Mauricio Gaona advierte sobre la dictadura constitucional

Salí de esa entrevista con el constitucionalista Mauricio Gaona sin ganas de escribir sobre otra cosa. No porque fuera una conversación dramática, sino porque fue brutalmente lúcida, y la lucidez sobre lo que se nos viene es más perturbadora que cualquier grito. El profesor Gaona lleva meses diciendo lo mismo en radio, en SEMANA, en El Colombiano, en El Tiempo, en la Universidad EIA, y cada vez que lo repite lo hace con más fundamento y con más urgencia. Uno ya no puede alegar que no sabía.

J. Mauricio Gaona, Oppenheimer Scholar y O’Brien Fellow, es uno de los constitucionalistas más reconocidos del país. Es hijo del magistrado Manuel Gaona Cruz, asesinado en el asalto al Palacio de Justicia en 1985 por el M-19. Cuando habla de cómo mueren las democracias, no lo hace desde la política, sino desde el estudio de procesos reales en los que el poder ha terminado concentrándose. Y lo que repite con una consistencia que debería quitarle el sueño a cualquier ciudadano que piense es esto: no se trata de elegir un presidente, sino de determinar si estamos eligiendo al último. Porque si pasa lo que el Gobierno propone, no estaríamos cambiando unos artículos de la Constitución, estaríamos pasando de la democracia a la dictadura constitucional.

Lo dijo hace una semana. Lo dijo hace tres meses. Lo dijo hace un año. La frase no cambia, porque el riesgo no cambia.

El mecanismo que Gaona nombra como dictadura constitucional no viene con tanques en la calle ni con golpe de madrugada. Viene disfrazada de refundación, de garantías, de superación de bloqueos institucionales. Se convoca una asamblea constituyente con argumentos que suenan razonables, casi nobles, y cuando uno se da cuenta de lo que está pasando, ya no hay a quién apelar porque las cortes fueron copadas, el Congreso se convirtió en un departamento más del Ejecutivo y la Constitución dejó de ser la norma de normas para ser la voluntad del gobernante de turno. A ese proceso, que ya lo hemos visto en Venezuela, en Nicaragua, en Bolivia, muchos lo llaman sin eufemismos, Democratic blending, el camuflaje democrático con el que arrancan todas las tiranías modernas del continente.

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Petro ha respondido a estas advertencias descalificándolo y refiriéndose a su postura como “ignorancia jurídica”. Ese fue su argumento. El constitucionalista que dejó a Eduardo Montealegre sin respuesta ante los micrófonos de medio país recibió como réplica un insulto presidencial. Gaona contestó con una elegancia que duele más que cualquier ataque. Pero más allá del intercambio, lo que ese episodio revela es algo que los colombianos no pueden ignorar: un presidente que no puede debatir las ideas ataca a quien las expresa. Eso también tiene nombre en cualquier manual de ciencia política.

Por otro lado, ahora vienen las elecciones y el panorama que pinta Gaona es tan claro como inquietante. Como bien lo explicó, Iván Cepeda no ha alcanzado su techo. Sigue creciendo. Y mientras él consolida votos, la derecha sigue dividida. Si uno se desploma, se activa lo que Gaona describe como una “implosión estadística”: uno se desinfla y arrastra al otro. Ese escenario, que expuso en su entrevista con El Colombiano, muestra la aritmética electoral.

Analizando un poco, en mi concepto, hay algo que agrava ese cuadro y lo vuelve cualitativamente distinto a todo lo que vivió la región antes. El proyecto de Cepeda no llega al poder desde cero. La izquierda radical ya entró a las elecciones legislativas del 8 de marzo con una base consolidada de cerca de 66 congresistas entre Cámara y Senado, una correlación de fuerzas que Hugo Chávez no tenía cuando llegó a Miraflores. Eso cambia todo. Una constituyente impulsada desde esa posición no tendría que abrirse paso contra el sistema sino desde adentro de él, con las mayorías ya en la mano, lo que acorta dramáticamente el tiempo entre la toma del poder y el control de las instituciones. Lo que en Venezuela tardó años, en Colombia podría medirse en meses. No se sorprendan si cierra el Congreso.

Si Cepeda llega a la Presidencia, no solo llega la continuidad del proyecto de Petro, sino su versión más radical, más ordenada, más presentable y más metódica. Y eso no lo hace menos peligroso, lo hace más. Cepeda no hace aspavientos. Habla de instituciones mientras trabaja para reconfigurarlas. La constituyente que Petro no logró formalizar encontraría en él a un ejecutor con mejor dicción y menos escándalos, que es exactamente la combinación que más debe preocuparnos. No se sorprendan si la constituyente termina desplazando al Congreso y reconfigurando la justicia.

Lo que Gaona plantea es incómodo porque obliga a hacerse una pregunta que nadie quiere responder antes de pararse frente a la urna. ¿Sabe el colombiano promedio que esta elección no es sobre economía, ni sobre seguridad, ni sobre pensiones? ¿Sabe que lo que está en juego es si nuestro país seguirá siendo una democracia o avanzará sin regreso hacia una dictadura constitucional?

Esa es la pregunta que me dejó el profesor en la entrevista del miércoles. Y la respuesta, dependiendo de lo que pase el 31 de mayo, no la escribiremos nosotros. La escribirá la historia, y con esa clase de historias no hay segunda edición.

Las elecciones legislativas ya dieron una señal que nadie debería minimizar. La votación del Pacto Histórico muestra hacia dónde está girando una parte importante del país. No define la presidencial, pero sí marca una tendencia que ignorar sería un lujo que Colombia no puede darse.

El campanazo ya está dado. Lo que venga después es nuestra responsabilidad.


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