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Colombia, un país de propietarios

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Como me comprometí la semana pasada, cuando quedó claro que el token inmobiliario es viable y puede anclarse al folio de matrícula, hoy paso de la estructura al instrumento. Con esta arquitectura, la teoría del título y el modo deja de quedarse en promesas y se vuelve política pública efectiva. Es la forma de lograr que la vivienda de interés social y la vivienda rural dejen de ser un simple eslogan para convertirse en propiedad real.

Durante décadas padecimos un dogma que convirtió el techo propio en una carrera de obstáculos. Cuotas iniciales inalcanzables, ingresos que la informalidad no permite certificar e hipotecas que terminan asfixiando a las familias. Los resultados están a la vista. Tenemos un arriendo permanente, constructores sin más alternativa que recurrir al crédito bancario tradicional y municipios amarrados a un catastro desactualizado.

El modelo no falló por falta de discursos; falló por falta de herramientas. Esa dinámica se rompe al implementar lo que ya funciona en otras partes del mundo: el modelo de tokenización de la propiedad.

Pensemos en miles de colombianos como Juan, un trabajador que aspira a una vivienda de interés social de 135 salarios mínimos. Hoy esa meta suele terminar en frustración a mitad de camino. Con la tokenización, su ahorro, el subsidio y el aporte del fondo de empleados entran directamente a una fiducia. La propiedad se divide en unidades digitales inscritas en la matrícula. En esta versión, la matrícula inmobiliaria no es un registro paralelo, sino un asiento digital dentro del mismo folio.

Así, Juan empieza a ser dueño a pedacitos desde el primer día. El banco financia únicamente el saldo restante. Mes a mes, conforme........

© Revista Semana