La política de los afectos |
El escándalo que hoy rodea a Juliana Guerrero no debe leerse como un episodio aislado de corrupción o de ambición juvenil; sería un error reducirlo a una persona. Juliana Guerrero es apenas el síntoma de una enfermedad mucho más profunda: la política de los afectos. Durante años, Gustavo Petro construyó su liderazgo sobre una promesa de superioridad moral. Convenció a millones de colombianos de que el problema del país no era solamente económico ni administrativo, sino ético; de que Colombia necesitaba un gobierno distinto porque quienes llegaban al poder hasta entonces habían confundido el Estado con un botín. Pero hay una diferencia enorme entre construir un relato moral y gobernar con ética. La moral es un discurso; la ética aparece cuando ese discurso incomoda a los propios. Es muy fácil denunciar la corrupción cuando está en la orilla de enfrente; lo verdaderamente difícil es actuar con el mismo rigor cuando los cuestionados hacen parte del propio círculo. Y es justamente ahí donde el poder desnuda a quienes lo ejercen.
Quien pasó décadas denunciando el clientelismo, la politiquería y las viejas prácticas terminó justificando, blindando o relativizando, incluso en televisión nacional, comportamientos que contradicen precisamente esa promesa de renovación moral. Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué un presidente decide defender una y otra vez a personas de su círculo, aun cuando........