El fútbol explicado desde el banquillo
El fútbol explicado desde el banquillo
Pep Guardiola, en rueda de prensa / @ManCity
El banquillo no miente. Antes o después, retrata al entrenador. Dice qué piensa del fútbol su morador. Y, de paso, qué interpreta del aficionado al que representa. Si lo respeta o si lo usa. Si quiere seducirlo o simplemente anestesiarlo. Porque competir es definir la semántica con que quieres hacerlo.
Para unos, es proponer. Para otros, es amarrar. Para unos, ganar es una consecuencia. Para otros, es la coartada para obtener un objetivo. Es como compites, como piensas, como hablas, como interpretas. Flick es valiente, quizás demasiado. No porque ataque mucho, sino porque se expone con su fin. Porque acepta que el fútbol es riesgo, espacio, ida y vuelta, error y corrección.
Sus equipos quieren la pelota para bu scar la portería contraria con la voluntad de hacer daño. Van hacia delante. Se equivocan por faltos de control. Tan intimidantes como ingenuos. Pero hacen algo mucho más importante: invitan a mirar. Sus partidos siempre están abiertos, sea cual sea el marcador. Y ese detalle, en tiempos de calculadora y miedo, es revolucionario. Un entrenador que no encoge a sus jugadores, que les da un marco y luego les pide personalidad, un tipo que estará más cerca del fútbol que del reglamento de supervivencia.
En la otra esquina aparece Simeone, un reaccionario del fútbol. Ha hecho de la trinchera un dogma y del daño al rival, una devoción. Su libreto ya no sorprende: cortar, ensuciar, interrumpir, tensarlo todo. Convertir cada partido en una pelea de barro. Su Atlético compite, sí. Siempre compite. Pero demasiadas veces compite contra la esencia del fútbol mismo. Lo reduce, lo deforma, lo llena de colisiones, protestas y segundas jugadas. Ganar así también vale, por supuesto. Elimina al jugador porque denosta el exceso de talento. La cuestión es otra: cuánto estás dispuesto a degradar el espectáculo para seguir buscando tu objetivo.
Guardiola sigue siendo el más obsesivo. En el buen y en el mal sentido. Cuando acierta, eleva el juego a una coreografía de precisión clínica. Cuando se pasa de rosca, puede convertir al futbolista en una pieza absurda, casi domesticada por la estrategia del sistema. Pero incluso en su versión más maniática hay una idea noble: dignificar la pelota, ordenar el caos, entrenar para perfeccionar. Sus equipos pueden resultar tan excesivos como los de Bielsa y tan maravillosos como los de Cruyff, le delatan sus debilidades. En este oficio, su devoción por ser el mejor, ya lo separa de prácticamente todos.
Arteta es meticuloso. Hijo aventajado de la escuela del detalle, aprendió y bien de Pep. Ha construido su Arsenal: serio, reconocible, competitivo. A veces demasiado estructurado, demasiado pendiente del mecanismo y no tanto de la improvisación, seguramente con la voluntad de buscar su propio sello. Pero hay crecimiento, hay trabajo, hay una voluntad clara de hacer mejores a los jugadores. No sólo de alinearlos. Que es, en el fondo, la gran frontera entre un entrenador y un repartidor de camisetas. Al final, no hay trampa: El banquillo revela al personaje. Ganar importa. Aportar al deporte más grande, también.
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