27 Ago, 2022 | "Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida".

Releer "Estambul", de Orhan Pamuk, es revivir mucha nostalgia: él por su ciudad aun estando en ella, yo por mi isla de la que me encuentro muy lejos.

Mis ojos se detienen en la peinadora, al frente de mí, en la linterna recargable que reposa allí y que está por apagarse.

"Tenía once años. El policía y yo nos hicimos amigos. Me dejaba vender Salvavidas, pistacho, maní dulce, chicle, tostón... cada uno a un real y medio. Otros chamitos querían hacer lo mismo, pero él no los dejaba y se molestaban conmigo".

Estar con mi papá es como abrir un libro: de niño trabajó en las calles de Caracas, y sus memorias sumadas a su tristeza por la distancia nunca faltan cuando nos vemos, sobre todo al caminar juntos.

"Un italiano vendía papas fritas. Costaban un real. El policía lo quería sacar".

"Ni se me pasaba por la cabeza irme de Estambul. Y no porque la ciudad me encantara ni porque la amara consciente o apasionadamente, sino porque soy una persona que, por instinto, abandona a duras penas sus costumbres y los lugares en los que vive y especialmente perezosa a la hora de cambiar de espacio, entorno, casa o barrio. Ya por aquellos tiempos empecé a descubrir que yo era alguien que podría vivir siglos vistiendo y comiendo todos los días lo mismo sin aburrirse mientras pudiera forjarme fantasías salvajes.

Las cuestiones básicas, como las de qué sería en el futuro, cuál era el sentido de la vida y cuál debía ser, las hablaba con mi padre durante los paseos en coche que por aquella época dábamos juntos los domingos por la mañana. Todos los domingos mi padre me subía al coche (un Ford Taunus modelo de 1966), encendía la radio y pisaba el acelerador con cualquier excusa, visitar las obras de algún depósito o una estación que la compañía Aygaz, de la que era director, estuviera construyendo cerca de Büyükçekmece, en Ambarh, dar un paseo por el Bósforo, salir a comprar cualquier cosa o pasar por casa de la abuela".

Aún sin electricidad. Se ha apagado la linterna; me queda la del teléfono celular, aunque tiene poca carga.

"Todos los días vendía 50 bolívares. Ganaba el doble".

En la pared, el reloj, el sonido de sus manecillas parece seguir la canción: "y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas".

"Mientras avanzábamos por las calles y avenidas, desiertas los domingos por la mañana, del Estambul de finales de los sesenta y principios de los setenta, por barrios a los que nunca habíamos ido antes, escuchando las canciones de 'música ligera occidental' que sonaban en la radio (los Beatles, Sylvie Vartan, Tom Jones y demás), mi padre me contaba alegre que lo más importante en la vida era que uno se comportara como le salía de dentro, que el dinero no era un fin en sí mismo sino un medio que había que utilizar si era necesario para ser feliz, o cómo había escrito poesía en habitaciones de hotel en París, adonde se había ido en tiempos abandonándonos, cómo había traducido al turco los poemas de Valéry y cómo un tironero le robó la maleta llena de poemas y traducciones durante un viaje a América que hizo años después. Sabía que nunca olvidaría nada de lo que me contaba saltando de tema en tema adaptándose a las subidas y bajadas de la música, a la continua sucesión de calles o al propio fluir de las historias".

"Fue en el Terminal de Nuevo Circo. Las muchachas me decían por qué no vendes papas...".

Pienso todo esto mientras creo continuar mi lectura.

Zahle, 27 de agosto de 2022.

QOSHE - En el Terminal de Nuevo Circo - Dalal El Laden
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close
Aa Aa Aa
- A +

En el Terminal de Nuevo Circo

3 1 3
28.08.2022

27 Ago, 2022 | "Uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida".

Releer "Estambul", de Orhan Pamuk, es revivir mucha nostalgia: él por su ciudad aun estando en ella, yo por mi isla de la que me encuentro muy lejos.

Mis ojos se detienen en la peinadora, al frente de mí, en la linterna recargable que reposa allí y que está por apagarse.

"Tenía once años. El policía y yo nos hicimos amigos. Me dejaba vender Salvavidas, pistacho, maní dulce, chicle, tostón... cada uno a un real y medio. Otros chamitos querían hacer lo mismo, pero él no los dejaba y se molestaban conmigo".

Estar con mi papá es como abrir un libro: de niño trabajó en las calles de Caracas, y sus memorias sumadas a su tristeza por la distancia nunca faltan cuando nos vemos, sobre todo al caminar juntos.

"Un italiano vendía papas fritas. Costaban un real. El policía lo quería........

© Sol de Margarita


Get it on Google Play