Presidenta: Lucifer (la nadería electoral) masticará eternamente al PVEM y al PT

En el noveno círculo del infierno de La Divina Comedia, el centro está ocupado por Lucifer, quien castiga a los peores traidores. Son tres a quienes el príncipe de los demonios mastica eternamente con sus tres bocas: en las laterales a Bruto y Casio, quienes conspiraron contra Julio César, y en la boca central a Judas Iscariote, quien vendió a Jesucristo.

El castigo al peor de los pecados, la traición, es el de la desintegración infinita en las fauces de Lucifer, proceso en el que los pecadores no mueren, sino que se reducen a la nadería del averno.

Empiezan a perfilarse —y en realidad ya se exhiben sin disimulo— dos traidores a la 4T: Alberto Anaya, líder del Partido del Trabajo, y Manuel Velasco, figura central del Partido Verde Ecologista de México, quienes se niegan a respaldar la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum.

La presidenta tiene dos opciones para minimizar el daño por las traiciones: recurrir a la filosofía o a la ciencia política —Hannah Arendt, Nicolás Maquiavelo— o a la literatura —Dante Alighieri, William Shakespeare—.

Si Claudia Sheinbaum me preguntara le diría que no pactara con senadores tan desleales como Anaya y Velasco, quienes en un momento decisivo para el movimiento de izquierda que tanto poder les ha dado, están optando ambos por la conveniencia y el cálculo antes que por la lealtad, que de concretarse significará una no tan grande ruptura en la 4T que costará trabajo reparar, pero que se reparará.

La presidenta Sheinbaum no debería olvidar que Morena nació precisamente cuando, más por convicción que por cálculo pragmático, Andrés Manuel López Obrador, la propia Claudia Sheinbaum y otras personalidades de la izquierda —Rosa Icela Rodríguez, Alfonso Durazo, Luisa María Alcalde, etcétera— decidieron dar la espalda a fuerzas políticas desleales, como el Partido de la Revolución Democrática, ya desaparecido y entonces dominado por los chuchos, y Movimiento Ciudadano, encabezado por Dante Delgado.

Los proyectos políticos nacen y se consolidan de muchas maneras, también en las rupturas, que son la salida ética al laberinto de las lealtades agotadas. A veces, en momentos clave, la convicción debe imponerse al pragmatismo y abrir un nuevo cauce.

Si Dante castiga a los traidores con las fauces de Lucifer, Shakespeare les condena a algo que, para la gente de la política, puede ser todavía peor: la caída en vida. En la lógica de Julio César, Shakespeare condenaría a Anaya y Velasco a la autodestrucción electoral por su propia miopía.

En la obra de Shakespeare los traidores, Casio y Bruto, quedan aislados en el Campo de Marte. Pensaron que el pueblo los iba a aclamar por haber apuñalado a Julio César, pero se equivocaron: el pueblo —después del famoso discurso de Marco Antonio— los despreció.

En la lógica de Shakespeare, la presidenta no necesita perseguirlos, sino solo mostrarle al pueblo —con un discurso bien estructurado— las heridas que ellos le causaron a la 4T. La indignación popular hará el resto del trabajo dantesco: irán los dos partidos parásitos a la nadería electoral, esto es, volverán a sus porcentajes insignificantes del 3% o 6% en las urnas de votaciones.

Claro está, Maquiavelo diría que un discurso que lastima pero no mata es peligroso. Si Sheinbaum habla pero no actúa, el PT y el Verde se volverán enemigos peligrosos que no habrán perdido el poder que Morena les regaló. Por lo tanto, cualquier mensaje de la presidenta debe ir acompañado del hielo del noveno círculo del infierno de la política: el retiro de posiciones y presupuestos.

Si Velasco (Verde) y Anaya (PT) son Casio y Bruto, ¿quién es el traidor mayor, el Judas Iscariote? Hay varios candidatos, pero sin duda lo será la suma de Verde y PT, absolutamente inmorales, si terminan bloqueando la reforma electoral?


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