se sirvió, al igual que los peronistas, de fragmentos ideológicos de izquierda pero nunca pudo ocultar que él no provenÃa de una cultura polÃtica de izquierda, como sà Maduro.
Su discurso era en primera lÃnea nacionalista y solo en una segunda, socialista, combinación que ha hecho decir a algunos tipólogos, que el de Chávez era un gobierno fascista.
TipologÃas aparte (a veces solo sirven para enredar) el de Chávez fue un gobierno populista, entendiendo por populismo un movimiento de masas fragmentadas que se identifican con una figura mesiánica situada más allá de la Constitución y de las Leyes, cuyo objetivo histórico reside más allá de la realidad inmediata.
De acuerdo con esa definición, como ya veremos, el movimiento que encabeza MarÃa Corina Machado, también es populista. Sin masas fragmentadas y sin lÃder mesiánico no hay, en efecto, populismo.
Siguiendo a esa constatación, Maduro no fue populista. El sucesor de Chávez pese a sus bailes públicos y sus malas imitaciones del tono oratorio del caudillo muerto, estaba lejos de ser una figura mesiánica o un lÃder de masas.
Por eso, cuando fue extraÃdo del poder, no hubo huelga general ni nadie bajó de los cerros a defenderlo, como habÃa prometido Maduro un par de dÃas antes de que se lo llevaran. Todo lo contrario. El sentimiento general, incluyendo el de muchos chavistas, fue de alivio.
La mayor desgracia de Maduro no reside en su derrocamiento sino en su terrible soledad.
La mayor desgracia de Maduro no reside en su derrocamiento sino en su terrible soledad.
Si asumimos una idea del antropólogo René Girard, el chavismo ha encontrado en Maduro el chivo expiatorio que necesitaba para ser culpado de la ruina económica y moral que vive el paÃs.
Del mismo modo como su extirpación abrió la posibilidad para que el chavismo cambiara por segunda vez de rostro y forma y, rectificando pudiera, si no conservar el poder, al menos sobrevivir como fuerza polÃtica. Por eso afirmamos: con Delcy RodrÃguez el chavismo experimenta una tercera mutación. El de RodrÃguez es el tercer chavismo.
Chávez convirtió al movimiento populista en un estado populista. Maduro convirtió al estado populista en un estado policial y militar. Delcy —esa es al fin la misión que le ha encomendado el gobierno de Trump— sin abandonar el militarismo consustancial al régimen, intentará convertir al chavismo en un estado polÃtico, abriendo un camino de transición hacia una república en la cual el nuevo chavismo buscará recuperar el poder que perdió con Maduro, ya sea conservando la presidencia, ya sea como principal partido de oposición.
Para cumplir esos objetivos, RodrÃguez necesita caminar los tres pasos recomendados por Rubio: 1) generación de estabilidad polÃtica mediante el uso de la diplomacia y de la fuerza, 2) dirigir la recuperación económica administrada por EEUU y 3) crear las condiciones para nuevas elecciones en las que, si se sigue portando tan bien como está sucediendo, Delcy podrÃa llegar a ser la candidata de Trump en Venezuela, en desmedro de la figura mÃtica de la oposición: MarÃa Corina Machado.
Se trata, como vemos, de una apuesta. Ya veremos qué es lo que pasa. TodavÃa es temprano para dedicarnos a hacer augurios.
Lo que sà hay que tener presente es lo siguiente: Delcy RodrÃguez no es solo la continuación de Maduro. Representa también un proyecto de restauración del chavismo bajo nuevas condiciones, estableciendo una alianza inédita con el gobierno norteamericano. Un proyecto que, además, podrÃa servir a Trump para transportarlo a otros paÃses de la región.
Lo que sà hay que tener presente es lo siguiente: Delcy RodrÃguez no es solo la continuación de Maduro. Representa también un proyecto de restauración del chavismo bajo nuevas condiciones, estableciendo una alianza inédita con el gobierno norteamericano. Un proyecto que, además, podrÃa servir a Trump para transportarlo a otros paÃses de la región.
El tutelaje polÃtico
Que ese proyecto hubiera comenzado en Venezuela y no en Cuba, por ejemplo, se explica fácilmente. De las tres dictaduras de «izquierda» latinoamericanas, la de Maduro era la más desprestigiada, no solo en América Latina sino, además, en el mundo. El fraude cometido el 28 de julio fue tan grotesco, que nadie, incluyendo a gobiernos de izquierda, se atreve a negar.
