La trampa final de Petro
Para entender el peligro que acecha a Colombia, hay que volver a lo básico: ¿para qué sirve una constitución? En cualquier democracia sana es un muro de contención. Su razón de ser es ponerle límites al gobernante de turno para proteger al ciudadano de los delirios de grandeza de quienes se sientan en el poder.
Thomas Jefferson lo resumió con una frase que hoy cobra vigencia: “Cuando se trata del poder, no basta confiar en los hombres; para que no hagan daño, hay que atarlos con las cadenas de la Constitución”.
Por eso, las constituciones incomodan a los sátrapas. A esos que creen que su voluntad debe prevalecer sobre la institucionalidad, los contrapesos les producen urticaria. La separación de poderes, la prensa libre y la independencia judicial son un estorbo para quienes pretenden sustituir el Estado de derecho por un mandato personal.
Como bien lo advierte el constitucionalista Mauricio Gaona en una radiografía oportuna y demoledora que tituló La constitución soy yo, el peligro real del populismo autoritario radica en un golpe directo al corazón del sistema: alterar el principio de supremacía constitucional. Es la trampa perfecta en la que la ley deja de ser el escudo de los ciudadanos y pasa a convertirse en el capricho del gobernante de turno, un delirio totalitario disfrazado como la ‘voluntad del pueblo’ o el ‘poder constituyente’.
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