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Cuando morir deja de ser una decisión privada

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wednesday

El caso de Brigitte Stegemann, una mujer de 83 años que murió en Canadá mediante el sistema de asistencia médica para morir, vuelve a colocar sobre la mesa una discusión que nuestras sociedades no deberían resolver con ligereza: ¿hasta dónde puede llegar el Estado cuando convierte la muerte provocada en una prestación médica?

La familia de Stegemann sostiene que ella no comprendió plenamente lo que ocurriría, que había manifestado dudas y que incluso, poco antes del procedimiento, habría expresado que había cometido un error. Esas afirmaciones forman parte de una controversia que debe ser investigada y esclarecida por las autoridades. No corresponde afirmar, sin una resolución, que fue asesinada. Pero el simple hecho de que exista una duda razonable sobre el consentimiento de una persona que terminó muerta debería obligarnos a reflexionar.

Yo estoy en contra de la muerte asistida. Y no lo estoy desde la intención de juzgar a quien, enfrentado al dolor insoportable o a una enfermedad terminal, piensa de manera distinta. Sería demasiado fácil opinar desde afuera sobre el sufrimiento de otra persona. Mi posición tiene que ver, sobre todo, con algo que considero fundamental: el deber de una sociedad y de la medicina debe ser acompañar, aliviar y cuidar al ser humano hasta el final, no provocar deliberadamente su muerte.

Durante siglos construimos la medicina alrededor de una idea elemental:........

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