Hay en efecto, una lÃnea que lleva desde el 28 de julio al 3 de enero. Pero no es una lÃnea directa como imaginan los seguidores de MarÃa Corina Machado. El 28 de julio fue un punto más para justificar la extracción de Maduro el 3 de enero, pero no para implantar la democracia en el paÃs.
Hoy, ya lo estamos viendo, el propósito de Trump era asegurar la permanencia del chavismo si este aceptaba las condiciones impuestas por los EEUU. Si la conexión entre Machado y Trump hubiera sido directa, Trump habrÃa proclamado presidente del paÃs a Edmundo González.
Hoy, ya lo estamos viendo, el propósito de Trump era asegurar la permanencia del chavismo si este aceptaba las condiciones impuestas por los EEUU. Si la conexión entre Machado y Trump hubiera sido directa, Trump habrÃa proclamado presidente del paÃs a Edmundo González.
En otras palabras, Trump no siguió la lÃnea del machadismo. Al contrario, la contradijo. No fueron entonces las desesperadas súplicas de Machado las que lo impulsaron a la intervención sino, como ya hemos precisado, fue el propósito de Trump por asegurar geoestratégicamente a Venezuela como protectorado norteamericano en el hemisferio occidental la razón suficiente que lo llevó a intervenir en el maltratado paÃs.
De hecho, a Trump le pareció que Venezuela estaba a mejor resguardo bajo el mandato de Delcy que bajo el mandato indirecto de MarÃa Corina. Los hechos hablan por sà solos. Eso no quiere decir, y esto es muy pero muy importante, que Delcy sea, como ya ha sido presentada por los propagandistas de Machado solo una servidora obsecuente de Trump; una «empleada», como la llama un ingenioso académico machadista.
La amnistÃa, en su forma y en su legalidad, está siendo determinada por los intereses polÃticos del tercer chavismo. Los eventuales cambios de gobierno, los llevará a cabo la presidenta. Lo mismo ocurre con los nombramientos ministeriales y con las relaciones que se establecerán entre RodrÃguez y una eventual oposición.
Eso nos lleva a decir que al lado de Delcy no hay ningún trumpista indicando punto por punto lo que ella tiene que hacer. De hecho, RodrÃguez cuenta con un ancho margen de autonomÃa. Asà nos explicamos por qué, cuando Delcy ubica a MarÃa Corina como enemiga de la democracia, no hay nadie en los EEUU que la contradiga.
Eso significa que, si en la economÃa la alianza entre RodrÃguez y Trump es absoluta, en la polÃtica es relativa. El gobierno de RodrÃguez depende de la voluntad de los EEUU pero no es un gobierno tÃtere. Hay que tomar ese hecho en cuenta.
Eso significa que, si en la economÃa la alianza entre RodrÃguez y Trump es absoluta, en la polÃtica es relativa. El gobierno de RodrÃguez depende de la voluntad de los EEUU pero no es un gobierno tÃtere. Hay que tomar ese hecho en cuenta.
Sin embargo, este mismo hecho lleva a preguntarnos. ¿Por qué Trump dejó en el gobierno al chavismo representado en RodrÃguez y no lo entregó a quien correspondÃa entregarlo, como imaginaban los seguidores de MarÃa Corina Machado?
La razón la dio a entender el mismo Trump: un eventual gobierno de Machado, o dirigido por Machado, no garantiza la estabilidad mÃnima para hacer el recorrido que eventualmente llevarÃa hacia la transición polÃtica.
No se trata solo de que Machado no tenga ejércitos y armas. No es, quiero afirmar, solo un problema técnico, sino uno esencialmente polÃtico. Machado y su gente, para decirlo en pocas palabras, sigue una lÃnea abiertamente confrontativa, la misma que ya recorrieron los golpistas Carmona y López, la misma que proclamó Guaidó en su juramento frente a miles de personas, la misma de Ledezma, Vásquez, Guanipa y, más recientemente, Borges.
Una lÃnea que lleva al enfrentamiento directo y que acepta el diálogo polÃtico solo cuando puede imponer las condiciones. La gran diferencia con los polÃticos nombrados, es que MarÃa Corina Machado es una lÃder carismática y, por lo mismo, populista.
