¿Atrapada detrás de los barrotes de la clausura monástica? |
Una francesita que visitaba Armenteira me retó la semana pasada. Como algo excepcional me tocó recibir a un grupo de jóvenes para hablarles de la vida monástica por unos minutos, y al explicarles que rara vez salgo de la clausura, se burló y me preguntó con desprecio: ¿Ça sert à quoi? (¿y eso de qué sirve? o ¿para qué sirve?).
Me pareció muy interesante su pregunta porque trata de juzgar el concepto de vivir enclaustrada en base a que tan útil es. Es muy raro desmerecer algo o admirarlo solamente en base a su utilidad. Hay muchas cosas inútiles que disfruto profundamente, como sentarme a ver el amanecer en silencio, cantar quedito cuando estás feliz entre murmullos mientras limpias, pasear por el jardín observando los pajaritos, bostezar (los científicos no han descubierto aún de que sirve realmente bostezar), etc. Pero una vez hecha la pregunta, ¿por qué no abordarla de frente?
Hay muchos aspectos de la clausura interesantísimos que escapan al curioso que nunca ha tenido la oportunidad de vivir esa experiencia. Lo primero que resalta es el encierro y que nuestras recámaras para vivir y dormir se llaman celdas. Más allá de la historia del monacato y de la forma en la que comenzó la vida cenobítica, impresiona cómo se percibe hoy desde el exterior y me preguntan seguido que si es como estar en una cárcel. Me parece sorprendente que se perciba así porque quien haya tenido el privilegio de experimentarlo sabrá que es una práctica muy liberadora.
Me topo hoy de nuevo con la dificultad para explicarlo a alguien que no lo haya vivido, y lo mejor que se me ocurre es narrar una anécdota. Hace más de una década, cuando estaba en pleno discernimiento vocacional, un monje me hizo el favor de conseguir que una monja carmelita (de estricta clausura) me diera una audiencia en un monasterio en Austria. Nos recibió a mi amiga Paty Paulsen y a mí en un cuartito dividido por dos enormes rejas de barrotes de hierro (una detrás de la otra, como sándwich). La monja no se encontraba sola, sino con la madre superiora sentada a su lado para supervisar nuestra reunión. Me di cuenta rápidamente que esa reja no estaba ahí para atraparla a ella, sino para protegerla de nosotras. Se le veía libre, plena, gloriosa, esperanzada y risueña. No se requirió mucha cabeza para caer en la cuenta de que la encerrada no era ella, sino yo. En esas fechas yo estaba encadenada, más que ahora, a mi egoísmo, a mis vicios, a los prometedores pero insatisfactorios atractivos del mundo, y sobre todo, a mi luto y tristeza. Diez años después, ya cerca a consagrarme y camino a la reunión de los ermitaños de Alemania, volví a tener esa misma experiencia. De nuevo junto a una querida amiga (mi comadre la sabia) fuimos a un monasterio carmelita cerca de Beirut. La vivencia fue idéntica, y el eco de la reunión 10 años atrás me llevó esta vez a las lágrimas durante casi todo el encuentro. Mi deseo por consagrarme lo sentí más profundo que nunca porque pude visualizar claramente en esa reunión en Líbano que yo me encontraba en el lado equivocado de los barrotes y seguía atrapada detrás de ellos: afuera.
Supongo que la manera en que se puede resumir es como me lo explicó el Padre Johannes Paul, Prior de la abadía Cisterciense de Heiligenkreuz: “No es que nosotros no podamos salir, es el mundo al que no dejamos entrar”. La hermana Paula, priora de Armenteira publicó en una entrevista: “Aquí no existen murallas, las murallas son de fuera hacia dentro, no de dentro hacia fuera”. Es importante reflexionar, creo yo, a qué le damos permiso de entrar a nuestras vidas. No todo es bueno, no todo es deseable, y es muy esperanzador pensar que está en tus manos decidir a qué le das acceso. Aquí en la clausura yo no extraño para nada el........