Manuel Sacristán en la filosofía y en la universidad |
Leer en serio, auténtico leer, es referir las palabras patentes a esetodo latente dentro del cual quedan precisadas y con ello entendidas.José Ortega y Gasset, Comentario al banquete de Platón
Hace una veintena de años se colocó una placa enfrente del edificio de la Avenida Diagonal donde residió Manuel Sacristán. Hubo una ceremonia para celebrarlo. Se alzó un pequeño estrado. En la placa estaba escrito: «Manuel Sacristán Luzón (Madrid 1925-Barcelona, 1985). Pensador marxista, lógico y metodólogo de la ciencia, profesor y traductor. Vivió en la casa de la Avd. Diagonal 527. Barcelona Ciencia, 2007. Ayuntamiento de Barcelona».
Ya no está. Desapareció hace un par de años sin que haya noticia de que vayan a reponerla. En 2024 se me ocurrió escribir al Ayuntamiento preguntando por ella. Nadie me respondió. No es que tuviera demasiado interés. Fui educado durante el franquismo y tiendo a desconfiar de los homenajes oficiales. Aun así, no deja de parecerme de mal gusto esto de las placas de quita y pon.
Por otro lado, esta en concreto nunca me convenció. Bien está lo de pensador marxista, profesor y traductor. Incluso lo de lógico y metodólogo. Lo que ocurre es que estamos hablando de Manuel Sacristán. Un enemigo declarado del especialismo. Y que en ningún momento aparezca la palabra «filósofo» me resultaba extraño. No es que tenga yo nada contra la ciencia, la empresa sagrada de la razón. Pero referirse a ella dos veces mientras el término «filosofía» brilla por su ausencia… No sé. Se diría que es al profesor que propuso suprimir el grado de Filosofía en la Universidad a quien había decidido homenajear aquel pedazo de metal.
Filosofía y Universidad
No habría estado de más que la placa hubiera usado la palabra «filósofo». Tal cual. No recordamos a Kant como un «deductólogo transcendental» de las categorías. Nos basta la palabra «filósofo» para referirnos a él. Y en el caso de Sacristán pasa lo mismo. Si resultara preciso añadir algún adjetivo, a mí me parece que el de «universitario» encaja especialmente bien.
¿Por qué lo haría? ¿No parecería, simplemente, redundante? Es cierto que hay diversas razones por las que alguien pueda ser considerado filósofo. Han ido cambiando a lo largo del tiempo. Actualmente y en ciertos ambientes de Barcelona, haber sido invitado a tomar la palabra en el Centre de Cultura Contemporània constituye un título más que suficiente. De todas formas, y desde hace mucho tiempo, pasa por una buena razón la vinculación con determinados organismos. En este sentido, la Universidad constituye la opción más obvia. Y Manuel Sacristán se licenció y doctoró allí. Fue parte integrante de lo que él mismo denominó en alguna ocasión «la filosofía licenciada».
Lo que ocurre es que tenemos demasiado naturalizado este vínculo entre filosofía y Universidad. Nos parece obvio que existen filósofos porque hay una Facultad de Filosofía. Ya había una en la Edad Media. Gente que se sacaba entonces su PhD como se lo sacan hoy los investigadores predoctorales contratados.
Esto, dicho así, no resulta del todo cierto. La Facultad de Filosofía medieval era algo completamente diferente de la que ahora lleva su mismo nombre. Acaso pueda ser considerada su predecesora, pero lo mismo que lo es de las facultades de Química o Matemáticas. La Universidad no ha sido siempre la misma y, por ello, tampoco ha sido el mismo el lugar que ha ocupado en ella la filosofía.
Tendemos a olvidar esto. Especialmente si vivimos de y dentro de la institución. Pasamos por alto que la Universidad ha experimentado cambios profundos a lo largo de su historia. En algunos momentos ha estado incluso a punto, muy merecidamente, de desaparecer. La Convención francesa la suprimió de un plumazo en 1793. Menos de un siglo después hizo lo mismo al otro lado del Atlántico Benito Juárez. Y la filosofía estuvo a veces a favor y a veces en contra de la Universidad. En unas ocasiones dentro y en otras fuera. Pensemos en Spinoza. No es nada obvio que un filósofo haya de ser universitario.
Tres tipos de Universidad
A grandes rasgos, podemos distinguir tres tipos en la larga historia de la institución universitaria. En cada uno de ellos tiene la «filosofía» un lugar diferente. Muy diferente en realidad.
El primer tipo de Universidad se corresponde con lo que se ha denominado «Universidad clásica». Se corresponde con la Universidad del Antiguo Régimen, la llamada despectivamente “Universidad gótica”, la cual, fundada en la Edad Media, sobrevivió más o menos intacta hasta el siglo XVIII.
El segundo tipo de Universidad apareció cuando la institución pasó a convertirse, en casi todos sitios, en un órgano estatal o paraestatal. Esta Universidad del Estado típica del siglo XIX, más «humboldtiana» e investigadora o más «napoleónica» y docente según los tiempos y lugares, es aquella por la que todavía hemos pasado muchos de nosotros y la que, en mejor o peor condición, aún tenemos delante.
El tercer tipo es el de la Universidad global. Cuenta con apenas unas pocas décadas a sus espaldas, pero se encuentra ya bastante consolidada a lo largo de todo el mundo. Es el tipo asociado al predominio de las universidades privadas y anglohablantes que ocupan un alto lugar en los ránquines y que se sienten capaces, por ello, de asegurar un buen futuro profesional a sus alumnos.
Es importante notar que, a pesar de mantener rasgos y motivos comunes, grandes diferencias separan a estos tres tipos de Universidad. Afectan estas a la naturaleza, la forma de gobierno y las funciones de la institución, y se manifiestan también en otros rasgos menos profundos, aunque bien significativos. En la lengua que utilizan para sus enseñanzas, por ejemplo. Pues la Universidad clásica hablaba en latín; la estatal en las diversas lenguas nacionales; y la Universidad global ha optado decididamente por el inglés.
Las diferencias entre los tres tipos de Universidad se manifiestan asimismo en los distintos conocimientos que albergan y en la........