¿Del populismo chavista al populismo machadista?
Entiendo que la palabra populista será acogida por muchos como un insulto. Aclaro que esta no es mi intención. Hay incluso autores, entre ellos el fallecido Ernesto Laclau, que extienden el concepto de populismo a todos los movimientos de masa de la era moderna, es decir, el populismo serÃa la polÃtica de la sociedad de masas. Nos hablan incluso, y no sin razón, de la posibilidad de un populismo democrático.
Bajo esa terminologÃa, el movimiento Solidarnosc en Polonia también podrÃa haber sido considerado como populista. Aquà en cambio uso el término en una versión más restringida.
Ya he expuesto tres rasgos fundamentales del fenómeno populista: un movimiento de masas no organizadas ni sindical ni partidariamente, vinculadas a un lÃder mesiánico cuya palabra tiene más valor que la constitución y las leyes y cuyos objetivos no son polÃticos sino meta-reales.
Con relación al primer punto, Hannah Arendt en sus estudios sobre el totalitarismo, señalaba que todo totalitarismo ha sido precedido por movimientos de masas en estado de desintegración (o de anomia, en la versión de Durkheim). A esas masas desintegradas Arendt las llamaba «Mob» (en español: chusma, turba, populacho) las que en condiciones pre-totalitarias pueden convertirse en seguidoras de un lÃder mesiánico, teniendo lugar asÃ, según Arendt, una alianza entre las elites y el «Mob».
Pues bien, esa alianza cristalizó durante Chávez, cuando el caudillo, recurriendo al apoyo de algunos intelectuales (Dietrich, Monedero, Ramonet) estableció una relación de amor con las masas que lo seguÃan adorando de un modo incondicional.
El populismo, y esto es lo que no pueden entender muchos cientÃficos sociales, supone una relación libidinosa entre masa y lÃder. Más que seguido, el lÃder populista es amado. Por lo tanto, movimientos de ese tipo no son racionales como los que se dan entre un partido y sus partidarios o entre los que se dan entre los trabajadores y sus sindicatos. Más bien son emocionales y libidinosos como fueron el peronismo, el chavismo y hoy el machadismo.
Asà se explica por qué estudiosos del populismo como el ya nombrado Laclau y algo después Žižek, habiendo notado el alto grado de irracionalidad propio a todo populismo, han renunciado a apoyar sus tesis en ideas sociológicas y politológicas, recurriendo a nociones psicoanalÃticas, sobre todo a las elaboradas por Jacques Lacan.
El populismo, para ambos autores, se manifiesta en la trilogÃa lacaniana que se da entre lo simbólico, lo real y lo imaginario. En ese contexto el populismo debe ser entendido como una proyección masiva de los sÃmbolos terrenos hacia el espacio vacÃo de la realidad el que es llenado por la imaginación colectiva y popular.
En efecto: si uno analiza las expresiones de los seguidores de Machado en las redes sociales, casi todos se basan en la dicotomÃa «nosotros los buenos y el resto los malos». Los buenos son los tocados por el amor de la lÃder. Los malos, todos los demás. En el medio no hay nada, aparte de un muro.
Quien mejor ha definido la condición populista de su movimiento ha sido la misma MarÃa Corina Machado, cuando dijo: «nuestro movimiento es espiritual». Con ello quiso decir la lÃder, nuestro movimiento no es polÃtico. No está basado en la transacción propia al hacer polÃtico ni en la aceptación del otro, ni en el cálculo y la razón.
Es un movimiento del espÃritu colectivo basado en una presencia luminosa y mosaica que guÃa al pueblo hacia la tierra prometida por Dios. Arendt habrÃa dicho, se trata de la polÃtica vivida como religión en donde el bien (el lÃder) y el mal (los que no siguen al lÃder) aparecen claramente separados.
Pues bien, frente a ese tipo de seguidores, no hay ninguna posibilidad de discusión. O tú crees en MarÃa Corina o eres un zurdo, un chavista, un vendido, un alacrán. Se comprende entonces por qué un discurso como el representado por MarÃa Corina Machado no puede ser el más idóneo para transitar a través de los patios semioscuros que llevan a una transición polÃtica. Asà al menos lo entendieron Trump y Rubio.
