La guerra que no cabe en un mapa: Ormuz entre la máquina multidominio y la guerra híbrida de Irán |
Unos seis siglos antes de que las minas y misiles convirtieran el estrecho de Ormuz en sinónimo de guerra, por allí pasó una flota muy distinta.
En 1421, la gigantesca flota del tesoro de la dinastía Ming de China, al mando del almirante Zheng He, llegó a Ormuz cargada de seda, porcelana y regalos imperiales para los soberanos del Índico y del Golfo Pérsico. Para los cronistas chinos, aquel puerto era un nudo comercial de la ruta marítima de la seda; para algunos historiadores contemporáneos, esas mismas naves pudieron haber seguido más allá del cabo de Buena Esperanza y alcanzado las Américas décadas antes de Cristóbal Colón, en una hipótesis tan controvertida como sugerente sobre quién fue realmente el primer almirante en cruzar los océanos.
El estrecho de Ormuz es una franja de agua de unos 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico. En su interior, dos canales de navegación de apenas tres kilómetros de ancho cada uno, separados por una zona de seguridad, canalizan el paso diario de decenas de petroleros y buques de gas natural licuado. A un lado se encuentra Irán; al otro, Omán y los Emiratos Árabes Unidos. Bastan unos cuantos kilómetros de mar bloqueados o minados para afectar la salida de crudo de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Catar y del propio Irán.
En la tradición geopolítica clásica, Alfred Thayer Mahan, el padre de la estrategia marítima de EE. UU., explicó que la grandeza de una potencia depende de su capacidad para controlar las rutas de comercio y los pasos estrechos por donde circula la riqueza del mundo. Ormuz cumple hoy ese papel: es el punto donde se cruzan la teoría de Mahan y la práctica de la hegemonía estadounidense.
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Para Washington, garantizar el paso por este estrecho no es solo una obligación jurídica derivada del derecho del mar; es la condición para seguir ejerciendo su papel de garantía del orden energético y financiero que se articula alrededor del dólar y representa, según la US Energy Information Administration (EIA), en 2024 un flujo de petróleo cercano a los 20 millones de barriles diarios, equivalente al 20 % del consumo mundial de líquidos derivados del crudo y algo más de una cuarta parte del comercio marítimo de petróleo.
La misma EIA indica que cerca del 20 % del comercio global de gas natural líquido, GNL, transitó por Ormuz en 2024, principalmente desde Catar. Para Irán, en cambio, la posibilidad de bloquear o amenazar ese paso, utilizándolo como herramienta estratégica, es la forma más eficaz de recordarle al mundo que ningún orden global puede considerarse estable si no toma en cuenta el corazón político, religioso y militar de la República Islámica.
La teoría de la estabilidad hegemónica sostiene que el sistema internacional es más estable cuando existe una potencia que fija las reglas, asume los costos de protegerlas y castiga a quien las viola. Eso es exactamente lo que Estados Unidos y sus aliados intentan demostrar en Ormuz: que todavía son capaces de defender, —con portaaviones y sus grupos de ataques, sanciones y misiles—, un bien público llamado seguridad energética global. El problema es que al otro lado no hay un actor débil, sino un régimen que ha aprendido a usar ese mismo estrecho como arma, combinando minas, misiles, drones, milicias y guerra de información para mostrar que la hegemonía también puede sangrar.
En este contexto, la decisión de Estados Unidos e Israel de atacar directamente a Irán no surge de un cálculo improvisado, sino de una acumulación de amenazas que sus servicios de inteligencia presentan como confirmadas.
Para Washington, la prioridad específica es impedir que Teherán cruce el umbral nuclear: un país que ya domina el enriquecimiento de uranio a altos niveles y que dispone de misiles balísticos capaces de alcanzar bases estadounidenses, capitales aliadas y, en teoría, el propio territorio europeo, es visto como un candidato natural a convertirse........