Trump y sus ciudades desechables
Hay palabras que pueden resultar desafortunadas cuando las pronuncia cualquier persona, pero que adquieren una dimensión completamente distinta cuando salen de la boca del presidente de Estados Unidos.
Donald Trump acaba de protagonizar otro episodio que obliga a preguntarnos hasta dónde puede llegar la irresponsabilidad del lenguaje político cuando quien habla tiene bajo su mando el mayor poderío militar del planeta. En un mitin en Nebraska, mientras defendía la guerra contra Irán y explicaba que el aumento de los precios de la gasolina era un costo relativamente pequeño frente a los riesgos que, según él, enfrenta su país, mencionó la posibilidad de que los iraníes acabaran con ciudades estadounidenses y escogió dos nombres concretos: Los Ángeles y San Diego. Sus palabras resultaron tan desconcertantes que durante horas se discutió si estaba considerando aceptable su destrucción, si improvisaba una advertencia o si simplemente había convertido la eventual muerte de millones de seres humanos en otra de sus acostumbradas expresiones extravagantes. La Casa Blanca tuvo que intervenir para explicar lo que quiso decir. Y ahí comienza precisamente el problema: cuando un presidente habla de la posible destrucción de ciudades enteras, el mundo no debería necesitar intérpretes para averiguar si está intentando protegerlas o si las considera prescindibles.
La frase surgió mientras Trump defendía el costo económico de la confrontación con Irán. Según la explicación oficial, pretendía sostener que pagar más por combustible representaba un sacrificio menor comparado con permitir que aquel país adquiriera capacidad nuclear suficiente para amenazar territorio estadounidense. Esa interpretación encuentra respaldo en otras declaraciones suyas y no sería correcto afirmar que inequívocamente invitó a Irán a destruir Los Ángeles o San Diego. Pero lo que efectivamente dijo fue suficientemente confuso para provocar indignación, y la secuencia en que mencionó aquellas ciudades, utilizando la expresión inglesa take out, normalmente asociada con eliminar o destruir un objetivo, convirtió una supuesta advertencia de seguridad nacional en una controversia sobre la manera en que el propio presidente habla de sus compatriotas.
La reacción en California fue inmediata. El gobernador Gavin Newsom denunció las expresiones presidenciales y las autoridades de las ciudades mencionadas cuestionaron la ligereza con que se habló de semejante posibilidad. Incluso algunas figuras republicanas consideraron necesario marcar distancia y recordar que ninguna ciudad estadounidense puede ser tratada como sacrificable. Trump volvió sobre el asunto posteriormente, en Texas, y afirmó que su gobierno no permitiría que ocurriera una destrucción semejante. Esa aclaración importa y debe reconocerse, pero tampoco elimina el hecho de que millones de personas escucharon primero a su presidente hablar de sus ciudades de una manera que permitió precisamente la interpretación contraria.
Los Ángeles y San Diego no son referencias abstractas colocadas sobre un mapa para ilustrar un argumento de campaña. Son ciudades vivas, complejas, densamente pobladas, con universidades, hospitales, escuelas, puertos, industrias, centros tecnológicos, barrios, familias y comunidades que representan una parte fundamental de la sociedad estadounidense. Los Ángeles constituye uno de los grandes centros económicos, culturales y creativos del mundo. San Diego, además de su importancia comercial, científica y turística, posee instalaciones militares estratégicas y mantiene una vinculación extraordinariamente profunda con México. Hablar de su posible destrucción no equivale a mencionar dos nombres durante una discusión geopolítica. Significa hablar de personas concretas, de familias enteras y de una tragedia humana de proporciones inimaginables.
Y para nosotros, los mexicanos, San Diego tiene una significación adicional. Su relación con Tijuana constituye uno de los espacios binacionales más intensos de América del Norte. Miles de familias viven de un lado y trabajan del otro, numerosas empresas operan en ambos territorios y la vida cotidiana de las dos ciudades está profundamente entrelazada. Los Ángeles, por su parte, alberga una comunidad mexicana y de origen mexicano inmensa, cuya participación económica, social y cultural forma parte inseparable de la historia contemporánea de California. Cuando Trump utiliza esos nombres para ilustrar una amenaza de guerra, está hablando también de ciudades donde viven millones de personas vinculadas familiarmente con México.
Pero hay otro elemento que vuelve especialmente delicado el episodio. California no es cualquier territorio dentro de la........