¿Cómo fue posible que después de haber vivido bajo los tormentos de un populismo como fue el chavista muchos antichavistas se hubiesen vuelto populistas? Esa, sin embargo, no es una novedad. Ya Franz Fanon enseñó, siguiendo a Hegel, que el oprimido suele asumir la lógica del opresor. De un modo menos filosófico, preferimos aquà hablar de un «efecto de réplica».
Cuando Chávez murió dejó detrás de sà un espacio vacÃo, el espacio del populismo que Maduro no supo o no pudo habitar. Las masas que después se identificaron con MarÃa Corina, en consecuencias, no nacieron de la nada.
Cuando Chávez murió dejó detrás de sà un espacio vacÃo, el espacio del populismo que Maduro no supo o no pudo habitar. Las masas que después se identificaron con MarÃa Corina, en consecuencias, no nacieron de la nada.
Fue el resultado de la adhesión del mismo pueblo que habÃa adorado a Chávez, o de esa masa desintegrada por el propio Chávez o reprimida ferozmente por Maduro, la que encontró en MarÃa Corina y su espiritualidad la lÃder que les correspondÃa: una actitud que no se expresaba en términos polÃticos sino morales, una que buscaba la pureza del odio y del amor compartido en contra de un enemigo absoluto y total, y no por último, una que aceptaba medirse en elecciones solo cuando la candidata fuera ella, o un elegido por ella, y nunca alguien de «los otros».
*Lea también: Del antiimperialismo de espectáculo a la genuflexión, por José Rafael López P.
Sin querer generalizar, hay naciones en cuya historia se han incubado los virus populistas. Pensemos en Argentina, donde el mileÃsmo aparece como un populismo de derechas en contra del populismo de izquierda o peronismo. Puede que Venezuela pertenezca a ese tipo de naciones.
Como sea, el chavismo dejó de ser populista bajo Maduro y se convirtió en una simple dictadura militar con fachada civil. El recién emergente chavismo, el tercer chavismo, el de Delcy RodrÃguez, se define en cambio como un gobierno de transición que busca la recuperación económica y polÃtica del paÃs.
Por ahora está apelando al centro polÃtico y al resto de la oposición moderada no machadista. Puede que, en esa empresa, tenga algún éxito. El centro polÃtico, después de la represión brutal a que fuera sometido por Maduro y a los ataques brutales recibidos desde la esquina machadista por lÃderes centristas como Capriles, se encuentra muy fracturado.
Puede ser, sin embargo, que la flexibilización que deberá imponer RodrÃguez ayude a recuperar ese centrismo que en ocasiones anteriores lograra grandes victorias electorales, como fueron las elecciones plebiscitarias del 2007 y las parlamentarias del 2015. Al menos la sensación general es que lo peor, la tenebrosa dictadura madurista, ya es pasado.
Pero la extirpación de Maduro solo fue un acto simbólico, el aparato chavomadurista sigue intacto, nos dirán. De acuerdo. Pero la polÃtica es simbólica y por lo tanto, los sÃmbolos pueden ser, más que importantes, decisivos.
La democracia venezolana está y se ve, lejos. Pero si las cosas no se hacen demasiado mal, el madurismo se verá también cada dÃa más lejos. Para eso será necesario restituir el fatigoso trabajo de la polÃtica, el de una polÃtica que supone recobrar el lenguaje racional y logre despedirse de la pose épica.
La democracia venezolana está y se ve, lejos. Pero si las cosas no se hacen demasiado mal, el madurismo se verá también cada dÃa más lejos. Para eso será necesario restituir el fatigoso trabajo de la polÃtica, el de una polÃtica que supone recobrar el lenguaje racional y logre despedirse de la pose épica.
Aprender a conversar con los adversarios, a hacer pactos y alianzas con enemigos comunes y, no por último, a mostrar al poder ocupador, el de los EEUU, que la escena polÃtica venezolana no solo está ocupada por chavistas y machadistas, sino, además, por demócratas que buscan con ahÃnco la reconstitución de la nación, con todas sus diferencias y antagonismos. En fin de los que saben que la democracia perfecta no existe en esta tierra, pero si existe una que puede ser hoy mejor que la de ayer.
Fernando Mires es (Prof. Dr.), Historiador y Cientista PolÃtico, Escritor, con incursiones en literatura, filosofÃa y fútbol. Fundador de la revista POLIS.Â
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artÃculo
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