Nunca fue orden, fue terror |
Hace cincuenta años, Argentina no fue rescatada: fue tomada. No hubo salvación institucional ni operación de emergencia para corregir el rumbo de un país en crisis. Hubo, en cambio, una ruptura deliberada del orden democrático para imponer un régimen que convirtió al Estado en maquinaria de persecución. Conviene decirlo sin rodeos, porque el tiempo suele suavizar lo que en su momento fue brutal: no se trató de un “proceso” ni de una “reorganización”, sino de un golpe que instaló el terror como método.
Quienes aún intentan envolver aquel episodio en matices complacientes olvidan —o prefieren olvidar— que la dictadura no administró una coyuntura, sino que desmanteló derechos, instituciones y vidas. No fue un gobierno duro: fue un sistema que secuestró, torturó y desapareció a miles de personas bajo la lógica de que el fin justificaba cualquier medio. Y cuando el Estado decide que todo está permitido, la sociedad queda indefensa.
A medio siglo de distancia, el riesgo es claro: que la memoria se desgaste, que el horror se vuelva relato distante, que la indignación pierda filo. Es el terreno ideal para los revisionismos cómodos, esos que sugieren que “no todo fue tan grave” o que “algo había que hacer”. Ese tipo de argumentos no solo distorsionan la historia: la vuelven peligrosa, porque abren la puerta a que lo inadmisible encuentre nuevas justificaciones.
El golpe de 1976 no ocurrió en un vacío. Argentina........