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Un bluff llamado Álvaro

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Un bluff llamado Álvaro

Álvaro Arbeloa, entrenador del Real Madrid / Europa Press

El efecto Arbeloa duró poco. Muy poco. Como un espumoso barato: ruido al abrir, gas en el descorche… y sin llegar ni al brindis. Álvaro ya no engaña a nadie. Ni al madridismo. Ni al vestuario. Ni, lo que es peor, a sí mismo.

Su balance al frente del Real Madrid será paupérrimo. Aunque se mantenga altivo en sus discursos. Llegó con el pecho inflado. Con el discurso del club. Con el ADN madridista de raza. Con veinte años "en esta casa". Con el lenguaje de los que se saben intocables porque les han designado a dedo desde el despacho de quien todo lo decide.

Llegó como si saber qué es el Madrid bastara para entrenarlo. Espóiler: no basta. Su debut fue un manual del horror. El Albacete. Un segunda. Un equipo en descenso. Derrota 3-2. Será historia en la Copa del Rey. La primera vez que el Albacete ganaba al Madrid. No le salvó ni la niebla. Una metáfora perfecta que nunca vio con claridad. Mañana se lo juega todo a una carta. La de siempre, la Champions. Su última bala. La que siempre salva a los que no merecen ser salvados. Esta temporada, ni eso parece garantizado.

Arbeloa es un cachorro del presidente con pizarra. Un tipo que ha confundido lealtad con capacidad. Un defensor acérrimo del madridismo, sí. Ha querido ser muchas cosas. Portavoz del club. Escudo del presidente. Altavoz de los jugadores. Tan dócil y sumiso con la directiva, como indolente con las estrellas. Defensor del indefendible Vinicius.

Porque esto no va de resultados, que tampoco los ha tenido. Va de jerarquía. De peso. De mando. Y no ha tenido nada de eso. En definitiva: un técnico débil. Mal síntoma. Atrapado en ese ecosistema donde el entrenador no dirige… sobrevive.

El vestuario manda en Valdebebas. Siempre ha mandado. Y cuando llega un técnico tibio, el vestuario lo sabe en diez minutos. Lo olió. Lo devoró. Él creyó que era alineación. Incluso cuando el contexto pedía otra cosa: gestión, corrección, autoridad. Eligió agradar.

Entró en esa cocina creyendo que era el chef. Le pusieron el delantal y le mandaron a fregar. Y lo aceptó. El 'Síndrome del impostor' elevado al máximo nivel. Eso sí, ha hablado más de lo que ha construido. Sosteniendo discursos que ni el propio campo le ha validado. El pez muere por la boca.

Quedará significado como un portavoz con chándal. Y en el fútbol, como en la vida, quien habla demasiado… acaba retratándose. Porque el problema no es lo que gana. Es lo que proyecta. Y proyecta fragilidad. Ni siquiera su apuesta por los jóvenes le sostiene. Porque apostar por jóvenes no es ponerlos. Es hacerlos crecer. Y eso requiere método. Y liderazgo. Dos conceptos que no han aparecido.

Sin recorrido. Sin visión. Sin futuro. Ha dinamitado su propia carrera. Por precipitación. Por exposición. Por creerse más hecho de lo que realmente estaba. Quedará lo que dijo en las ruedas de prensa, no lo que hizo en el campo. El banquillo del Madrid es un tribunal. Si, además, los resultados emiten veredicto y están en tu contra. Eres culpable. Hoy, ya, no le salvaría ni una Champions. Game over.

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