Cuando el poder dispara y el mundo agacha la mirada

No estamos ante un abuso más, ni frente a una tragedia que pueda archivarse como exceso aislado. Lo ocurrido en Minnesota —la muerte de una civil a manos de un agente del ICE y la operación política posterior para justificarla— es la expresión más descarnada, hasta ahora, de un modelo de poder que ha decidido gobernar desde la violencia institucional y blindarla mediante la mentira.

Un Estado puede matar; la historia lo demuestra sin piedad. Lo verdaderamente alarmante es cuando todo el aparato gubernamental se activa para ensuciar a la víctima, absolver al ejecutor y exigir silencio. En ese punto ya no hay error del sistema: hay un sistema funcionando exactamente como fue concebido.

Donald Trump no pidió prudencia ni investigación. Hizo lo contrario. Cerró filas, defendió al agente y convirtió el homicidio en una pieza más de su retórica de orden, miedo y fuerza. El mensaje fue directo: el uso letal de la violencia federal no solo está permitido, está políticamente protegido.

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