8M: Sobreviví… y hoy ya entiendo para qué
El 8 de marzo no es una fecha cómoda.
No es una efeméride para flores ni para discursos institucionales que duran lo que dura una sesión solemne. Es una fecha incómoda porque obliga a mirar de frente una realidad que muchos preferirían ignorar: que la violencia contra las mujeres sigue existiendo y que la impunidad sigue siendo una de sus principales aliadas.
Ese día abundan los discursos. Los mensajes de solidaridad. Los moños morados. Las declaraciones institucionales.
Pero la verdadera pregunta no es qué se dice el 8 de marzo. La verdadera pregunta es qué ocurre cuando una mujer denuncia violencia.
Porque detrás de las cifras, de los informes y de las consignas existen historias concretas. Historias que no son estadísticas ni teorías académicas. Historias que tienen nombres, fechas, expedientes judiciales y consecuencias reales.
La mía es una de ellas.
En agosto de 2023 denuncié a mi entonces pareja, Alejandro Yapur Chedraui, por delitos graves: violación, violencia familiar y contra la intimidad sexual.
Durante mucho tiempo, lo que desde fuera parecía una relación normal escondía un patrón que muchas mujeres reconocerán de inmediato.
La violencia rara vez empieza con un golpe.
Empieza con el control. Empieza con los celos obsesivos. Con las acusaciones constantes. Con la vigilancia permanente sobre con quién hablas, a quién ves o a dónde vas. Empieza con la manipulación emocional.
“Me junté contigo y valió madre todo.”
“Antes me salían mejor las cosas.”
“No contestes cerda.”
“Mínimo yo no veo que valgas nada.”
“No sabes hacer nada sola.”
“Eres la peor niña de México.”
Estas no son frases sueltas.
Son el........
